Platícame más.


Dicen que puedes engañar a todos menos a ti ¿O a tu madre? ¿O era a Dios? Como sea que digan, vaya mentirota. Tal vez todas esas personas habrán querido decir que puedes engañar a todos excepto a tu gato, perro o inserte la mascota de su agrado aquí. Patos, conejos y mosquitos no juegan, el primero por ser no muy avispado, el segundo por ser de todos sabido que la vida humana le es indiferente y el tercero por tener como pasatiempo disfrutar de hacerle miserable la vida a aquellos que gustan del buen dormir y a mi epidermis. Eso y por caerme mal. Habiendo ya escogido el animal con el que se seguirá la lectura, y teniendo en cuenta que los cambios a la mitad de ésta quedan prohibidos, continuaré diciendo que esa camaradería que se genera entre dueño y mascota, queda inmune de engaños baratos que se tratasen de cometer.

Porque puedes llegar a casa y ser interrogado con esas repetitivas e incómodas preguntas, escuchar un gastado ¿Cómo te fue? Y contestar con un no muy convincente “Bien” y tener que chingarte ese chistecito familiar obligado:

‒Sólo a los pendejos les va mal.

Y soportar la risita tonta que acompaña la frase y que las primeras veintiocho veces compartiste, pero que la costumbre y un mal día hacen que se vuelva odioso. Ese tipo de engaños baratos no pueden cometerse entre tu camarada y tú. Y no es que haya una prohibición que lo impida, simplemente que las palabras no surten el mismo efecto en los animales. Algo raro, si me lo preguntaran, pues en ocasiones pareciera que conocen muchas más palabras de las que se repiten hasta el cansancio en algún solemne evento o en cualquier aburridísimo anuncio gubernamental. Se me figura que con un leve movimiento de cabeza asienten a lo que les estoy contando y se me quedan mirando fijamente como diciendo: “Platícame más”.

Para ellos es más significativo una masajeada de panza o unos rascos detrás de la oreja. No necesitan hacer absurdas preguntas, te mueven la cola, huelen y mordisquean un poco y ya, lo deducen. Puede que parezcan medio torpes o en ocasiones idiotas, pero es una estupidez fingida. Un teatro que ellos mismos montan porque saben lo mucho que el ser humano disfruta sabiéndose el más capaz de toditos. Llamémosle algo así como su desatino controlado. Y no me malentiendan, es bastante cómico verlos armar todo su teatro, pero una vez que descubres que todo eso sólo está intencionado a complacerte, pierde esa magia pueril. “¿Estás tarado o un golpe causótelo?”

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Diego Sebastián Jaime

Nacido en la ahora Ciudad de México. Estudiante de la Licenciatura en Historia de la FES Acatlán. Con interés particular en los procesos de urbanización y transformación de la Ciudad de México durante el siglo XX.

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