Silencio y amor en el deseo no consumado.

En las sociedades las personas han elaborado distintas formas de expresarse, algunas de maneras muy diferentes entre sí. Además de una diferencia en el lenguaje, habla y discurso, los usos y significados pueden ser diametralmente distintos. Describir las maneras en que existen afinidades en ciertas culturas es una tarea complicada que puede encararse de distintas maneras. En ese sentido, hoy hablaremos de dos conceptos que muestran afinidades y disparidades respecto a otras culturas, a través de dos películas distintas: In the mood for love (Wong Kar-Wai, 2000) y Lost in translation (Sofia Coppola, 2002).

In the mood for love es, como diría Ernesto Diezmartínez, la mejor película de amor/desamor en la historia del cine. Se desarrolla en Hong Kong, en el año de 1962, y tiene como premisa la llegada de Chow Mo-Wan (Tony Leung Chiu-Wai) a un edificio de estrechos pasillos en donde conocerá a Su Lizhen (Maggie Cheung Man-yuk), quienes a manera de respuesta a la infidelidad de sus respectivas parejas, caen en la dinámica del enamoramiento, para estremecernos hasta el final de la película.

Por otro lado, si hoy Sofia Coppola dejara de hacer cine, Lost in Translation se convertiría en automático en su opus magnum. En la cinta Bob Harris (Bill Murray), un actor ex -estrella de cine que ahora se dedica a hacer comerciales para tv, llega a Tokyo para cumplir con ciertos contratos promocionales que incluyen anuncios de whisky y programas de TV. En el hotel donde se hospeda conocerá a Charlotte (Scarlett Johansson), una joven estudiante recién egresada de Filosofía que enfrenta un momento difícil en su matrimonio y un conflicto interno sobre la dirección que su vida puede tomar. El encuentro entre ambos sana y alimenta el espíritu tanto de uno como del otro. De la misma manera que en la cinta de Wong Kar-Wai la pareja logra estremecernos hasta el final de la historia.

Lo que debe decirse es nada.

“La comprensión de uno mismo, que es la primera condición requerida para que una persona pueda hacer entender a otra (…) lo que es, lo que piensa, lo que desea, lo que ama, etc., depende y muy estrechamente de la técnica del silencio” (Scheler, 1994, p. 90).

El silencio es un ejemplo perfecto de que formas verbales no habladas similares, tienen significados radicalmente distintos. El silencio suena (o no lo hace, más bien) igual en todos los idiomas, pero su interpretación difiere ampliamente. Entre los apaches tenemos el comportamiento del saludo, por ejemplo; en lugar de ser una cascada de fórmulas verbales, la forma apropiada de hacerlo es un largo periodo de inmovilidad y silencio. En una primera cita occidental, el silencio sería la antesala de una catástrofe, como apunta Mia Wallace: “no odias esto […] el desagradable silencio. ¿Por qué parece necesario decir estupideces para estar cómodos? [y concluye] Es cuando sabes que encontraste a una persona especial, cuando puedes cerrar la maldita boca un minuto y compartir el silencio” (Tarantino, 1994).

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“En Japón por ejemplo existe la creencia que de que tan pronto como como una experiencia se expresa en palabras, su verdadera esencia desaparece. Así, ya sea en cualquier circunstancia de intensidad emocional, ya sea la muerte de los padres, la feliz noticia de que un hijo aprobó el ingreso a la universidad o la observación de algo extremadamente hermoso lo que debe decirse es nada.” (Williams, 1989, p.167)

Aunque Lost in Translation es una producción norteamericana realizada por Focus Features, está enclavada en Japón, en un marco cultural oriental; en ese sentido los silencios se vuelven expresivos en la cinta de Sofia Coppola. Tiene que pasar media hora para que los dos protagonistas entablen su primera conversación; previo a eso existe sólo una serie de gestos comunicativos no hablados entre ambos de un extremo al otro del bar.

De manera contraria, en la cinta de Wong Kar-Wai, los diálogos suelen ser frecuentes; sin embargo, son las cortinillas musicales repetidas las que hacen el trabajo sucio. Con escases de palabras, es la composición visual y auditiva la que transmite las emociones en vez de la palabra; para prueba el recorrido en el pasillo que funge una y otra vez a lo largo de la película.

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Curiosamente, ambas películas apelan al silencio en sus respectivos finales. Cómo olvidar aquella secuencia en donde Chow Mo-Wan sube al templo budista recreando a su manera la tradición antigua que dice así “antes, cuando alguien tenía un secreto que no quería compartir, subía a una montaña, subía a un árbol y excavaba un agujero en él y susurraba un secreto en el agujero, después lo tapaba con barro, de ese modo nadie podría descubrirlo nunca.” Sabemos que algo dijo en el agujero del templo, pero sólo escuchamos el silencio. Toda la contención de la película hace erupción ahí; es tan telúrico que cuesta trabajo levantarse. Se queda todo ahí.

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Del mismo modo, la escena final en Lost in translation es un dialogo en silencio. Bob baja del auto que lo llevaría al aeropuerto de Tokyo y encuentra a Charlotte en medio de la multitud nipona; se acerca a ella y le dice algo al oído que nunca sabremos qué es (a menos que se vea el doblaje latino, donde se rompe con todo el encanto de la película).


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Algo parecido al amor.

“¿Cuántas palabras conoce un hombre? ¿Cuántas figuras en su vocabulario cotidiano? ¿Cien, doscientas, trescientas?” le dice una seguidora a través de una carta a Andrei Tarkovski, quien la reproduce en Esculpir en el Tiempo, y continúa: “Romeo le decía a Julieta palabras maravillosas muy claras y llenas de expresividad. Pero esas palabras, ¿podían expresar siquiera la mitad de todo aquello que llevaba en su corazón, que contenía su corazón rebosante? ¿Todo aquello que le cortaba el aliento, qué hacía que Julieta no pudiera pensar en otra cosa que en su amor?

El cine, la suma de todas las artes, tiene la posibilidad infinita de jugar con sus mecanismos para transmitirnos todo tipo de emociones. Wong Kar-Wai lo sabía, por eso juega con las imágenes, con los colores, con los gestos y con los momentos adecuados para transmitirnos todo lo que ese concepto puede significar o no, dependiendo del espectador; para prueba un botón. No necesitamos ni un solo diálogo para entender todo en la siguiente escena; el amor se construye de silencios, de miradas furtivas, de palabras poderosas, de acciones estremecedoras.

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“En la tradición occidental se encuentra muy difundido el énfasis acerca de la importancia de las palabras; en Japón esa tradición no existe, […] parece más consciente de la existencia de asuntos para los que las palabras no alcanzan” (Goddard-Wierzbicka, 1997, p. 339). De manera similar ocurre en oriente, por ejemplo, en un asunto “práctico” como el amor.

Previo al final de la cinta en Lost in Translation, tras un affair de Bob, Scarlett se siente “¿traicionada?”, lo cual crea un distanciamiento entre ambos; no se habla del tema, porque aunque sean norteamericanos, ambos personajes se desarrollan en un marco cultural en donde los deseos, como con los pensamientos y sentimientos, no es cuestión de cuándo expresarlos, sino de si deberían expresarse; por ejemplo, “el omoiyari se refiere a la habilidad y disposición de sentir lo que otros están sintiendo, a experimentar vicariamente el placer o el dolor que ellos están experimentando y ayudarlos a satisfacer sus deseos… aun sin decirlos verbalmente” (Goddard-Wierzbicka, 1997, p341). Como sucede con la pareja de In the mood for love, cuyo romance nace de la infidelidad de sus respectivas parejas, no hablan mucho del tema, sino que sienten la necesidad de emular cómo comenzó esa situación para saber qué causó tal engaño; por ende, nunca vemos los rostros de los esposos infieles de In the mood for love. Si los viéramos, serían Tony Leung y Maggie Cheung, es decir, ellos mismos reflejados; lo que nos lleva a repensar el omoiyari reflexionando sobre la cultura asiática misma.

A veces resulta difícil comprender la percepción de ciertas formas de expresión que son ajenas a nuestro entorno, por eso, cuando la pantalla en frente de nosotros rebasa los límites que consideramos puede alcanzar, entendemos la grandeza del cine; aquel momento en que “revestimos nuestros sentimientos con palabras, intentamos expresar en ellas el dolor, la alegría, todo movimiento interno, todo aquello que en realidad no se puede expresar.” Es decir, las imágenes y sonidos evocan conceptos, a través de una canción, una mirada, o un silencio:

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Las películas etiquetadas o adjetivadas como románticas en el cine hollywoodense pueden vender un ideal que, debido a su cercanía con nosotros, encaja más fácilmente en nuestra percepción de ese concepto; pero el romance no siempre es un montón de palabrería sin sentido, no es tener al galán del momento, no siempre es feliz, ni eterno, ni cursi. No quiero decir que el amor visto desde el cine hollywoodense esté mal, sin embargo, con este texto quiero expresar un panorama distinto de los usos del lenguaje cinematográfico en latitudes que nos serían ajenas tanto en su forma de vida, el uso del lenguaje y la forma expresiva, pero que a través  del lenguaje del cine, de las imágenes, hace permisible la conexión emocional entre culturas tan distintas como la occidental y oriental: El deseo no consumado también es romántico.