Vlad Draculea, el hombre tras la leyenda del vampiro.


Hay algo que guardan las viejas historias de Europa oriental que nos hacen soñar con bosques negros y nebulosos que rodean castillos fortificados en los picos de colinas inexpugnables. Especialmente cuando hablamos de Vlad Tepes, lo primero que nos viene a la mente es, en muchos casos, la imagen de un ser maligno y sediento de sangre, que disfrutaba de empalar y torturar a su pueblo sin ninguna consideración, y que por ello inspiró al famoso personaje creado por Bram Stoker: “Dracula”. Sin embargo, nos encontramos ante una imagen que dista mucho de la realidad.

Podemos afirmar que Vlad III fue un hombre de su tiempo. Si bien se ha construido toda una leyenda sangrienta alrededor de su nombre, al observar su historia de forma comparativa con otros reyes y señores de su época, es imposible afirmar que este rey de Valaquia haya cometido crímenes desconocidos o ajenos a cualquier otro gobernante del mundo Occidental u Oriental. Quizá sus medidas en torno a la procuración de la justicia y a la defensa en contra de los turcos fueron extremadamente vistosas, pero sería ingenuo afirmar que eran prácticas inventadas por Vlad o que nadie más en su época las puso en práctica.

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Origen de los nombres de Vlad

Vlad Tepes provenía de una noble familia que había gobernado Valaquia (hoy parte de Rumania) desde principios del siglo XV gracias a la habilidad política de su abuelo Mircea el Viejo (1387-1415). Aunque la provincia finalmente caería bajo la influencia Otomana, ello no impidió que el hijo menor de Mircea, Vlad II (padre) se hiciera del trono de Valaquia (en 1437-1342 y 1444-1447), y que en 1431 se ordenara como caballero de la Orden del Dragón, creada por el rey Segismundo de Hungría, para proteger a la familia real y contener a los enemigos de la fe cristiana (Vorsino, 2008, p.9).

De ahí se sugiere que el nombre “Drácula” (con que era conocido en su tiempo) se traduciría como “hijo del Dragó” o “hijo del diablo”, pues en latín la “Drac” significa Dragón o diablo (Rezachevici, 1999, p.1); lo mismo que la palabra valaca “Dracul”, con que se conocía a todas las personas que sobresalían por su valor, destreza en la guerra o crueldad (Le Goff, 2013, p.363). Por otro lado, el sobrenombre de “Tepes”, en cambio, sería un mote con que lo conocían sus enemigos turcos, que en rumano significaba “empalador” y proviene de su afición por empalar a sus enemigos.

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Un hombre de su tiempo

La historia de Vlad Tepes refleja claramente el mundo que acontecía a mediados del siglo XV. En este contexto de luchas entre familiares por gobernar, el uso de la violencia era un elemento al que se recurría para legitimar el ejercicio del poder de una estirpe. Especialmente en estas regiones fronterizas del este de Europa, en las que la expansión del Islam chocaba con la defensa del cristianismo, tanto contra los turcos otomanos, como en contra de los herejes, especialmente los husitas, la violencia era la principal moneda de cambio para hacer valer el derecho de ciertos individuos a gobernar.

Así pues, durante la invasión del sultán turco Murat a Valaquia, Vlad II se vio obligado a someterse a los otomanos y ofrecer ayuda militar cuando ellos lo necesitaran; pero cuando se sospechó que éste estaba confabulando en contra del sultán, fue encerrado en una torre en Galípoli, de la cual sólo fue liberado con la condición de enviar a sus dos hijos como rehenes a la corte de Murat. Así pues, el entonces joven Vlad III se trasladó junto con su hermano Radu a ponerse al servicio de  los turcos (Doukas, 1975, p.177).

Como cristiano, Vlad odiaba profundamente a los musulmanes y anhelaba el día en que podría volver a su tierra. Aun así, tuvo tiempo para aprender todo lo que pudo de la corte de Murat, desde el idioma hasta las costumbres y forma de guerrear de los otomanos. Es probable que ahí fuera donde conoció el castigo por empalamiento, pues era una práctica generalizada entre los pueblos turcos.

Murat, y después su hijo Mehmed II, guardaban la esperanza de tener en Vlad III una marioneta que les ayudara a conquistar Hungría, así que cuando el Vlad II fue muerto por sus enemigos en la corte, los turcos apoyaron a su hijo para hacerse con el reino en 1448. Así comenzó la sangrienta historia de Vlad como gobernante, la cual estuvo envuelta entre las intrigas de sus enemigos en la corte, su afán de poner orden a un estado sumergido en el caos y la injusticia, y los prolongados intentos de los otomanos por recuperar su influencia en Valaquia.

La leyenda sangrienta 

Es difícil que las personas identifiquen de alguna otra forma a un personaje que se ha visto tan unidimensionalmente a lo largo de la historia. El caso de Vlad es uno de los más emblemáticos. A partir de la novela de Bram Stoker se ha construido el mito de un rey Rumano sanguinario y engendrado para hacer el mal sobre su pueblo. Claramente no podemos afirmar que Vlad haya sido un rey enteramente bueno y libre de toda culpa, pero tampoco es que esta actitud sea exclusiva de este rey. Al respecto de la leyenda sangrienta en torno a la figura del monarca, Michael Vorsino sugiere que ésta surgió como propaganda alimentada por los alemanes católicos que habitaban la región, ante los excesos del príncipe ortodoxo (Vorsino, 2008, p.32). Por ello, Vlad el empalador comenzó a hacerse conocido más por su crueldad y forma particular de aplicar la justicia, que por los resultados favorables que pudieron haberse arrojado durante su administración de Valaquia.

En este sentido, un manuscrito ruso de 1490, recientemente traducido por la doctora Jana Howlett, nos presenta una semblanza de su reinado, haciendo especial énfasis en los aspectos sangrientos por todos conocidos. Por ejemplo, la historia originalmente escrita en ruso comienza afirmando que su “forma de vida fue tan maligna como su nombre”, en relación con su mote Dracula, y pone de ejemplo la visita que le hicieron dos embajadores turcos, quienes al no quitarse el sobrero ante Vlad, éste hizo que se los clavaran a la cabeza y así los regresó con su amo, explicándole que en su pueblo es tradición que las personas se quiten el sombrero ante los reyes.

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Por otro lado, más adelante el autor de la historia describe a Vlad III como un rey que “odiaba tanto el mal en su tierra, que cuando alguien hacía el mal, un crimen o latrocinio, o mentira, o era culpable de alguna injusticia, no se le permitía vivir”. Por ejemplo, en una ocasión un extranjero llegó al castillo de Vlad quejándose que alguien le había robado una bolsa con 160 ducados de oro; Vlad entonces decretó que, si no eran devueltas las monedas y el ladrón entregado al anochecer, destruiría todo el pueblo; al día siguiente, el extranjero encontró su bolsa con una moneda extra, a lo que regresó ante el monarca y le explicó la situación. Vlad entonces lo despachó diciendo que “si no hubiera reportado esa moneda extra entonces hubiera terminado empalado junto al ladrón”. La historia continúa con muchos y variados ejemplos de la crueldad de Vlad y su idea de justicia, que más allá de ser simplemente “cruel”, ejemplifica el caos y desorden que se vivía en Valaquia y en la región de Europa oriental. Ya sea que las personas hubiesen robado, que los hombres fueran mujeriegos o que las mujeres engañaran a sus esposos, ello bastaba para que los culpables fueran castigados a morir por empalamiento.

Vlad Drácula, inmortal

A pesar del terrible espectáculo que seguro significó un campo repleto de personas empaladas y agonizantes –como ocurrió durante la visita de un par de monjes y de embajadores húngaros–, la figura de Vlad III, el empalador, es vista por los Rumanos como un héroe nacional del que se sienten orgullosos y, por qué no, al cual logran sacar provecho desde la perspectiva del turismo histórico. Ellos lo consideran un rey que defendió la región de las invasiones otomanas, así como uno de sus padres de la patria y símbolo de independencia rumana.

Se sabe que Vlad murió en una batalla en contra de los turcos en 1476, pero su leyenda ha continuado viva por más de quinientos años. En otras palabras, como el personajes inventado por Bram Stoker, Vlad Tepes logró alcanzar la inmortalidad, aunque en la cultura popular y en la imaginación histórica. Es momento de reconocerlo como el hombre que fue, más allá de la leyenda sangrienta construida a su alrededor. Estamos hablando de un hombre de su tiempo, que hizo lo que tuvo que hacer para pacificar un pueblo sumergido entre el caos y la injusticia, entre el cristianismo y el islam, entre lo real y el deber ser.

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José Francisco Vera Pizaña

José Francisco Vera Pizaña (México, Distrito Federal). Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (FFyL) con la tesis “Nexos en la historiografía: la construcción de la batalla de Crécy en la historiografía inglesa y estadounidense (1885-2013)”. Especialista en historia militar e historia de la Edad Media. Miembro activo del Seminario de Estudios Históricos Sobre la Edad Media (UNAM) y del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval (UAM-I). Consultor historiador de Caronte Lab. Profesor en el Centro Universitario de Integración Humanística (CUIH).

Referencias

  1. Vorsino, Michael, “Dracula: From Historical Voievod to Fictional Vampire Prince”, tesis de maestríapor The University of Texas, Texas, 2008, 94 p.
  2. Rezachevici, Constantin, “From the Order of the Dragon to Dracula”, Journal of Dracula Studies, Noviembre, 1999.
  3. Howlett, Jana, “The Tale of the Real Dracula from a Russian manuscript circa 1490”, The Fifth Corner, 2010. http://thefifthcorner.com/2010/08/03/the-tale-of-the-real-dracula/

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