Humanismo constante más allá de la muerte. O el cuerpo femenino reencontrado en la teoría


Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos: podemos hacerlo todo gracias a nuestro cuerpo. Todos los días, al mirarnos al espejo, asumimos una identidad. Para forjarla, nos valemos de ideas, música, ropa y libros, entre otras cosas. Buscamos que nuestro exterior refleje lo que somos por dentro, nuestra apariencia es una forma de dar a conocer públicamente todo aquello de nuestra intimidad que sea digno de mostrar.

Cada cuerpo es distinto, especial, bello. La RAE lo define como “Aquello que tiene extensión limitada, perceptible por los sentidos”, y como “Conjunto de los sistemas orgánicos que constituyen un ser vivo” (RAE, 2014). Desde esta definición, el cuerpo es naturaleza; no obstante, al desarrollarse en sociedad, adquiere rasgos como género, sexualidad,  valores morales, estrato social, por mencionar algunos. Al final, estos términos conviven entre lo biológico y lo cultural (Olaya Fernández, 2005, p. 191).

En el caso del cuerpo femenino, las características que le ha otorgado la cultura son tales como la fertilidad, el erotismo, la belleza, el pecado, la virtud, la sacralización y la maldad. En la actualidad, percibimos sesgos de estas nociones en la televisión, el cine, las redes sociales y la publicidad, las cuales nos ofrecen erróneamente el ideal del cuerpo perfecto. Para contrarrestar esto, el feminismo ha surgido como la “Ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres” (RAE, 2014) y ha cambiado la manera en la que se concibe la figura femenina.

Los estereotipos forjan apariencias físicas y formas de comportamiento. En nuestros días la belleza femenina se ha convertido en una trampa: hemos asumido su definición como algo que debemos cumplir. De hecho, si lo pensamos un poco, podremos ver que la masculinidad es quien le ha dado significado. Entonces, ¿por qué cumplir con un ideal de belleza femenina que no ha sido formulado desde este género?

Algunas mujeres son felices al cumplir los preceptos de belleza que miran en los medios de comunicación; otras, viven acomplejadas al no hacerlo. No obstante, lo peor de este entramado es el repudio y las burlas de las que son objeto las mujeres que no son delgadas, jóvenes, altas, o las que son madres solteras, mayores o de estrato social bajo. Parece que no cumplir con los rasgos de la perfección ofende gravemente a la sociedad. Una dama no puede mostrar su cuerpo, hablar públicamente de su sexualidad, de su vida familiar o expresar sus ideas sin ser sometida al escarnio.

Cuando una mujer considerada obesa destaca en el medio artístico, el público le exige que se ponga a dieta argumentando que la gordura no es sana y arroja comentarios ofensivos; si es mayor y utiliza tal o cual prenda, se le acusa de ridícula pues “ya no tiene edad para vestirse así”. La sociedad bautiza como “naca” a las féminas cuando su vestimenta delata que pertenecen a un estrato social bajo; las madres solteras, son distinguidas como “luchonas” y, por último, cuando una chica es exhibida sosteniendo relaciones sexuales, mostrando su cuerpo sin su consentimiento o alguna acción parecida, en seguida es vista como puta, zorra, o lady. Hay poca empatía para las mujeres cuya vida es más difícil.

La sociedad demuestra su desagrado por la autonomía femenina mediante juicios subjetivos. Un ejemplo de ello es la liberación sexual que, con tristeza, en varias ocasiones se ha convertido en un medio para justificar el acoso o la violación. Para muchos, usar una prenda delgada o pequeña significa buscar palabras ofensivas y miradas morbosas. El cliché del “cuando las mujeres dicen no, es sí” se convierte en una apología en pro de la violación:

Que haga falta [pegar a una mujer], amenazarla, agarrarla entre varios para obligarla y que llore antes, después y durante, eso no cambia nada; en la mayoría de los casos, el violador se las arregla con su conciencia: no ha sido una violación, era una puta que no se asume y a la que él ha sabido convencer (Despentes, 2007, p. 31).

Este tipo de discursos no hacen más que maquillar una agresión; es decir, “la golpeé porque me hizo enojar”, “la toqué porque su forma de vestir me lo pidió” y la lista podría seguir.

Todos los días, las mujeres nos enfrentamos a monstruos diferentes. Al despertar nos encontramos al espejo, nos miramos las ojeras, las arrugas, los kilos de más; después nos preocupamos por encontrar un atuendo bonito, cómodo pero no demasiado ligero pues de ser así tendremos que arriesgarnos a recibir miradas y comentarios lascivos; luego, debemos de salir al mundo y lidiar con los juicios: si la ropa no combina, si es barata o varonil otras personas se burlarán, lo mismo si soy morena con cabello rubio o si uso una prenda entallada y se me considera gorda. Finalmente, después de todo lo mencionado, debemos construir nuestra autoestima.

El cuerpo es el punto de unión entre el exterior y el interior y vale preguntar si las personas edificamos nuestra seguridad a partir de apariencias que nos otorgan el sentimiento de seguridad y plenitud o en dado caso, si nuestra bien andanza íntima se refleja en nuestro cuerpo. Pero no podremos conseguir un bienestar enteramente construido por uno mismo, pues uno se construye a partir del otro. Tristemente, ese otro suele juzgar sin mesura.

El feminismo tiene muchos aciertos, uno de ellos es el afán de conseguir la igualdad entre géneros; por ello, veo que las mujeres se acercan a él cuando encuentran un espacio en donde tienen la oportunidad de construirse ellas mismas. Esta discusión entre feminismo, mujer y estereotipos, nos invita a una reflexión sobre lo que realmente somos, lo que hacemos y lo que sentimos. Nuestras experiencias estéticas y ontológicas están condicionadas por el entorno.

En la búsqueda de los derechos de las mujeres, se descubrió que hay más grupos relegados como lo son las personas homosexuales, transexuales o transgénero. Al descentralizar la masculinidad para conseguir una visión neutral de los géneros, se evidenció que el problema era mayor: la belleza, el sexo, el amor y el lenguaje están edificados sobre una concepción viril que se ha adueñado de la palabra; por ello, lo femenino ha buscado una reapropiación de ella para representarse. De ahí la importancia de la teoría. No obstante, ésta corre el riesgo de quedarse como una abstracción sin dar paso a la práctica. Por ello, es preciso llevar las meditaciones a la vida y debemos configurarnos a nosotras mismas con el conocimiento previo de que jamás habrá una teoría que nos represente enteramente. Hay tantas manifestaciones feministas como maneras de ser mujer.

Los medios nos han vendido el ideal de la perfección, nos han presentado a una mujer ficcional que hemos tomado como verdadera y hace falta desmentirla, asignar un significado diferente no solo a ella sino también a la feminidad ¿Por qué pensar que una mujer bella debe poseer perfección física? ¿Por qué no creer que la belleza puede implicar algo más? Felicidad, plenitud, seguridad, aceptación, por ejemplo.

Jamás juzgaré a las mujeres que decidan hacerse adeptas al feminismo, tampoco a las que no. Sin embargo, no es necesario participar de él para respetar la individualidad de los demás.

Considero importante sospechar del feminismo todo el tiempo pues no hacerlo podría provocar una ceguera terrible. Aunque ayude a repensar, es importante analizarlo y no creer que todo lo que postula es una verdad absoluta. La crítica es necesaria para fortalecerlo.  Las mujeres somos víctimas de los estereotipos y del escarnio, pero no somos las únicas, “El capitalismo es una religión igualitarista, puesto que nos somete a todos y nos lleva a todos a sentirnos atrapados” (Despentes, 2007, p. 26).

No hay que olvidar que si la sociedad sostuviera una  “actitud vital basada en una concepción integradora de los valores humanos”  no sería necesario defender los derechos de las minorías, pues la forma de ver al otro no estaría basada en una concepción jerárquica. Es decir, todos nos trataríamos con respeto por el sólo hecho de ser humanos.

Asumimos el peligro de ser muertas o violadas al salir a la calle. Terrible, pero así están las cosas, vivir es un riesgo para todos. Por eso la utopía es importante, “el mundo moderno debería ser un mundo optimista; un-mundo-que-tiende-a-la-utopía, un mundo convencido de que una sociedad sin utopía no es digna de ser vivida” (Bauman, 2008, p.135). Feministas o no, todos debemos cambiar nuestra forma de tratar al otro. Recordemos que los grandes cambios son lentos. Mientras tanto, tratemos de edificar una sociedad con menos murallas y más puentes. Podemos hacerlo, mantengamos una “actitud vital basada en una concepción integradora de los valores humanos” (RAE, 2014), eduquemos a las nuevas generaciones de manera diferente, hablemos de equidad y respeto siendo los primeros que los ejerzan, aprehendamos ideas complejas y sinteticémoslas para los demás, seamos más prácticos que teóricos. Debemos anteponer las relaciones humanas más allá de todo. Humanismo constante más allá de la muerte.

Título de la fotografía: “concienciad.f.” de Franco Carmona

 

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Abi L. Cortés

Nació en la Ciudad de México, estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Actualmente estudia la obra de Juan Rulfo y colabora en el Seminario de Escritura Autobiográfica de la UNAM. medium: @abibuendia Twitter: @lyla_ae

Referencias

  1. Bauman, Zygmunt, Tiempos líquidos, México: 2008, pp. 169
  2. Despentes, Virgine, Teoría de King Kong, España: Melusina, 2007, pp. 126
  3. Diccionario de la Lengua Española, vigesimotercera edición, Madrid: Espasa, 2014
  4. Fernández Guerrero, Olaya “En torno al cuerpo femenino” en Contextos, Núm. 45, 2005-2006, pp. 189-214

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