De promesas y rupturas.


Esas ansias de no volver a verte, de volver a verte. Esas ganas de volver a hablar contigo, de no dirigirte la palabra una vez más. Esa angustia de saber si todavía me quieres, indiferencia de verificar que nunca me quisiste. Esa certeza de saberme libre de la influencia que tenías sobre mí, la emoción que todavía me invade al ver alguna fotografía tuya. Ese saber que me hace reconocer que nunca más sentiré lo mismo, el alivio de saber que no volveré a tener un amor como el tuyo.

 

Les transcribo la nota tal y como la dejó antes de irse. Las últimas palabras escritas que me dedicó y las últimas que vi de ella. ¿Qué fotografía habrá sido la que veía con más frecuencia y que, por alguna extraña razón, le sacaba una estúpida sonrisa? Supongo que la que nos tomó un camarógrafo ‒que más bien parecía bufoncito‒ en aquella boda de su prima. Siempre le gustó cómo nos veíamos en esa foto. Retrataba fielmente la razón primigenia de haber decidido estar juntos. Nos queríamos, era cierto ¿Y luego?

Eso fue lo que vino en primera instancia a mi mente después de leer su triste despedida. Aunque meses antes ya había anunciado su partida, como toda mujer, va dejando indicios que los hombres somos muy pendejos para poder interpretar. Por alguna cómoda razón nos gusta hacernos pendejos hasta que los problemas nos estallan en la cara. ¡Ah, qué pendejos!

Después de lamentar un poco la noticia y sumergirme en la miseria que creía debía pasar, me entraron unas ganas casi incontrolables de tomar cualquier botella de alcohol (preferiblemente una de tequila, pues, al estilo de Pedrito Infante y en la más burda idea de ser mexicano, eso es lo que debe acompañar cualquier ruptura amorosa y tratar de sobrellevar esa tristeza sin parecer marica) y no parar hasta terminar mascullando alguna canción de desamor, compañía perfecta para dolidos ridículos. Pero no, me aguanté esas pinches ganas y decidí que debía descifrar mi estado de ánimo. Saber realmente cómo me hacía sentir esa nota que dejó para mí y, mejor aún, reconocer que había algo central en esas palabras. Algo que sabía, pero que no quería admitir abiertamente porque sería reconocer la manera en que había actuado con ella. So, where are you going? Si, había sido un culero.

Me hubiera gustado al menos poder tener mi derecho de réplica. Sé bien que el negar ciertas cosas sería algo vano, pero al menos tendría la oportunidad de expresar otras que mi torpeza al hablar siempre me impidió. Aunque sé que tal vez no sería la mejor de las respuestas, o ni siquiera algo parecido o cercano a lo que quisieras escuchar, te darías cuenta que mi actitud hacia contigo no se debía a una falta de querencia, sino a esa detestable y miserable cobardía mía. ¡Ah, pa’ pinche consuelo!

Y si alguna vez te surgen ganas, o de menos algún tipo de curiosidad por saber que habría dicho, sería algo así:

Sensación de espuma rápida y efímera.

Olor chato y rancio, como de olvido barato.

Me gustaría que así hubieras sido. Que tu permanencia, la memoria de tu presencia, no tuviera esta impertimanencia dentro de mi imaginario. La imaginaria tuya en cápsulas interminables de recuerdo. Cápsulas diarias. Diarias. Mis intentos por evocar tu figura, lunes, cada que me es posible, martes. Recrear actitudes que de ti me atraían, miércoles, secuestrarlas y a partir de ellas tratar de mantenerte, jueves, conmigo por el tiempo que yo, viernes, decidiera.

Come back with my heart!

 

Diego Sebastián Jaime

Nacido en la ahora Ciudad de México. Estudiante de la Licenciatura en Historia de la FES Acatlán. Con interés particular en los procesos de urbanización y transformación de la Ciudad de México durante el siglo XX.

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