Pantalla y vejez.


Damos por hecho que existe un momento en la vida en el que la serenidad y claridad entorno a distintos temas por fin tocan a la puerta, en donde es posible dar consejos útiles para los momentos más críticos, un momento en el que la lentitud de nuestros movimientos avalan la intención de los mismos, en el que las despedidas se entienden sin rencor ni tristeza, y en donde ya no tenemos que rendir cuentas de nuestros actos a nadie: la vejez. Al menos es así en lo ideal. No obstante, podemos encontrar infinidad de historias relacionadas a la cara contraria de lo mencionado con anterioridad, casos en los que el cuerpo merma como un recordatorio del paso del tiempo o como uno de los muchos estragos de alguna cruel enfermedad; lo mismo ocurre con la memoria, de pronto los recuerdos que parecían simples de evocar adquieren la forma de una densa neblina y ya no vuelven más. La vida toma la autosuficiencia que se supone ofrece la adultez  para así dar paso a la necesidad de recibir ayuda de otros, incluso para las tareas más sencillas.

La vejez, al significar tanto encuentra cabida en novelas, fotografías, pinturas, y por supuesto películas, ¿Qué dice el cine respecto a la vejez? Sabemos que en la pantalla grande una de las versiones más populares de la representación de esta etapa de la vida es la de los abuelos tiernos y despreocupados que gustan de convivir con los suyos, o los ancianos que por extrañas razones viven malhumorados y en soledad, pero que al final de la cinta recomponen el camino y terminan siendo amables con quienes les rodean dejando a su paso una dulce lección de vida. La fórmula funciona y muchas veces el resultado es afortunado.

No obstante hay otros tantos filmes que llegan a nosotros con representaciones de la vejez, digamos, y bajo riesgo de parecer livianos con las palabras, más cercanas a la realidad, permitiéndose ser ventanas a la intimidad de personajes ordinarios. Retomamos así  brevemente para hablar de éstas otras representaciones las películas Amor (Amour, 2012) y El último amor del señor Morgan (Mr. Morgan’s Last Love, 2013)12, que a pesar de ser distintas en lo que a la trama respecta, ambas cintas están enmarcadas por la soledad y elección de los finales.

Situémonos en Amor, la película tiene como escenario principal una casa cuyas ventanas sólo permiten la entrada plena a la luz en los espacios que tienen cierta importancia a nivel afectivo; el lugar en el que se dan los hechos recrea para el espectador un ambiente solitario, que pese a estar habitado por una pareja de ancianos y mostrar de vez en cuando destellos de vida con orden en el hogar y esporádicas visitas de su hija, no deja de emanar cansancio y fastidio. El cansancio se refleja en el rostro de Anne (Emmanuelle Riva), una maestra retirada que ve con el paso de los días como su cuerpo deja de pertenecerle para ser totalmente de la enfermedad que le aqueja, mientras que el fastidio está encarnado por Georges (Jean-Louis Trintignant) esposo de Anne, testigo y enfermero por obligación, víctima de la frustración que cuidar, o no, a su esposa le genera.

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El sonido de los pasos cansados, el de las puertas a medio aceitar, así como el de su respirar agitado a causa del esfuerzo que demanda cada movimiento se vuelven una molestia común en sus días y de la que aparentemente sólo se encuentra alivio cuando se descubre la forma de dejar el mundo.

Pero también hay una vejez que encuentra vitalidad juvenil apelando al romance, tal es el caso de la historia narrada en El último amor del señor Morgan. Nuestro protagonista, el señor Morgan (Michael Caine) un viudo que no tiene buena relación con sus hijos y trata de lidiar con su soledad no interrumpiendo su rutina y defendiendo su independencia a capa y espada, minimizando cualquier malestar o pena, para él todo parece transcurrir en relativa calma hasta que en su camino aparece una joven maestra de baile, lindo personaje que rompe la monotonía de los espacios que son escenarios del abuelo.

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La relación que surge entre ellos se convierte en un “motivo” para el señor Morgan, pues además de hacerle sentirse importante otra vez, encuentra nuevas experiencias en lugares que si bien podrían parecernos simples (como un salón en el que se imparten clases de baile) ante él se aparecen como un mundo desconocido y una oportunidad de mantenerse en “el juego” mediante la curiosidad y el descubrimiento.  Sin embargo, para el caballero la dicha es pasajera, pues el mal funcionamiento de su cuerpo lo regresa a la realidad de su edad y a un mundo que le resulta familiar y poco alentador: la habitación de un hospital. El señor Morgan se encuentra así entre el querer hacer y lo que su cuerpo le permitirá concretar.

Estas piezas fílmicas nos ofrecen distintas formas de pensar la vida del adulto mayor a partir de una mirada a la intimidad de personajes que luchan contra las limitaciones que la edad les imponen y que buscan a toda costa encarar con dignidad enfermedades y tristezas, eligiendo sus alegrías, así como la forma en la que desean abandonar el mundo. La pantalla grande está enterada de los muchos rostros de la vejez y no teme presentarle al público un posible vistazo a su futuro.

 

Viridiana Ramírez Neria

Viridiana M. Ramírez Neria, habitante del D.F., pasante de licenciatura en Historia por parte de la UNAM. Con gran cariño hacía el cine, la fotografía y las letras indomables. Participaciones en coloquios y menciones honorificas en concursos fotográficos, han sido una parte de su trayectoria.

Referencias

  1. Michael Haneke, Amour, 2012.
  2.  Sandra Nettelbeck, Mr. Morgan’s Last Love, 2013.

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