El último beso del mundo.


Una fuerte y nítida luz de sol inundaba todo el ambiente, se podía ver a lo lejos la imponencia del Quijote y a su lado, como siempre, el fiel acompañante. Es curioso pensar que aún después de tantos años la locura del ingenioso hidalgo siga sirviendo como excusa para tomar un respiro de lo cotidiano y fundirse con un alocado sentimiento de euforia, a fin de cuentas, eso es lo que buscamos ¿No? Pasar un buen rato. La temeridad del español estaba fundamentada en una visión de desmesura y una extrema obsesión por lo ideal, por lo “caballeresco”. Puedo comprender su grado de locura, es difícil que la mente produzca ideas tan perfectas, sublimes y de chingazo nos topamos con la irracional realidad (¿Será correcta la paradoja?) a la cual no le interesa lo más mínimo lo que debería ser y como debería ser, ella lo hace a su antojo. El hombre imagina que la realidad es una extensión de su pensamiento, de su control y es por eso que hay tanto cuerdo vagando por la calle y tanto loco trabajando con saco y corbata para un decadente sistema.

A mi lado uno de esos clásicos metaleros con su playera de “Slayer” interrumpió mis pensamientos, trataba de impresionar a su joven acompañante (tal vez demasiado joven) y alardeaba en voz alta de su extensa cultura sobre grupos de metal, de esas que piensan que su poca fama corresponde a la genuinidad de su música. Probablemente estaban en una fase inicial donde estaban conociéndose porque saltaban rápidamente de tema como si hubiera muy poco tiempo y muchas cosas más por hablar. Eso me puso a pensar si, hablando de una situación hipotética donde se supiera que el tiempo del mundo está contado, ¿con quién tendría mi última conversación?, ¿de qué hablaríamos?, ¿tendría sentido acaso mantener esa conversación? Ya no sería algo trascendental debido a que existe la certeza de que no hay más un futuro donde esta conversación pudiera ser retomada.

De nuevo fui expulsado de mis pensamientos, pero esta vez por una causalidad mucho más placentera, mi bella acompañante. El siglo de Oro español causó un fuerte impacto en mi adolescencia, yo siempre tratando de entender esa compleja red de palabras que deberían de transformarse en sentimientos y emociones desgarradoras que tendrían por fuerza formarse dentro de mi latente corazón (un fin muy difícil de conseguir, por cierto). Recuerdo fielmente ese fragmento del poema de mi compadre Garcilaso, “cuanto del largo cielo se desea, cuanto sobre la tierra se procura, todo se halla en vos de parte a parte”. Palabras intensas pero que no llegue a comprender, no logré hacer la conversión palabra-concepto-sentimiento-emoción hasta que la conocí a ella. Desde el primer segundo en que tuve la dicha de admirar su rostro supe que algo en mi había cambiado, el día que la conocí a ella ese día también comprendí a Garcilaso.

Y entonces lanzó su clásica pregunta: ¿En qué piensas? Todas las mujeres deducen que si un hombre se encuentra mirando hacia la nada con expresión autista y el ceño fruncido entonces forzosamente tiene que estar pensando en algo (y en algo importante), generalmente es así, pero no se puede ir por ahí siempre pregonando lo que se piensa (en otros tiempos te mataban por eso) por lo que respondí con dos palabras que sabía eran capaces de hacerla feliz: EN TI.

Claro que no se creyó lo que le dije y ciertamente el hecho de que una blanca extranjera con un cuerpo celestial estuviera en la misma línea de mi mirada (una non grata casualidad para mi) no fue de mucha ayuda, por lo que me decidí a arreglar la situación y hacer una brillante paráfrasis de mi ídolo De la Vega; me dispuse a transmitir la belleza literaria de todo el siglo de oro español en mi siguiente frase, así que con elegancia y galantería le dije: “Te quiero un chingo”. Probablemente no logré un onírico escenario romántico, pero por lo menos ella relajó los hombros. La batalla aún no estaba ganada, pues su siguiente movimiento fue decirme –Ya no te voy a dar besos, ni uno solo. –Venga, dame solo uno– le rogué y al decirle esto su semblante se tornó pensativo e incluso algo dubitativo, al final dijo –Te voy a dar uno, pero vas a tener que disfrutarlo ya que es el último–.

Al acercarse a mí para cumplir su palabra mis dedos rozaron su brillante pelo negro (aquél que es capaz de robar el sueño), me di cuenta que progresivamente las cosas a mi alrededor dejaban de existir pues ya no se veía ningún quijote con su escudero al costado, tampoco había altaneros metaleros hablando de cosas sin sentido, tráfico, camiones de tours, no había gente caminando por la calle, no se vislumbraba ningún tipo de luz artificial ni se escuchaba ruido alguno. Lo único capaz de vislumbrarse eran sus finos labios acercándose a los míos…

No estuve presente el día de la creación del mundo, pero imagino que fue un espectáculo maravilloso y sea cual sea la religión o paradigma al que se pertenezca, no creo que nadie se atreva a poner en duda esto, con ese beso ella le estaba dando al mundo el final más digno al que se puede aspirar, una dulce melodía que mitiga la agonía de todo aquel tormento terrenal y un sentido espiritual a todas las causalidades que alguna vez caminaron por aquí. Ella dijo que era el último y el mundo tomó sus palabras por ciertas.

 

 

Victor Fernández

Victor Fernández nacido el 19 de enero de 1992 en Saltillo, Coahuila. Egresado de la facultad de Sistemas de la Universidad Autónoma de Coahuila en la carrera de Ingeniería en Tecnologías de la información y comunicaciones. Actual profesionista en el área de software para telecomunicaciones. Amante intenso del Cine especialmente del film noir y obras de Woody Allen, voraz lector con un denotado gusto por obras existencialistas. Adepto del Jazz y el Rock.

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