#TodosSomosZombies: Un fetiche de la democracia. (Parte 2)


“Soñé que estaba en Méjico, participando en una expedición científica. Después de atravesar una selva virgen de árboles muy altos, desembocamos en un sistema de cuevas excavado al pie de una montaña, donde, desde la época de los primeros misioneros, se había mantenido una orden cuyos hermanos proseguía su labor de conversión entre los indígenas. En una inmensa gruta central, rematada por una bóveda gótica, se estaba celebrando un oficio divino según un rito antiquísimo. Al acercarnos, pudimos presenciar su momento culminante: un sacerdote elevaba un fetiche mejicano ante un busto de madera de Dios Padre, colocado muy alto, en una de las paredes de la gruta. En ese instante, la cabeza del dios se movió negando tres veces de derecha a izquierda.” Walter Benjamin, Dirección Única.

En el artículo anterior señalaba que el zombi nos aterra por su universalidad. Ahora bien, habrá que recalcar que lo universal y lo global no son sinónimos. El recientemente fallecido sociólogo Zigmunt Bauman señalaba: “la idea de «universalización» transmitía la esperanza, la intención y la resolución de crear el orden; […] Por eso mismo declaraba su intención de crear condiciones de vida similares para todos, en todas partes; de dar a todos las mismas oportunidades, y tal vez incluso crear la igualdad.” En cambio, “La «globalización» no se refiere a lo que nosotros, o al menos los más ingeniosos y emprendedores, queremos o esperamos nos sucede a todos hacer, sino a lo que nos sucede a todos.” (Bauman, 2001, p. 42). En otras palabras: la universalidad es activa, dentro de ella participamos; en cambio, la globalización es pasiva, dado que la padecemos.

Aunque las películas de zombies bien podrían ser una crítica a la sociedad global consumista típica del capitalismo, el miedo a éstos también ―y sobre todo― resalta la falta de certidumbres de este mismo mundo global. El hombre democrático no tiene otro principio universal al cual sujetarse convirtiendo así a la democracia en un fetiche: un objeto que cargamos de significados con el fin de paliar nuestras miserias. ¿Han notado en las escuelas cómo “los valores” ―caídos en desuso e incluso objeto de sorna― han sido sustituidos por el eufemismo: “normas de convivencia para vivir en Democracia”? Basta volver a hablar de tolerancia: Mientras que el respeto de nuestros viejos se fundaba en una abstracción llamada honor (tema que por cierto fascina a nuestros historiadores de “las mentalidades”, como si fueran superhombres que han superado ese estado de cosas), la piedra de toque de nuestra tolerancia (prima hermana pobre del respeto) es la democracia, un término palindrómico que al abarcarlo todo, termina por significar cualquier cosa.

Así es que proyectamos los miedos presentes del mundo global hacia el ideal de lo universal como ente autoritario. Alejandra Hernández utiliza una cita de Stephen King que ejemplifica esta situación: “Inventamos horrores para ayudarnos a enfrentar los reales”. Por su parte Zizek señala que: “Un fetichista es alguien que, aferrándose a su fetiche, puede soportar la realidad tal como es.” Hay dos clases de fetiches, en uno proyectamos nuestros deseos y en otro nuestras culpas.

Cuando el dios de los hebreos prohibió la idolatría, lo que buscaba era alejar a los hombres del fetiche, como aquél que al ascender tira la escalera para que nadie más suba (Fromm, 2011). Si asumimos que el hombre creó a los dioses (o al menos, lo que éstos representan) en busca de respuestas y para aminorar la incertidumbre del mundo que los rodeaba, es natural que al dar paso al monoteísmo, este dios supremo tratara de conservar el monopolio de la fe resaltando en los otros dioses su carácter imaginario, mientras que impide ser representado en cualquier tipo de imagen, pues al cobrar forma, la gente terminaría adorando a la imagen antes que a lo que ésta representa. Como en el caso de San Judas o las cruces de San Benito, cuando se cree que son las imágenes o los bustos quienes hacen el milagro, y ya ni siquiera la intercesión de los santos ante el Gran Otro representado en la figura de Dios, estamos ante un fetiche.

En el lado opuesto (pero quiral) encontramos lo que el antisemitismo hace de la imagen del judío: “como el elemento que contiene y trae del exterior la corrupción y la decadencia; es un fetiche cuya función es ocultar el hecho de que el antagonismo no viene del exterior sino que es inmanente a cada sociedad de clase”. Lo mismo podría decirse de lo que los inmigrantes significan para la derecha estadounidense: precisamente en las elecciones pasadas en Estados Unidos, lo que descubrieron los gestores de la campaña de Trump fue que tendrían más éxito si dirigían su publicidad en “The Walking Dead para aquellos preocupados por la inmigración

Por un lado, tal como lo imaginó Nietzsche, el ser humano no superó su condición, sólo sustituyó un fetiche por otro. (El Dios por la Democracia). No salió de la caverna, sólo se hizo de los medios para estar más cómodo en ésta sin liberarse de sus cadenas.

Por otro, la representación que se nos ofrece del zombie es ese elemento externo que no nos permite ver nuestras propias contradicciones, necesario si lo que queremos es no resolverlas. Los otros siempre estarán ahí para ser el chivo expiatorio de nuestro fracaso. Si el zombie nos aterra no es porque sea real, sino por lo que representa; en el fondo no nos damos cuenta que lo que representa ya es real.

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  1. Nadie controla a los zombis que no son sino muertos que han vuelto a la vida.

En este sentido también hay que distinguir entre la anarquía de la que hablábamos en el artículo anterior y el desorden en el que vivimos. Porque en la mayoría de las ocasiones se suele entender que anarquía y caos son lo mismo. Esta confusión sirve para que los restauracionistas utilicen dos premisas que bien podrían ser falsas: a) que los seres humanos necesitamos un amo y b) que las personas son manipuladas secretamente por otras que tratan de desestabilizar el “orden” existente.

El tema de la manipulación de las masas lo abordaremos en el punto 4 y 5, por lo pronto, habrá que centrarse en la primera premisa, aquella que afirma que todos necesitamos un amo, y para ello, tendremos que ir de nuevo al 68.

Como ya había dicho en el artículo anterior, el 68 en general y el mayo francés en particular, fueron la explosión de las masas cuestionando toda autoridad, incluso la intelectual; pero al mismo tiempo los propios intelectuales jugaron un papel importante en las manifestaciones. No podemos olvidar que Foucault y Sartre participaron en las marchas de París, así como en México la figura más emblemática de los intelectuales que apoyaron las protestas fue José Revueltas (muy por encima de la tan comentada renuncia/disposición de Octavio Paz1).

Pero hay en el mayo francés un intelectual que merece una mención aparte por su participación dentro del acontecimiento. Cuando Jacques Lacan se distancia del movimiento, afirma que los estudiantes están buscando un amo, y que lo tendrán… y tristemente tuvo razón. Al final, muchos de los manifestantes terminan afiliados al partido comunista o decepcionados del propio movimiento. Al igual que ocurrirá muchos años después con las primaveras árabes, los indignados o el 132; muchos de los participantes en las manifestaciones considerarán que los cambios se pueden hacer desde adentro, en el mejor de los casos, cuando no se alejarán, resentidos de la lucha social o simplemente cederán a los intereses del gran capital. ¿Tienen razón entonces los que afirman que necesitamos un amo que nos diga qué tenemos qué hacer? No, y la respuesta viene acompañada por una explicación muy sencilla: los estudiantes están buscando un amo, lo cual no significa que lo necesiten, sino que creen necesitarlo. A diferencia de la interpretación restauracionista que define el fracaso del mayo francés debido a su radicalización, puedo afirmar que el error real fue no radicalizarse lo suficiente.

 

Ahora bien, si los zombies no son más que muertos que han vuelto a la vida, ¿no representan esa fijación que tenemos hacia el pasado que nos sigue una y otra vez? ¿No decía Marx que la revolución del siglo XIX tenía que dejar de apelar al pasado para realizarse?: La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido.” (Marx, 2009)

De este modo se ejemplifica la “poesía” de la revolución: Marx usa una frase del evangelio para explicar cómo no se debe apelar al pasado. ¿Paradójico? Sí, y más si ubicamos la referencia en el nuevo testamento (Lucas 9:59-60) (Mateo 8:21-22): Jesús responde esto cuando alguien le promete que lo va seguir, luego de que entierre a su padre. Y al igual que Marx, lo que está en juego son los apegos que podamos tener al pasado, por demás idealizado.

Y son esas fijaciones y esos apegos donde la izquierda democrática se equivoca: Cuando en los sesenta el Estado Benefactor era el dominante, la izquierda (de filiación marxista) afirmaba que esa política era populista, que retrasaba el avance revolucionario. Ahora que las políticas públicas están encaminadas al adelgazamiento del Estado (mas no a su destrucción), la izquierda (socialdemócrata) apela al modelo keynesiano. En dichas circunstancias el neoliberalismo parece revolucionario y la socialdemocracia reaccionaria (Dubiel, 2000, p.105). Mientras que el primero es ufano al afirmar que ha transformado el mundo tal y como lo conocieron nuestros padres, la segunda es acusada de populista y retrógrada, aunque el argumento sea distinto al esgrimido por el viejo marxismo.

En medio de semejante dislexia ideológica, y apegados a distintos pasados (monárquicos, republicanos decimonónicos, juaristas, porfiristas, zapatistas, etcétera) cabría preguntarse. ¿No será que en realidad tenemos pánico a renacer como hombres nuevos?

Notas

1 De nuevo, la importancia de ambos intelectuales en el movimiento depende de la interpretación que se haga de éste. Si entendemos el 68 sólo como la masacre del 2 de octubre, la figura más importante sería Paz, con su renuncia/disposición. Pero si el 68 mexicano fue un acontecimiento más allá de Tlatelolco, el más sobresaliente fue Revueltas, pues mientras Paz sólo “analiza” el acontecimiento desde la embajada, Revueltas participa en él.

 

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José G. S. García

[@Xose_G_S_Garcia]. Aprendiz de escritor y prófugo de la academia de historia en la FES Acatlán-UNAM, ha sido y es profesor freelance.

Referencias

  1. Badiou, Alain, El siglo, Buenos Aires, Manantial, 2005.
  2. Bauman, Zigmunt, La Globalización: Consecuencias humanas, México, FCE, 2001.
  3. Benjamin, Walter, Dirección Única, Madrid, Alfaguara, 1987.
  4. Dubiel, Helmut, Teoría crítica ayer y hoy, México, Plaza y Valdés, 2000.
  5. Fromm, Erich, Y seréis como dioses, Barcelona, Paidós Ibérica, 2011.
  6. Marx, Karl, El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Barcelona, Alianza Editorial, 2009.
  7. Ranciere, Jaques, El odio a la democracia, Buenos Aires, Amorrortu, 2006.
  8. Sloterdijk, Peter, El Desprecio De Las Masas. Ensayo sobre las luchas culturales de la sociedad moderna. Valencia, Pre-Textos, 2002.
  9. Zizek, Slavoj, En defensa de la intolerancia, Madrid, Sequitur, 2008.
  10. Zizek, Slavoj, En defensa de causas perdidas, Madrid, Akal, 2010.

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