¿Un dólar por felicidad eterna? Lecciones sobre el dinero en Los Simpson


Hoy día existe un entendimiento común acerca de la grandeza de Los Simpson, la serie animada con nicho noventero, llena de filosofía, crítica, sátira, reflexión, cultura, humor ácido, política… Y la lista sigue y sigue. Sin embargo, cuando yo era un infante, justamente en los noventas, ¡no me permitían verlo! Tal vez no les sorprenda leer esto, posiblemente a ustedes tampoco los dejaban verlo; pero, aun así, a hurtadillas, cuando no había quien los reprendiera, lo veían… justo como yo.

¿Por qué no nos permitían ver una simple caricatura de monos amarillos? Pues porque de simple no tenía nada, era una animación que presentaba temas conflictivos y escabrosos como la infidelidad, la corrupción, las adicciones, la degradación, los prejuicios, los problemas económicos; en fin, una serie de asuntos que no deberían incumbir a ningún niño. No obstante, a pesar de la fuerte crítica que hacían a la sociedad y sus valores en cada episodio, creo firmemente que también defendían ciertas cosas y daban unas lecciones valiosísimas, algo que difícilmente se podría encontrar en las nuevas temporadas. Y no hablo precisamente de enseñanzas profundas y filosóficas ‒como de la que hablamos hace poco en Lisa la Nietzscheana‒, sino de asuntos muy sencillos del día a día, pero de una importancia crucial, como el valor del dinero frente a asuntos en verdad preciados. Dentro de su crítica social aun había lugar para la familia, la dignidad y los principios éticos; porque: claro que sí dinero, tu sabes que el dinero no es todo en el dinero.

No sé si aún te amo / Bart es atropellado.

Apenas corría la segunda temporada y ya nos estaban bombardeando con tramas tan éticamente complejas como esta. Ustedes, como verdaderos fans que son, recordaran este episodio en el que el Sr Burns atropella a Bart, quien de hecho murió por unos minutos hasta encontrarse con el Diablo. Afortunadamente las lesiones de Bart son menores, y Burns, por consejo de sus abogados, decide dar una pequeña compensación económica a Homero; pero esta es tan pequeña, que ni siquiera alcanza a cubrir los gastos médicos. Esto, por supuesto, los lleva a la corte, y Homero ya no quiere sólo lo de los gastos médicos, sino que, junto a Lionel Hutz, está en busca de un acuerdo de mucho dinero.

El señor Hutz no es más que un pica-pleitos, un oportunista tratando de obtener una gran fortuna a partir de la extorsión, trayendo al doctor Nick Riviera para que envuelva a Bart en vendajes y yesos, y haciendo que un pequeño cometa perjurio. Homero no duda en seguirle el juego, pues, como buen padre clasemediero, está desesperado por encontrar la forma de resolver sus problemas económicos y retirarse de un empleo horrible.

Yo quisiera retirarme.

Yo quisiera retirarme.

Como era usual en ésta primera era de Los Simpson, la voz de la razón recae en Marge, quien todo el tiempo está en desacuerdo con Homero y Hutz al encontrar sus actos profundamente deshonestos y avariciosos. En medio de una negociación privada con Burns, Marge revela el plan millonario, para después, con una sincera y desinteresada ingenuidad, arruinar en la corte la oportunidad de obtener ese millón de dólares por parte de Monty Burns. Homero queda devastado, en su mente sólo hay odio e insultos para la mujer con la que se casó, no tolera más su presencia y se va a la taberna con su leal grupo de borrachines. La intuición femenina de Marge le dice que algo no está bien y decide ir a buscar a Homero para confrontarlo; éste, de una forma despiadada, por haberle costado un millón de dólares, le dice que ya no sabe si la ama. Sin embargo, ante la petición de Marge de que aclare sus ideas y decida de una vez por todas si todavía la ama o no, Homero recapacita y entiende que ningún millón de dólares puede valer más que la mujer que lo ha amado incondicionalmente por encima de todo. El amor le gana al dinero.

Usted es malvado y cuando quiere ser bueno es más malvado todavía / El viejo y la Lisa

Dando un salto hasta la octava temporada, tenemos este episodio acerca del peso de los principios en que decidimos creer. Si bien recuerdan, este episodio es cuando, mediante una serie de pésimas inversiones, el señor Burns pierde toda su fortuna, la planta nuclear, e incluso tiene que vender su mansión a Bret “The Hitman” Hart.

¿Y yo para qué quiero el retrato de un anciano ridículo?

¿Y yo para qué quiero el retrato de un anciano ridículo?

Un arruinado, inútil y casi senil Monty, se ve obligado a vivir con su leal Smithers; y tras verse humillado y superado por las labores más básicas del hombre común, decide recuperar su fortuna con la ayuda de la única persona que, a diferencia de sus torpes asistentes, tuvo el valor de hablarle directamente con las cosas como son, una irritante chiquilla llamada Lisa Simpson. A pesar de que ésta en un principio se niega a asistir al hombre más perverso de la ciudad, termina mostrándole el mundo del reciclaje como un medio de vida y como una obligación moral de parte nuestra para con el planeta.

El Sr Burns no pierde la esperanza y recicla incansablemente, otorgándole siempre el 10% de las ganancias a su pequeña socia comercial. El nuevo estilo de vida de Burns los ha involucrado en una tierna amistad que, desafortunadamente, termina cuando Lisa entra a la planta recicladora “Pequeña Lisa”, y descubre que la planta captura toda la vida marina ‒mediante una red construida con la unión de millones de aros de plástico‒ y la convierte en una pasta; Lisa se da cuenta con horror que Burns sigue siendo el mismo hombre malvado y avaricioso, interesado únicamente en sí mismo y en recuperar su dinero, cueste lo que cueste.

Monty finalmente recupera su fortuna vendiendo la planta recicladora en 120 millones de dólares, adquiriendo nuevamente la planta nuclear y su mansión; y, como buen hombre de negocios, va personalmente a entregarle a Lisa su 10% correspondiente de las ganancias. Esta no sabe si aceptar el dinero ahora que sabe el horripilante modo en que fue obtenido, e incluso voltea a ver a su madre en busca de consejo. Aquí vemos una Marge no tan desinteresada que parece desear que Lisa acepte el dinero, pero que al final le dice que haga lo que su consciencia le diga. Lisa, con una rectitud moral impecable, rechaza ese dinero mal habido, causándole cuatro infartos simultáneos a Homero. Los principios éticos le ganan al dinero.
Maggie, sé que quieres el oso, pero no preferirías jugar con… ¡esta cajita! / El oso de Burns

cajita 

Ahora retrocedamos un poco, hasta la quinta temporada, una de las más hilarantes. En el episodio El oso de Burns, vemos a Monty pasar por una crisis de la edad al acercarse su cumpleaños. A pesar de los invaluables bienes que posee ‒la única foto de Mark Twain desnudo y el borrador de la Constitución con la palabra “imbéciles”‒, de recibir innumerables regalos, de que la gente de Australia escribiera su nombre con velas, y de que los Ramones tocaran en su fiesta, lo único que Burns quiere es su osito: Bobo, el símbolo de su inocencia perdida.

Se trata del osito que dejó olvidado cuando decidió abandonar a sus amorosos padres naturales por un corrupto multimillonario; el oso termina en un recorrido histórico de locura, pasando por las manos de Charles Lindbergh y de Hitler, para terminar varios años después en una bolsa de hielo que compra Bart, quien se lo da a Maggie.

Burns, desesperado por su oso, comienza una búsqueda que supone una cuantiosa recompensa. Homero descubre que el oso está en su casa y comienza a pensar lo que va a exigir a Burns a cambio ‒como un estudio de grabación completo, por ejemplo‒, mientras que Bart sugiere mandarle un ojo cual secuestradores para exigir aún más, y Marge simplemente dice: Pediremos el doble. En esta ocasión la voz ética corresponde a Lisa, quien sugiere olvidar toda esa codicia y simplemente entregar el oso que Burns tanto quiere.

Así pues, Homero pide a Burns tres islas hawaianas ‒buenas, no de leprosos‒, a lo que el millonario acepta; pero, ¡oh, sorpresa! Ahora es imposible entregar el oso a su anticuario dueño, pues Maggie se ha encariñado con él. Homero no tiene el corazón para arrebatarlo de sus inocentes manos, y a pesar de las amenazas y de todas las acciones que Burns lleva a cabo para orillar a Simpson a que entregue el oso, éste simplemente no puede romperle el corazón a la más pequeña de su familia. Y aunque posteriormente Burns termina obteniendo a Bobo de las manos de la mismísima persona que una temporada después le metiera un tiro en el pecho, la acción de Homero no deja de ser extraordinariamente enternecedora y correcta. La familia y el amor paternal le ganan al dinero.

Aunque todos conocemos cuál ha sido el mayor sacrificio que ha hecho Homero por Maggie…

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Quisiera señalar lo obvio, el hecho de que, como buena familia clase media/promedio, éstas no han sido las únicas ocasiones en que la trama gira en torno a la búsqueda desesperada por dinero, y que tampoco han sido las únicas en que lo rechazan en favor de algo mucho más valioso. Recordemos, por ejemplo, en Homero contra la dignidad, cuando Homero se humilla en varias y repetidas formas con tal de hacer reír a Burns, pero que al final opta por conservar el invaluable don de la dignidad, rechazando un millón de dólares para no atacar a un montón de niños y ciudadanos que esperaban a Santa Claus. O qué tal cuando Bart es seleccionado por Burns para ser el heredero de su vasta, vasta, vastísima fortuna, pero al final éste la rechaza prefiriendo a su padre y su familia natural por encima de las riquezas y obsequios de Burns. También está cuando Homero decide darle a su medio hermano Heberto los $2,000 dólares que ganó ‒en el primer premio anual Montgomery Burns por logros destacados en el campo de la excelencia‒, con tal de que éste pueda recuperarse después de que el mismo Homero lo llevara a la banca rota. O cuando Homero sacrifica su aire acondicionado por algo que estimule la inteligencia de Lisa y le compra su saxofón…

En fin, son sólo algunas de las múltiples ocasiones en que Los Simpson mostraban que aun existen cosas valiosas por las cuales inclinarse en esta época de comida rápida, contestadoras y relaciones de una sola noche. Es sólo uno de los muchos aspectos que la hacían una serie tan importante, y la ausencia de esto en los nuevos episodios hace obligatorio exigir que termine. Justo como dijera Troy McClure en el Episodio Espectacular 138, la serie continuará mientras siga siendo redituable, e irónicamente al sentido del presente texto, los actuales escritores de la serie no han sabido decir NO al dinero con tal de dar un final digno a esta serie, tan importante para nosotros.

¿Acaso su dinero los abraza cuando llegan a casa? ¿Y alguna vez les dice “te quiero”?

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Ricardo Israel Sánchez Becerra

Ricardo Israel Sánchez Becerra, nacido en la ciudad de México hace 25 años. Estudiante de Filosofía en la UNAM. Actualmente elabora una tesis acerca de la crisis de la educación desde el sistema filosófico de Hannah Arendt. Interesado principalmente en Filosofía de la educación, Taoísmo, Estoicismo, Nietzsche, y en la divulgación de la Filosofía mediante la cultura popular.

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