La banda sonora de la rutina.


La dificultad que presenta el entendimiento de nuestra realidad radica en la necesidad de abstraerla en conceptos inamovibles, de esta manera nos remitimos a conceptos presentes en nuestras vidas que carecen de significado para los más grandes diccionarios de nuestra lengua, o bien remiten a una paradoja interminable de búsqueda entre páginas y términos aún más confusos, lo cual tan sólo demuestra que muchas de nuestras ideas son sólo comprensibles desde la individualidad y los ojos que aprehenden una u otra realidad.

Uno de estos conceptos “sin significado” aparente que toda persona presencia o vive es el de la música. Arte definido como combinación de rítmica, melodía y armonía; términos medianamente comprensibles y de significado también variable aún para los más talentosos intérpretes y autores. Son estas tres palabras las que no permiten observar lo que verdaderamente significa la música. Se podría hacer una semejanza de los anteriores elementos a los de una narración, pero ello no demostrará lo que para nosotros, los que escuchamos, es. Sólo partiendo de uno mismo se puede llegar a una verdadera interpretación de lo que realmente se nos presenta.

Sería de igual manera redundante remontarnos a una definición histórica, pues lo único relevante que encontraremos es que la música ha estado presente en la mayoría de las etapas de la humanidad (si no es que en todas) evolucionando junto con ella, cambiando y transformándose al igual que las sociedades, ciudades, épocas y culturas. La música es el acompañante incondicional del ser humano.

Roma, Grecia; el período medieval, renacentista, Barroco, Clásico, Romántico, Contemporáneo; la Ópera, el Jazz, Blues, Rock and Roll, Rock, Disco, Metal, Digital; el cassette, el CD y hasta las plataformas en línea, tienen al ser humano como un punto de encuentro, un común denominador que define estas etapas, géneros y formatos que a su vez existen para definirlo.

Existe la música a través de estas épocas, géneros, lugares y formatos, para darnos a entender una cosa más: es necesaria. Todo lo imprescindible permanece, valga la redundancia, pues solemos olvidar que lo existente tiene presencia porque es necesario. Cabe aquí la milenaria pregunta, ¿por qué? La música, es una hipótesis, dice algo, aún sin la necesidad de las palabras: narra, explica, describe y, al ser una creación del ser humano, debe hablar de cosas que le sean siempre pertinentes; de aquí la similitud con la literatura: amor, muerte, la vida, los viajes y el tiempo. Ubicación geográfica, temporal, social y sentimental: el hombre, y la mujer claro está, inmersos en una realidad y sus dimensiones. Es la necesidad de extrapolar el sentir de un individuo o una colectividad y hacer que alguien más lo escuche, nadie compone o interpreta para sí mismo, por necio que sea el caso.

Con esto nos acercamos sólo un pequeño paso más a lo que la música puede ser. Mostrando la función que tiene mayor peso sobre nosotros, ya sea narrar, describir, demostrar, provocar e incluso crear. Estas son las principales funciones de un intérprete, pero cuáles son las funciones que nosotros le damos: escapar de una realidad que no nos satisface, compartir lo más íntimo de un sentimiento por medio de un arte, causar un efecto físico en nuestros cuerpos (entiéndase una emoción, relajación o en general una alteración en nuestra química corporal). Incluso muchas veces se dice que la usamos de soundtrack o banda sonora de nuestras vidas, lo que tiene una implicación diferente comenzando por el vínculo cinematográfico. De nuevo, la música es incapaz de autodefinirse.

Música de una obra cinematográfica, es como se define comúnmente a la banda sonora. ¿Acaso en la necesidad de aprehender todo como un relato, asemejamos nuestra vida a un libro o una película que parecería vacía si no tiene un fondo musical? Aquí radica lo interesante de una banda sonora: nunca es un fondo. La música de un relato cinematográfico puede ser la historia misma. La vida del protagonista muy probablemente no tenga la misma significación, si se carece de la dulce melodía en un ritmo sincopado en tono menor. Pero ¿qué implican estos términos? Una banda sonora puede ser una amplificación del sentimiento interno, una expresión de lo íntimo que brinca de lo privado para convertirse en algo público, una expresión de un individuo o una colectividad.

Si se piensa bien, y sin aires de narcisismo, para cada quien, el protagonista del relato cinematográfico que sería su vida, es uno mismo. Con escasas brillantes excepciones que se vuelven un narrador de una realidad, en este caso el soundtrack se vuelve sobre su entorno y narra a una colectividad, ejemplos de estos últimos abundan entre escritores, literatos y otros tipos de intelectuales.

Lo anterior hace pensar: ¿qué escuchamos? Y ¿por qué?, qué dice de nosotros el escuchar a Bach, Mozart, Beethoven o Vivaldi; Chuck Berry, Elvis Presley o The Beatles; Nirvana, Oasis o The Rolling Stones; o incluso la música digital que suele escucharse hoy en día entre los más jóvenes, una generación con la que no nos sentimos identificados ya, volveré a esto y a los ritmos afrocubanos más adelante. Expresamos algo de nuestra interioridad, a veces a nosotros mismos y a quien escucha con nosotros, a quien compartimos una canción, a quien la enseñamos. Admitamos que ahora, gracias a las plataformas digitales, todos pueden ver lo que uno escucha si así se quiere, que el gran hermano ya no sólo ve, sino escucha.

La reflexión sobre qué disco compramos o a qué ópera vamos sería interminable, pues, de nuevo, la música es probablemente una expresión de la individualidad o de una visión sobre la colectividad, por aquí serpentea con sus venenosos colmillos el dicho “en gustos se rompen géneros”.

Ya que es y será siempre imposible vislumbrar el sentir humano caso por caso, demos una mirada a lo que ocurre si generalizamos. En la Edad Media se hacía música para el acercamiento a Dios, posteriormente en el Renacimiento empieza la música que representa la inmensidad de lo divino frente al hombre, el Barroco época de contrapunto, Romanticismo interioridad del humano, etc. Todo ello denota un comportamiento de sociedades y culturas, pero nos acerca poco al entendimiento de nuestra realidad mediante la música. Al atreverse a mirar más de cerca, uno encontraría que el Rock & Roll nos habla de una juventud que vive en el placer del presente, su presente; la música Disco muestra a esa misma generación y su entendimiento de lo digital como algo que puede ser amigable al movimiento expresivo del cuerpo humano, el rock (hijo pródigo) empieza como una muestra de rebeldía a las convenciones sociales, el hard rock y el sinfín de sus variaciones, mismo caso del metal, son una extrapolación de lo anterior con una dosis de anarquía. Se podría seguir con cada género y cada intérprete, pero aunque no nos guste hay que mirar un caso que se presenta al final del milenio, el éxito del Pop (con esto aclaro que no es esta su fecha de nacimiento, sino su auge), un género aún difícil de definir y encajonar (acción que debe evitarse) pero que expresa el sentir de una generación cercana.

Recordemos que la palabra “pop” nos hace referencia a lo popular, lo cual nos lleva a dos miradas: aquello del populo, lo que escuchan las grandes masas (con su respectiva connotación peyorativa desde clases más altas) o, cuando es apropiado por todo tipo de gente: lo que se mantiene en boca de todos, que se contagia, se comparte, se irradia y esparce, se vuelve viral.

Cercano el año 2000, la mayoría de las canciones del ya mencionado género expresaban en sus letras los tópicos universales de amor y tiempo desde una perspectiva de opuestos, el desamor y lo fugaz de la vida, la referencia al pasado, la pérdida. No es casual que coincida con el sentir de una generación que se acerca a una nueva manera de vivir, esto y los avances tecnológicos de la época llevan a un desconcierto colectivo que no tiene más que añorar el pasado con miedo al futuro, aunque con la ligera esperanza de encontrar un apoyo en la era digital. Por ello, la música electrónica tiene un repunte en los siguientes años, al igual que con la música disco, el cuerpo se une a la tecnología en una expresión de lo interior mediante ritmos (Beats) constantes que sorprenden a la menor variación y sonidos futurísticos, y con esto no me refiero a algo traído de un nuevo siglo,  sino a esos sonidos casi imposibles de interpretar con los instrumentos musicales, instrumentos que el hombre había creado. Se avecina una liberación apoyada en lo digital, pues eso podría expresar el sentir de una generación que se ve perdida en el espacio-tiempo sin un teléfono celular inteligente que los mantenga en conexión con una realidad a la que no prestan atención.

Este fue su soundtrack. Con el tiempo, el beat se volvió más repetitivo, interminable, rutinario. Ya no importan las variaciones, el sentir del ser humano en la primera década y media del siglo veintiuno es una rutina sin variación. De nuevo, cabe aclarar que escribo sobre las masas, los jóvenes, la mayoría, porque aunque cientos vayamos a la ópera, miles a los festivales “independientes”, o millones escuchemos aún a los grandes intérpretes, ellos, los de la rutina, son mayoría, los del beat interminable que utilizan por banda sonora para ir al trabajo, para compartir en la oficina, cobrar su sueldo, gastarlo en lo que el mercado les hace creer que es lo que desean, para después ir al trabajo, cobrar su sueldo, etc. El beat se repite y se repite con las únicas variaciones en los sonidos digitales, variaciones en lo tecnológico. Extraña la similitud entre un nuevo iPhone en la rutina de la vida laboral y un sonido extraño digital en la secuencia del beat interminable del sintetizador.

Pero existe otra generación, a la cual es difícil tenerle fe, pues a nosotros se nos ha pasado el tiempo, la banda sonora de la realidad colectiva ya corre en otro tempo y en otro género. Hablo de los jóvenes que optaban por una variación de un ritmo afrocubano que se difundió velozmente en Latinoamérica, éste ha sido mejor conocido como reguetón, que ha perdido una fuerte referencia mientras olvidamos el Reggae-tone, ahora difieren ambos. Se encuentra, esta generación, en un punto confuso. Saben que este ritmo es repetitivo, y que por mucho tiempo fue su banda sonora, la rutina de las fiestas,  el roce del cuerpo, la necesidad de estar cerca físicamente. Ya no funciona, gran parte lo considera ya rutinario, repetitivo y digno sólo de los momentos donde no hay inhibiciones, se “baila” cuando uno está en ebriedad (alcohólica o provocada por la confidencia de la amistad). Y aunque muchos aún lo consideran la cumbre de la música, hay una gran parte que ya no le ve sentido a la rutina. Al ritmo repetitivo.

La ventaja, entre las muchas adversidades, de tener una banda sonora rutinaria es que hay un dejo de esperanza incluso en los jóvenes que no conocen a grandes exponentes como The Beatles, Elvis o, mucho más allá, ¡a Mozart! Pues en ellos existe algo que en nosotros no, la sorpresa: en una rutina toda variación sorprende por minúscula que sea. Ellos no conocen, no saben de dónde viene esa rutina heredada, los orígenes. Si se trata bien el oído musical de un adolescente (y no hace falta que sea entonado) se le puede canalizar hacia algo mejor, lo pasado, desde The Strokes hacia Oasis, desde Blur a Nirvana, The Rolling Stones a Elvis, De Chuck Berry al anónimo Blues, al jazz, a la ópera, al Contemporáneo, al Clásico, el Romántico, Barroco, Renacentista, Medioevo, lo Romano, lo Griego y, tal vez, a una visión sólo un poco más panorámica de lo verdaderamente humano.

Título de la foto: Claroscuro

 

Mario Rodríguez Piña

(Ciudad de México). Licenciatura por concluir en “Lengua y literaturas hispánicas”, ejerce como profesor en materia musical, instrumentos: guitarra, piano, bajo, batería; en Academia Mozart Educación musical.

Comentarios