Cuando sea paseador de perros.


“Caminar es una evasión de la modernidad, una forma de burlarse de ella, de dejarla plantada, un atajo en el ritmo desenfrenado de nuestra vida y un modo de distanciarse, de aguzar lo sentidos.” David Le Breton

Cada mañana –excepto fines de semana– escucho a los paseadores de perros pasar. Desde mi ventana asumo que su trabajo es cada vez más necesario. Ni siquiera necesito verlo, sé que cumplen las expectativas de sus clientes –cada vez más numerosos– y que los perros que los miran pasar, como yo, no podemos evitar sentir un poco de envidia.

El asunto tampoco es tan grave, tengo mis rutinas y me puedo dar el lujo de husmear por ahí y por allá, incluso los fines de semana. Además las cosas no deben ir tan mal, me digo en silencio, si sus respectivos dueños son hombres y mujeres ocupados, pero conscientes de las necesidades de sus mascotas. Todos los perros traen correas, caminan civilizadamente rodeando a su paseador –que siempre son al menos dos–, y seguro van al día en sus pagos. Los estridentes son los que se quedan encerrados. Y no puedo evitar asomarme con un poco de vergüenza cada mañana y pensar que esos perros, aunque auspiciados por sus dueños, deben ser el prototipo ideal del ciudadano que disfruta su ciudad.

Tener una mascota es una responsabilidad que me supera; alimentación, vacunas, juguetes, premios, accesorios y paseos son un cúmulo de cláusulas que ni siquiera me puedo proveer a mí mismo. Además los perros no hablan, así que si tuviera uno y éste, consciente de nuestra circunstancia, llegara con una idea sobre cómo mejorar nuestra vida, no podría entenderle. Los perros, me digo en silencio, no son como nosotros. Ellos sí pueden disfrutar –o sufrir– el aquí y el ahora sin tanto alboroto, responsablemente y sin aburrirse. Sus ladridos no son una necedad ni mera retórica, sino un modo entre tantos –como mover la cola– de habitar el momento y ser útiles, cooperar.

Cuando no tengo nada que hacer, comienzo a imaginar que los perros son los revolucionarios que nunca seremos: leales en lo íntimo y en lo público, apasionados de los pequeños detalles y capaces de limpiar su propia cola con la lengua rutinariamente, pacientes y… aquí quiero confesar algo: no ladro porque me da pena que los vecinos me vean y piensen que soy un estridente más, de esos que alteran las mañanas laborales por la irresponsabilidad de sus dueños. Pero cada mañana que espero furtivamente el desfile de prudencia y sentido común frente a mi ventana, no puedo evitar sentir un poco de envidia. Entonces pienso en Ignacio, mejor dicho, en el padre del Ignacio de Juan Rulfo rumbo a Tonaya:

“Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.

            –¿Y tú no los oías, Ignacio? –dijo–. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.”

Me gustaría ladrar de vez en cuando y sentir que puedo anticipar algo con mis sentidos.

Daniel Alvarez Gorozpe

Daniel Alvarez Gorozpe: artista escénico, director de TrafficOnStage, donde con proyectos como Cuerpo Inquieto y Tree Issues, apuesta por la investigación artística y sus relaciones con lo cotidiano. Escribe lo que puede sobre artes escénicas, educación, comunicación digital e imprudencias. En mayo de 2016 se publicó Moist, su primer libro de poemas. Zurdo.

Comentarios