La fotografía antropológica de Carl Lumholtz.


Actualmente, la fotografía goza de una amplia gama de variaciones que van desde su expresión artística hasta ese icónico retrato que salvaguarda los mejores momentos de nuestro acontecer cotidiano. En sus marcos podemos encontrar imágenes que conservan intacto aquello que es necesario revivir una y otra vez. Ello también guarda relación con el mundo de la ciencia, pues disciplinas como la Antropología han hecho de ésta una herramienta de gran valor en su desarrollo.

El caso que acontece en esta ocasión rememora el trabajo realizado por Carl Lumholtz (1851-1922), antropólogo de origen noruego que a finales del siglo XIX viajó a nuestro país para observar y estudiar algunas de las etnias indígenas que habitaban el territorio. Durante los años que van de 1890 a 1898, Lumholtz realizó una serie de viajes a la Sierra Madre Occidental apoyado por el Museo Americano de Historia Natural y la Sociedad Geográfica Americana (aunado al consentimiento del gobierno porfiriano), con el fin de realizar estudios sobre los rarámuris, tepehuanos, coras y wixaricas de la región. Tiempo después, regresó en un par de expediciones entre 1909 y 1910, además de emprender investigaciones sobre los nahuas de Jalisco y del Estado de México.

Fruto de aquellos viajes fueron una serie de publicaciones dentro de las cuales vale resaltar su México Desconocido, obra monumental publicada en inglés en 1902 (y dos años después traducida al español) que da santo y seña de lo que el autor piensa son las principales particularidades culturales de los habitantes “nativos” de aquella región. Como hombre de su tiempo, la antropología de Lumholtz gozó de una integración multidisciplinaria que apuntaba a un conocimiento de diversas ciencias como la botánica, la geografía, la zoología, y claro, la etnografía, mismas que se vieron impresas en sus anotaciones.

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De igual forma, el evolucionismo científico, influenciado por un ya establecido darwinismo social y un pensamiento objetivista, marcó la pauta para reseñar lo vivido dentro de sus expediciones. A su entender, el indígena mexicano, aunque provisto de ciertas características que lo dotaban de fortaleza para sobrevivir en aquel espacio geográfico, además de ciertos dotes estéticos, estaba destinado a la desaparición por causa del inminente progreso humano que obligaba a toda persona a seguir el rumbo que occidente planteaba bajo su concepción de “civilización”.

Aunado a ello, la fotografía fue uno de los recursos más empleados y destacados dentro de la labor del noruego; al momento, dicho elemento era utilizado como una herramienta que, se pensaba, permitía retratar objetivamente lo necesario. Según Lumholtz, la fotografía era un reflejo exacto de la realidad y por ello bastaba con capturar su objeto de estudio para poder mostrar al público, de manera tácita, la vida de aquellos seres tan lejanos y exóticos.

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De tal forma que la fotografía fue empleada por el noruego como un instrumento que, a su manera de ver, salvaguardaba para la posteridad aquellos sujetos que estaban condenados a desaparecer (Dorotinsky, 2003:138), funcionando como un registro que sentenciaba la coexistencia temporal que llegó a existir entre los “bárbaros” y los “civilizados”.

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Esta fotografía respondía a un carácter documental que buscaba presentar una “taxonomía visual” (Dorotinsky, 2003:101), a fin de comprender y señalar las principales características que Lumholtz encontraba en los pobladores de la Sierra Madre Occidental. Dentro de ella, es inherente la concepción racialista que por entonces permeaba en el ámbito científico, mostrando individuos biológicamente provistos para la supervivencia dentro de aquella región que, pese a ello, presentaban la carencia de elementos propios de la cultura occidental (como la ropa, por ejemplo), invitando a la comprensión de una sociedad poco desarrollada de acuerdo a los planteamientos del paradigma imperante en el antropólogo.

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Pese a ello, para él, los llamados indígenas mexicanos no eran sujetos desprovistos de cualquier sesgo civilizado, pues a pesar de sus aparentes “rezagos”, eran poseedores de actitudes y aptitudes que en ocasiones nuestro viajero no dudo en calificar como desarrolladas; tal es el caso de sus referencias –fotográficas y escritas– en torno a su sentido estético en la elaboración de telas y prendas.

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Por otro lado, sobre la existencia de diversas fotografías que retrataban los paisajes envolventes de aquella región y de sus habitantes, eran, siguiendo la visión del noruego, una muestra fehaciente de la singularidad de sus pobladores, pues en gran medida se pensaba que señalaban la adaptación de estos a un medio geográfico poco intervenido y  mayoritariamente natural; de forma tal que revelaban, siguiendo su percepción, un dominio poco avanzado sobre su entorno, obstaculizando, y a su vez justificando, su evolución dentro de un panorama civilizatorio. De ello derivaba también la estrecha relación que Lumholtz entendía entre la geografía y la vida sociocultural de sus habitantes, pues ésta propiciaba el surgimiento de una valoración por ciertos símbolos como el venado o el peyote, entre otros.

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Evidentemente son numerosos los aspectos que caracterizan la labor fotográfica de Carl Lumholtz, más aún si es entendida dentro de un contexto donde diversos antropólogos –como Léon Diguet y Frederick Starr– viajaron a territorio mexicano para retratar, bajo los marcos de esta disciplina, su concepción del “otro”, y con ello hacer patente la idea de una “superioridad” cultural occidental, en particular, europea.

Claro está que está que esta sencilla semblanza no aborda en su totalidad las diferentes aristas que presentan las fotografías de nuestro antropólogo. Pese a ello, espero se pueda vislumbrar una ligera idea de uno de los tantos pensamientos de aquella época, así como de una de las tantas utilidades que posee, y ha poseído, la fotografía.

 

Gerardo Emmanuel García Rojas

Egresado de la Licenciatura en Historia de la FES Acatlán.

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