#TodosSomosZombies: Un fetiche de la democracia. (Parte 1)


A mis amigos Erandu (el zombi punk) e Israel (el terrorista zombi).

“Hasta ahora los filósofos sólo han halagado de maneras diferentes a la sociedad; es hora de provocarla.”  Peter Sloterdijk, El desprecio de las masas.

Hace un tiempo se publicó en Reflexiones Alternas un artículo que llamó enormemente mi atención. En palabras de la autora, su objetivo era “explicar a grandes rasgos el fenómeno zombi.” Aunque intenta cumplir con aquél a través de una explicación histórica, considero que los historiadores debemos escuchar más voces que sólo la de Clío. Espero, humildemente, que los siguientes artículos sirvan como complemento.

La definición que hace Alejandra Hernández del zombie es excelente, sin embargo hay algo más que cabe distinguir entre los zombies “clásicos” y los “modernos”. Los primeros son seres “sin alma”, manipulados por un hombre con autoridad intelectual (científico, brujo) que está obsesionado con el poder (ya sea nazi o “bárbaro”). Los segundos ya no son controlados por alguien. En ese sentido son libres, lo único que los domina es su hambre caníbal.

La autora señala: “lo que representa [el zombi] sigue sirviendo como metáfora de una sociedad carente de vida que se devora a sí misma ‒sociedades consumistas, intervenciones militares, etc.‒, convirtiéndose con el paso de los años en un ícono de la cultura pop.” ¿Cómo es posible que una metáfora ‒entiéndase, crítica‒ de una sociedad “autófaga” termine convirtiéndose en un ícono cultural de la misma? ¿No resulta paradójico que la sociedad se trague su propia crítica? Considero, de nuevo, que hay que ir más al fondo.

Para los especialistas en el tema, “los zombies clásicos” dan paso a “los modernos” a partir de la película  Night of the living dead (La noche de los muertos vivientes) de George A. Romero, y en ello tienen razón. Pero habrá que preguntarse: ¿No es algo extraño que el cambio de paradigma acerca del zombi sea precisamente en 1968?

Aproximo una hipótesis: Los zombies clásicos representan al “hombre masa” inserto en los “totalitarismos” del siglo XX. Por eso son manipulados por alguien más. Pero cuando éste se rebela en todo el mundo (recordemos que en el 68 las manifestaciones se dieron por igual en países democráticos y comunistas), el terror incrementa: ¿quién controlará ahora a la horda de desarrapados que buscan destruirlo todo a su paso?

No estoy descubriendo el hilo negro, ya en otro artículo alguien lo dijo mejor que yo:

El hecho de que los zombis se muevan como autómatas, con el único objetivo de comerse a los vivos, era un reflejo del miedo y la lucha contra el comunismo que obsesionaba a los norteamericanos. Si bien en años posteriores la amenaza se reflejó como una infiltración en el sistema, en estos años una masa que parece movida por un solo pensamiento superior trata de “devorar” al librepensamiento, que a su vez debe lidiar con sus propias miserias.

Para demostrar esta hipótesis analizaré a lo largo de varios artículos las características del zombi moderno (según la sumamente consultada y poco referida Wikipedia):

  1. El fenómeno zombi ya no es algo local, sino una plaga imparable de proporciones bíblicas.

Lo primero que nos aterra es lo Universal. Como hijos de un Dios muerto (ausente), creemos que todo es relativo y no existen verdades absolutas; pues quien crea lo contrario es un ortodoxo, dogmático, adoctrinado, cegado por una ideología autoritaria. Como ya cité anteriormente, el librepensamiento individualista teme ser devorado por un pensamiento universal. Pero la síntesis entre “lo particular” y “lo universal” no es de ningún modo posible si las particularidades viven atomizadas repeliéndose mutuamente. El problema es que la democracia, como ideología hegemónica, ha encontrado la forma de resolver esta dicotomía de manera artificial, y dicha solución es, ni más ni menos, que la tolerancia. En la tolerancia democrática, puedes pensar lo que quieras, al fin y al cabo, a nadie le importa. Y más aún, lo que piensas no tendrá repercusión en la “opinión pública”, así que no servirá de nada. En ese sentido, la libertad de expresión y de pensamiento no son más que un paliativo, pues tus ideas y tus palabras no tienen un sustento real en tus acciones cuando éstas contradicen el principio democrático. Y es peor que cuando alguien critica o pone en duda un argumento, la fórmula más sencilla para derrotarlo en la esgrima verbal sea la falacia ad hominem: “Chairo”, “Peñabot”, “Pejezombi”, “acarreado”. Son palabras que demuestran esta necesidad de etiquetar el pensamiento del otro, anulando así sus argumentos, y por lo tanto, la discusión real.

La contraparte es la crítica de “lo raro, único y especial”. Es verdad que no hay nada nuevo bajo el sol, pero si consideras que todos son “hombres-masa”, te conviertes irremediablemente en uno de ellos. Los “raros, únicos y especiales” no son más que resignificaciones positivas de las etiquetas anteriores (chairo, peñabot…), con lo cual llegamos a la primera de nuestras paradojas: Si alguien piensa distinto, es etiquetado, si éste resignifica su etiqueta, entonces es criticada su resignificación… Este es el círculo vicioso que existe entre el neurótico insatisfecho y el masoquista complaciente. Sin discusión real no hay solución posible a la paradoja entre un principio universal y sus particularidades relativas.

Lo que olvidamos del 68 es que ante todo fue un espacio para la discusión. Como ya vimos, las manifestaciones de 1968 ocurrieron en todo el orbe, desde la París liberal, hasta la Praga comunista, pasando (como todos sabemos ‒o deberíamos saber‒) por la CDMX surrealista. Aquí es donde la historia se torna ideología, pues desde el punto de vista de la historiografía restauracionista (aquella que predomina en nuestros días) el 68 fue un fracaso. Incluso en México se resalta la masacre del 2 de octubre sobre el movimiento en sí, sirviendo este discurso como una demostración de que “con papá gobierno no se juega”.1 Según esta interpretación, lo que los jóvenes sesentayochistas buscaban en todo el mundo era la democracia, así, sin adjetivos, a la manera de Krauze; con lo cual se legitima el estado de cosas, se eleva el discurso democrático al carácter de numen intocable, anulando así toda alternativa. Por eso no es de extrañar que para esta historiografía el 68 sea el principio del fin de la utopía, las ideologías, los totalitarismos y el estado benefactor. Sin embargo, lo que este acontecimiento nos mostró no fue la lucha por la democracia de lo político, formal, “sin adjetivos”, como lo dicen los restauracionistas, sino una anábasis: volver al tiempo utópico (el momento en que todo es posible), con el inherente renacimiento de las ideologías, aunque esta vez, repensadas en la colectividad, buscando un nuevo comienzo.2 Es la lucha por la política con sus “consecuencias más extremas: la permanencia de una contestación militante que interviene sobre todos los aspectos de la actividad de los Estados y desafía todos los principios del buen gobierno: la autoridad de los poderes públicos, el saber de los expertos y el saber-hacer de los pragmáticos.” (Ranciére, 2006, p. 8). El 68 fue, en palabras de Badiou (2005), “la passion du réel” (la pasión por/de lo real): un espejo que nos muestra lo real de nuestro discurso. Y eso es lo que primero nos aterra de los zombies, del mismo modo que a los restauracionistas liberales les aterra el demos. Si la democracia defiende “la voluntad del pueblo”, habría que llevar esa voluntad hasta sus últimas consecuencias, y éstas son, la abolición de toda autoridad, y por ende, del propio Estado. En otras palabras: la Anarquía.

NOTAS:

1. Sobre la interpretación del 68 mexicano por parte de la historiografía restauracionistas, cfr. José G. S. García, “Tres tesis sobre el 2 de octubre
2. Badiou afirma que la anábasis se relaciona con “Un retorno inédito”. Cfr. El siglo, Manantial, Buenos Aires, 2005, Cap. 8.

123456

José G. S. García

[@Xose_G_S_Garcia]. Aprendiz de escritor y prófugo de la academia de historia en la FES Acatlán-UNAM, ha sido y es profesor freelance.

Referencias

  1. Badiou, Alain, El siglo, Buenos Aires, Manantial, 2005.
  2. Bauman, Zigmunt, La Globalización: Consecuencias humanas, México, FCE, 2001.
  3. Ranciere, Jaques, El odio a la democracia, Buenos Aires, Amorrortu, 2006.
  4. Sloterdijk, Peter, El Desprecio De Las Masas. Ensayo sobre las luchas culturales de la sociedad moderna. Valencia, Pre-Textos, 2002.
  5. Zizek, Slavoj, En defensa de la intolerancia, Madrid, Sequitur, 2008.
  6. Zizek, Slavoj, En defensa de causas perdidas, Madrid, Akal, 2010.

Comentarios