Violencia e intriga: el trágico destino de Isabella de Francia.


De todos los relatos de intrigas, traiciones y amoríos prohibidos que adornan las páginas de la historia, el protagonizado por Eduardo II de Inglaterra e Isabella de Francia es, sin duda, uno de los más emocionantes jamás contado. No sólo porque nos presenta un fascinante prólogo de lo que sería la Guerra de los Cien Años, también porque nos ilustra la forma en que la violencia se insertaba dentro de las relaciones de poder en Inglaterra durante el último periodo de la Edad Media.

El triste destino de una reina

Se decía que Felipe IV de Francia (1268-1314) era el hombre más bello del mundo. Por ello no es de extrañar que las fuentes de la época también resaltaran la belleza de su hija Isabella, a la que describían como “de las más bellas la rosa”, y “la más bella del reino al imperio” (Godefroy, pp.182, 244). De la princesa se sabe que nació entre mayo y noviembre de 1295, por lo que aún era una niña (tenía doce años) cuando fue dada en matrimonio a Eduardo II  de Inglaterra (doce años mayor que ella) en febrero de 1308.

Cuando Isabella se preparaba para abordar el barco que la transportaría hacia Inglaterra, jamás imaginó todas las penurias y desencantos que la esperaban en su nuevo hogar al otro lado del Canal. En efecto, aunque la reina le dio a Eduardo II cuatro hijos, por todo el reino era sabido que el rey guardaba cierta distancia hacia su esposa, pues prefería la compañía y los consejos de su favorito, Piers Gaverston. De hecho, cuando Isabella llevaba en su vientre al futuro Eduardo III en 1312, tuvo que arreglárselas para escapar de los barones rebeldes, pues su esposo prefirió velar por la seguridad de Gaverston antes que la de la reina (Menache, p.497).

Gaverston murió en 1312, pero los problemas entre el rey y sus súbitos no cesaron, especialmente cuando Hugh Despenser, el nuevo favorito de Eduardo, fue nombrado Chamberlain Real en 1318. Isabella, harta de la posición de Hugh en la Corte, viajó a Francia en 1325 para encontrarse con su hermano Carlos. Así pues, la figura de la reina comenzó a adquirir un mayor protagonismo como la principal fuerza opositora al rey, a la que se le unían gustosos los enemigos exiliados de Eduardo II, especialmente Roger Mortimer. Así pues, en octubre de 1326 lideró una invasión para derrocar a su esposo, misma que fue apoyada por la mayoría de la nobleza inglesa en cuanto tocó tierra. Tras la captura de Bristol a finales de octubre, ya no hubo nadie que diera la cara por el rey.

Isabella en el sitio de Bristol (1326) en una ilustración de Jean Froissart (MS fr2663 f.6r.)

Isabella en el sitio de Bristol (1326) en una ilustración de Jean Froissart (MS fr2663 f.6r.)

El sangriento ascenso de Isabella

Los pocos partidarios de Eduardo II murieron o se rindieron a Isabella. El rey y Hugh Despenser intentaron escapar hacia Gales, pero fueron apresados y llevados ante la reina en la ciudad de Hereford. Las crónicas oficiales son poco descriptivas respecto a la suerte del favorito del rey y sólo se limitan a mencionar que “fue tirado (por un caballo), ahorcado y decapitado” (Lanercost, p.253; London, p.51). Por fortuna, el cronista de Valenciennes, Jean Froissart, nos dejó un testimonio mucho más nutrido de los acontecimientos: Despenser fue llevado a juicio ante la reina y sus caballeros, y la sentencia quedó en que éste sería arrastrado por la ciudad por un caballo, acompañado por clarines y trompetas hasta la plaza principal, donde lo atarían a una escalera para que todos los ahí reunidos lo pudieran ver. Después de la humillación pública, le serían cortados los genitales (por hereje y por practicar actos “contranatura”) y arrojados al fuego, lo mismo que sus entrañas y su corazón, los cuales le serían extraídos aún con vida (Froissart, p.32; le Bel, pp.27-28). Su cuerpo fue dividido en cuatro partes y enviadas a distintas ciudades de Inglaterra; su cabeza sería expuesta en la Torre de Londres (The Brut, p.240).

En cuanto al rey Eduardo II, se le obligó a abdicar en favor de su hijo mayor Eduardo III, quien fue coronado en la Abadía de Westminster en 1327. Posteriormente fue exiliado al castillo de Berkeley, donde moriría asfixiado en circunstancias sospechosas el 21 de septiembre de 1327, probablemente por órdenes de Roger Mortimer.

Hugh Despenser el joven es castigado con el método “drawn, hanged, and beheaded”, una forma de castigo comúnmente utilizada en contra de los enemigos del rey. (Froissart, MS Fr 2643, f.11r)

Hugh Despenser el joven es castigado con el método “drawn, hanged, and beheaded”, una forma de castigo comúnmente utilizada en contra de los enemigos del rey. (Froissart, MS Fr 2643, f.11r)

Los hilos detrás de la figura del rey

Eduardo III ascendió al trono con quince años de edad, y aunque para la época ésta ya se consideraba una edad viable para ejercer el poder, el rey se vio obligado a subordinar sus decisiones a los consejos de su madre, de Roger Mortimer y de su tío, el conde de Kent (hermano del depuesto rey). A diferencia de lo que sería el reinado de Eduardo III después de 1330, el gobierno de Isabella y de Mortimer (a partir de 1327) se caracterizó por una política volcada al pacifismo entre Inglaterra y sus enemigos externos (Menache, 2012, p.507), misma que fue mal vista por sus contemporáneos al observar cómo Inglaterra se subordinaba a las exigencias de los escoceses y los franceses.

En efecto, la debilidad política del nuevo gobierno no tardó en hacerse presente. Ese mismo año (1327) un ejército escocés desató el terror a base de “fuego y hierro” sobre las ciudades fronterizas del norte de Inglaterra, sin que nadie pudiera detenerlos. Eduardo III rápidamente marchó en persecución de los invasores, pero antes de que pudiera alcanzarlos, estos escaparon impunes hacia Escocia. Se dice que Eduardo lloró de la humillación cuando se enteró de la burla escocesa, y basta imaginar la cólera que sintió cuando se vio obligado a firmar la “paz vergonzosa” en mayo de 1328, en la que el rey inglés se comprometía a liberar a los escoceses de todo “…derecho, reclamo o demanda del señorío del reino de Escocia, por su parte, o la de sus herederos y sucesores a perpetuidad, y de cualquier homenaje para los Reyes de Inglaterra”, lo cual, según parece, se debió al “pestilente consejo de su madre y de Roger Mortimer” (Lanercost, p.260; London, p.52).

Un violento final

La intriga no cesó en la corte, y la rivalidad entre el conde de Kent –persona muy querida– y Roger Mortimer –repudiado por el pueblo– no hizo más que acrecentarse con el paso de los años. Rumores promovidos por un par de frailes llegaron a los oídos del tío de Eduardo, ¿Eduardo II seguía vivo? El conde intentó actuar por todos sus medios para dar con su hermano, pero fue descubierto, acusado de traición y decapitado en 1330 (Froissart, p.83; Baker, pp.43-44). Una vez más era Mortimer, con la colaboración de Isabella (era un secreto a voces que ya eran amantes), quien movía los hilos de la política inglesa y eliminaba a sus posibles rivales. La corte se había vuelto un tablero de ajedrez en el que el alfil tenía en jaque al rey de Inglaterra.

Los problemas se recrudecieron a finales de 1330. Por todo el reino se hablaba de la escandalosa relación entre la reina y su amante, incluso se especulaba que Isabella estaba embarazada, lo que acrecentaría el interés de Roger Mortimer para deshacerse de Eduardo III y con ello iniciar una nueva línea de sangre real (Baker, pp.45-46; Shenton, p.15). Bajo estas circunstancias, uno de los personajes más cercanos al rey, William Montage, le sugirió a Eduardo que “era mejor comerse al perro antes que ser comido por él” (Prestwich, p.223), en referencia a que si Eduardo no actuaba pronto, él sería la próxima víctima de las ambiciones de Mortimer.

Sin tiempo que perder, Eduardo III y una comitiva de sus hombres más leales llegó en secreto al castillo de Nottingham, donde Isabella y Mortimer pasaban la noche. El rey y sus caballeros cruzaron un pasadizo oculto bajo la habitación de los amantes y cuando vieron su oportunidad, saltaron y encadenaron a Mortimer. Se cuenta que en ese momento Isabella se abalanzó sobre Eduardo y le imploró de rodillas “buen hijo, ten piedad del noble Mortimer” (Baker, p.46).

Representación moderna del momento en que Eduardo arresta a Roger Mortimer. Fuente Pinterest.

Representación moderna del momento en que Eduardo arresta a Roger Mortimer. Fuente Pinterest.

Por supuesto, Eduardo III no tuvo piedad. Roger Mortimer fue llevado a Londres, donde se le inició juicio por traidor y usurpador del rey, también por promover la muerte de Eduardo II y del conde de Kent. La sentencia no dejaría de ser irónica, pues Mortimer fue condenado a morir de la misma forma en que Hugh Despenser lo había hecho años atrás. Su cuerpo, ya sin vida, fue colgado durante tres días en Londres, para que todos pudieran ver la suerte que esperaba a los enemigos de la Corona. En cuando a la reina madre, fue exiliada (como Eduardo II) al castillo de Rising, en Norfolk Inglaterra, donde vivió con todos sus gastos de noble hasta su muerte en 1358.

Así terminó el papel de Isabella de Francia en la corte inglesa. Una mujer considerada tan bella como tenaz, capaz de dirigir una revuelta exitosa  y de elegir a quien amar sin temor a las normas convencionales, pero cuyos excesos terminaron por destronarla en el mundo violento y sin misericordia del que ella había formado parte. Pero no sólo eso, la historia de Isabella nos recuerda el papel que siempre ha jugado la violencia como forma de legitimar los gobiernos. Isabella fue, sin duda, una mujer excepcional en tiempos en los que la violencia era la última palabra.

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José Francisco Vera Pizaña

José Francisco Vera Pizaña (México, Distrito Federal). Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (FFyL) con la tesis “Nexos en la historiografía: la construcción de la batalla de Crécy en la historiografía inglesa y estadounidense (1885-2013)”. Especialista en historia militar e historia de la Edad Media. Miembro activo del Seminario de Estudios Históricos Sobre la Edad Media (UNAM) y del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval (UAM-I). Consultor historiador de Caronte Lab. Profesor en el Centro Universitario de Integración Humanística (CUIH).

Referencias

  1. -Menache, Sophia, “Isabella of France, Queen of England. A Postscript”, Revue belge de philologie et d’histoire, t.90, fasc. 2, Bélgica, 2012, pp. 493-512.
  2. -Prestwich, Michael, Plantagenet England, 1225-1360, Clarendon Press, Oxford, 2005, 638 p., mapas.
  3. -Shenton, Caroline, “Edward III and the Coup of 1330”, en The Age of Edward III, ed. J.S. Bothwell, York, York Medieval Press, pp. 13-35.
  4. -Chronicon Galfridi le Baker de Swynebroke, ed. Edward Maunde Thompson, Oxford, Clarendon Press, 1889, XVII-340 p.
  5. -Chronique de Jean le Bel, ed. Jules Viard, t.I, Paris, Librairie Renouard, 1904, 356 p.
  6. -The Chronicle of Lanercost 1272-1446, ed. Herbert Maxwell, Glasgow, Public Record Office, 1913, 357 p.
  7. -A Chronicle of London, from 1089 to 1483, Londres, Longman, Rees, Ormer, Brown, and Green, Paternoster-Row, 1827, viii-274 p.
  8. -Chronique métrique de Godefroy de Paris, ed. J.A. Buchon, Paris, Verdiere, Libraire, 1827, 304 p.
  9. -Sir John Froissart’s Chronicles of England, France and Spain, ed. Thomas Jones, 3a ed., v.I, Londres, Printed for Longman, Hurst, Rees, and Orme, 1808, 315 p.

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