Estado de México


Varios pasajeros iban medio dormidos por el calor de abril. Las ventanas diminutas y sucias de la combi no se podían abrir y la temperatura subía en ese pequeño espacio lleno de incomodidades y hedores. A tal grado era aquel y funesto calor, que Erika no dejaba de sentir el sudor que le escurría por la frente, el cuello y la espalda. La cosa era que no había otra forma de llegar a San Cristóbal aquel jueves. La autopista de Indios Verdes estaba cerrada porque un aguacero aflojó un gran pedazo de tierra hasta que ésta se hundió y formó un boquete enorme en la autopista, así que Erika tuvo que optar por otra ruta. Abordó el Metro en Potrero para después trasbordar en dos ocasiones hasta llegar a la última estación de la línea B, en la parada de Ciudad Azteca. De ahí salió para tomar una combi que decía en letras verdes y rosas fluorescentes: “San Cristóbal, 30-30, Palacio Municipal”.

Erika estaba nerviosa y le apremiaba volver a ver a Armando, lo extrañaba tanto.

Sólo el chofer y una joven bonita, que dejó subir con buena maña en el asiento del copiloto, recibían algo de aire en aquella miserable combi. Sus ventanillas eran las únicas que se podía bajar por completo; sin embargo, el chofer la traía a media asta por no sé qué razones de su mente retorcida. Como sea, el poco aire que entraba a la combi estaba tan seco que molestaba respirarlo, sentirlo fluir por la cara hastiaba a Erika.

Además del calor, la obesidad de dos señoras que iban apretando a Erika, sin timidez o inquietud por ella, fue otro plus de aquel día. Qué fastidio para Erika, que estaba acostumbrada a viajar en su coche, tener que soportar el horrendo Estado de México con su horrendo y destartalado transporte oxidado y viejo.

No se podía ni mover a causa de las señoras sentadas a su lado. La tenían aprisionada entre sus obesidades.

Cuando quiso sacar de su bolsillo el dinero para ir separando el cambio con el que iba a pagar, no lo consiguió. Le estorbaban tanto las caderas llenas de grasa que se desparramaban del pantalón de las tremendas gordas, que intentar moverse con fluidez era impensable. Enfadada Erika por aquella funesta situación, sólo deseaba platicar largo tiempo con Armando. Así que tuvo que esperar a que una de ellas bajara para poder acomodarse de forma más o menos decente en los incómodos asientos de terciopelo lustroso y negro, donde estaba semi jorobada por la diminuta altura del transporte en que tenía que ir aplastada. Tres días antes su coche se había descompuesto y por lo tanto no tenía otra opción que esa ruta y ese automóvil.

En el camino Erika fue escuchando un poco de música electrónica que sus audífonos le hacían llegar desde su celular, con eso se logró distraer un poco de donde estaba. Pero las avenidas con baches, sin direcciones y hasta con topes le recordaban a cada rato por dónde estaba circulando. Agregándole, además, que el olor a gasolina quemada de la combi la iba asfixiando en todo momento y aunque iba tarde, Erika creyó que llegaría a tiempo a su cita. Supuso que el tránsito en el que se detuvo la combi sólo correspondía a un pequeño tramo de la avenida.

Erika tuvo suerte y así fue.

La combi sorteó el nudo de coches que se hizo en una glorieta a la altura del Bulevar de las Alondras de forma hasta impresionante. Eso le dio ánimo a Erika para creer que llegaría justo a tiempo a su cita. Pero a un kilómetro de donde la estaba esperando Armando, el ritmo del transporte disminuyó de nuevo. Impaciente Erika por la hora que ya era, inclinó su espalda un poco hacia adelante para mirar por la ventanilla de la combi, como si al ver la fila de autos en la carretera le diera la respuesta de por qué se detenían. Las bocinas de los coches comenzaron a sonar y la mente brillante del chofer decidió improvisar camino nuevamente y meterse entre varias calles para avanzar “más rápido”.

―¿Por qué se detiene la combi? ¿Hay marcha o algo? ―preguntó un señor.

El chofer escuchó la pregunta y respondió que no, pero que habían cerrado varias calles.

―¿Y por qué? ―preguntó Erika, un poco acuciosa.

―Porque es domingo de bicicletas ―respondió una señora.

Todos los pasajeros pusieron una mueca de resignación, desagrado y comprensión obligada. Una aceptación fastidiosa los acomodó en su asiento para no hablar más.

<<No puede ser>>, pensó Erika. <<Pinche Estado de México. Siempre con sus versiones feas de lo que hacen en el Distrito. Ahora a ver por dónde nos lleva este pendejo>>. El chofer comenzó a maniobrar por calles estrechas, cuarteadas, grises y llenas de topes. Parecía hormiguero aquel asunto. Estorbándose con los demás autos que también buscaban camino sin encontrar dirección, invadiendo carriles opuestos para que al final dieran a una calle cerrada por dos enormes macetas de concreto. Así, despacio y librando a otros conductores que también estaban buscando el camino “más corto”, se tardó más el chofer en llegar a su destino.

Con media hora de retraso, Erika se apresuró a bajar y se dirigió casi corriendo afuera del Oxxo donde la estaba esperando su antiguo novio. En lo que caminó al lugar donde la esperaba Armando, se demoró otros quince minutos. Ya afuera del Oxxo se quedó parada observando a su alrededor, buscando al chico que anhelaba con una mirada ansiosa. No lo encontró. Aguardó unos minutos con la esperanza de que llegara, creyendo Erika verlo en varias ocasiones, confundiéndolo hasta con gente que no se le parecía. Después de media hora de espera se resignó a volver a casa. Una o dos lagrimas salieron de sus ojos por no haber llegado a tiempo. De nada le sirvió haberse peinado tanto, maquillado y arreglado. Armando no la vería más.

Aunado a la tristeza de no ver a su ex novio, tenía que subirse de nuevo a una combi para regresar a su casa.

Dio dos pasos para irse a tomar el transporte, cuando escuchó la voz de Armando diciendo su nombre. Giró para ver salir a su ex novio del Oxxo sosteniendo una paleta de hielo que se acababa de comprar.

Armando la estuvo observando desde adentro del Oxxo todo el tiempo que Erika lo buscó con la mirada.

―No te compré nada porque pensé que no llegabas.

―Pero ya llegué.

Armando le dio un beso a Erika en la mejilla, esta sonrió y le dio un abrazo fuerte y amigable mientras buscaba seducirlo un poco acercando con delicadeza sus senos al pecho de Armando.

―Acompáñame al hospital a ver a mi hermana, tengo que llevarle sus lentes que se le olvidaron en la casa. Me marcó para pedírmelos.

―¿En qué hospital trabaja?

―Está cerca de Plaza Aragón. Ahorita ves.

―No quiero, vengo de allá.

Erika hizo un gesto de fastidio al pensar en el regreso.

―¿No llegaste por Indios Verdes?

―Cerraron la autopista. Me tuve que venir en combi por Ciudad Azteca.

―Ni cómo remediarlo, tenemos que ir para allá.

Erika hizo una mueca de fastidio que Armando no atendió.

―¿Me acompañas o no?

―Ya qué.

―Si no quieres quédate aquí, a mí me da igual, tú fuiste la que me pidió la cita.

Erika ofendida y sumisa se resignó a lo que le pedía Armando.

―Vamos, sirve que por fin conozco a tu hermana.

Armando y Erika se dirigieron a tomar la combi en la Avenida Morelos. Le hicieron la parada cuando la vieron acercarse, la abordaron y al ir subiendo se fijaron que los únicos dos asientos vacíos estaban uno enfrente del otro. No tenían más remedio que sentarse separados y apretados entre las demás personas.

―¿Ya te conté el primer día de trabajo de mi hermana en el hospital?

Erika negó con la cabeza. Su cara de fastidio por la gente y el calor no le interesó a Armando.

―Le tocó el turno de la tarde, entraba a las dos y salía a las once. Como fue su primer día ya sabes, la pusieron a pesar a las personas, a tomarles su estatura y preguntarles su edad. Se le fue el día haciendo eso. Nada muy importante. Lo interesante pasó en la noche. Al final de su turno el doctor con quien le tocó trabajar la llevó a conocer el hospital, los consultorios, los laboratorios donde se hacen las ecografías etc.

―¿Qué es eso? ¿Eco… que?

―Eco-gra-fí-as… Es donde hacen los ultrasonidos. Para las imágenes de los bebes.

―Mmmm.

―Bueno, de ahí fueron al auditorio y al final la llevó por un pasillo a media luz y de noche en la parte más apartada del hospital cuando ya no había casi nadie trabajando. Mi hermana estaba bien nerviosa, ¿a dónde crees que la llevó?

―¿A dónde?

―¡A la morgue!

Erika miró fijamente los ojos de Armando, las personas que iban con ellos en la combi voltearon a verlos de reojo. Iban atentos al relato de Armando.

―Me dijo que son dos puertas enormes de acero inoxidable, pesadas y herméticas. Que al entrar con el Doctor estaba todo oscuro, así que no se esperaba lo que vio cuando el doctor prendió la luz. Era un cuerpo sobre una mesa todo hinchado y pálido, el cuerpo de un hombre que murió ahogado. Olía horrible, me dijo.

―¿Cómo que murió ahogado?

―Lo asesinaron. Lo encontraron flotando en no sé dónde.

―¿Por qué la llevó a ver eso?

―Me dijo Tania que la razón que le dio el doctor fue que si iba a trabajar en el hospital tenía que prepararse para lo que fuera desde el primer día. Que en un hospital llega gente con fiebre y gripe.

―Gripa.

―Gripe, Gripa, no sé. Hasta personas balaceadas y atropelladas. Que si un día la trasladaban a urgencias, tendría que ir y que lo mejor es que fuera preparada.

―Pero en la escuela de enfermería ya la habían llevado a la morgue, ¿no? Me supongo.

―Sí, pero no es lo mismo que te digan <<tal día vamos a ver un cuerpo en descomposición con tales características>>, a que te lleven de sorpresa y sin saber qué vas a ver.

Erika asintió al comentario de Armando con una expresión de callado espanto. Aún le molestaba el calor, lo incómodo del transporte la crispaba.

―¿Y qué hizo tu hermana?

―Pues nada. Dice que se quedaron ahí un rato. Que el doctor le explicó no sé qué cosas sobre el cadáver.

―Debe tener mucho corazón tu hermana para ser enfermera. Pero mucho corazón.

―Sí, y la mente y la sangre bien fría. Porque un error y les quitan la cédula profesional. Yo una vez fui a urgencias porque se me rompió el brazo, vi a un niño atropellado, lo llevaban en una camilla y nada más de verlo pasar me desmayé, ¿tú crees?

Erika comenzó a reír. La demás gente que lo iba escuchando también rieron, pero de forma discreta.

―Ay corazón, sí te creo, eres bien miedoso.

―La verdad es que esa profesión es para valientes. ¿Qué te estaba contando?

―Lo de la inspección. Pero dame paleta.

―Ya me la terminé. Si viste que me la estaba comiendo, ¿por qué no me pediste?

―Bajando me compras una, eh, pero sígueme contando.

Los pasajeros continuaron escuchando a Armando. Erika comenzaba a sudar como todos los ahí presentes, pero era la única que se notaba no estaba acostumbrada a eso.

―Ah sí. Luego ya se fueron. Así fue su primer día, ¿cómo ves?

―Difícil.

―Y deja que te cuente el segundo; rezos a los muertos.

―¿En serio?

―Lo que sucede es que a los muertos, ya sabes, tienen que hacerles una autopsia cuando lo pide el familiar directo. Pues, para poder hacérselas bien, tienen que pedirles permiso primero. Cada vez que les van a hacer un corte con el bisturí les piden disculpas o les rezan algo. Dice mi hermana que si no lo hacen, el cuerpo se pone duro, como si se enojara, ¿crees eso?

―Me imagino que sí. Lo que pasa es que ya somos demasiado secos, dejamos de creer en la gente que lo vive por tonta desconfianza.

―O por temor.

Armando se dio cuenta que ya habían pasado Ciudad Azteca y que estaban llegando a Plaza Aragón cerca del hospital, tomó de su bolsillo derecho un billete de cincuenta pesos y le pagó al chofer los dos pasajes. Le dijo dónde bajaban y el conductor los dejó enfrente del hospital. Al ir saliendo de la combi los pasajeros iban siguiendo con la mirada a Erika y Armando.

―Se supone que nos tiene que estar esperando mi hermana en el segundo piso junto al elevador, le dije que llegábamos más o menos a esta hora. Ven, vamos a entrar.

Armando y Erika ingresaron al hospital, cruzaron la sala de recepción con sus sillas azules alineadas y atornilladas al suelo, mientras se miraban de reojo con gusto de volver a verse. Respiraron el aroma a medicina del hospital y ambos recordaron al mismo tiempo, pero sin decirse nada, unas aspirinas que se tomaron hace más de tres años después de una fiesta. Caminaron hasta el elevador que se encontraba en la parte de en medio del edificio y esperaron a que se abrieran las puertas. Entraron. Llegaron al segundo piso. Así como iban saliendo del elevador vieron recargada a Tania sobre uno de los muros con su uniforme pulcro y planchado. Armando al ver a su hermana fue a darle un abrazo para después presentarle a Erika. Luego le entregó los lentes que llevaba en el bolsillo de su camisa.

―Me dice tu hermano que llevas trabajando aquí cinco años.

―¿Cuándo dije eso?

―No, apenas tres pero parecen como veinte.

Los tres rieron por la respuesta de Tania. Erika aunque no se quejó de nada con Armando, la verdad es que ya estaba harta del calor y de tener que acompañarlo. Lo que ella quería era estar con él en alguna plaza comercial tomándose un café o caminando sin rumbo, pero sujetados de la mano.

―Por el horario y la gente, ¿verdad?―, dijo Erika.

―Por las historias. Diario ocurre algo. Algún chisme; que no fallan, o alguna leyenda, alguna realidad asombrosa como lo que le acaba de pasar a una chica del piso de arriba. Déjenme les cuento. Lo que pasó fue que Ariadna, mi amiga, llegó tarde a su horario de trabajo, así que las demás enfermeras le dijeron que le tocaba bañar a la gente en camilla, a las personas que están en coma. Pero lo que sucede con la gente en coma es que es muy sensible, casi no puedes moverlos porque pueden llegar a fallecer. Por eso se les dan baños de esponja. Al parecer, cuando los mueven para llevarlos a la tina, cuando los cargan o los acomodan en la tina, por el movimiento fallecen. Pero tampoco los puedes dejar en la misma posición siempre porque se les hacen llagas. Son muy sensibles, hay que tener mucho cuidado con ellos. Entonces esta chica fue a bañarlos, y como ya lo había hecho antes, no se preocupó demasiado y, en un turno de ocho horas, bañó a las cuatro personas que estaban en esa sala; se terminó su turno y se fue a su casa. Al otro día volvió a llegar tarde y de nuevo le tocó bañarlos, pero cuando fue a verlos se dio cuenta que los cuatro que había bañado, los cuatro habían fallecido. Ariadna se deshizo al darse cuenta de eso. El hospital dio informes a los familiares de los cuatro internos, pero desde luego no les dijo nada de que fue culpa de la enfermera. Aunque en realidad no fue su culpa, esas cosas pasan, sólo que la gente no lo sabe. Sólo se les dice que su familiar ya no respondió al tratamiento y ya.

―Increíble―, dijo Erika.

El tono de voz con que dijo esa palabra convenció a Tania del interés y la impresión que le causó a Erika la historia. Pero lo cierto es que fue pura hipocresía por parte de la ex novia de Armando, porque ella estaba ansiosa por salir de ahí. Así que cuando Tania comenzó a contar la historia, Erika sólo pensó en el tiempo que estaba perdiendo.

―En ocasiones el trabajo es muy gratificante, la gente llega a quererte mucho, pero otras te va de los demonios.

Armando asintió con la cabeza las palabras de su hermana.

―Armando, ¿te puedo pedir otro favor? Mi mamá me pidió que le mandara estas medicinas contigo para sus triglicéridos. ¿Se las puede llevar ahorita?

―Claro, yo se las llevo.

Erika al escuchar esto exhaló una bocanada de aire en obvia señal de fastidio.

―Bueno hermano, me despido, tengo que regresar a trabajar, nos vemos en la noche, me compras algo de cenar, cuídense y que se la pasen bien.

Tania abrazó a su hermano y se fue a trabajar.

―Ven, vamos de regreso―, dijo Armando a Erika en tono risueño.

―Estoy harta del pinche Estado de México. Sabes que mañana me voy a vivir a Querétaro, que te quiero mucho, que por eso vine a verte, pero hoy no me vuelvo a subir a una combi, cuídate mucho Armando. Bye.

Erika intentó darle un beso en los labios a Armando, pero él giró un poco el cuello para que los labios de Erika tocaran su mejilla. Erika se desconcertó, ese beso pudo arreglar las cosas, hacer que ella lo acompañara todo el día a donde dijera, pero él no fue mal intencionado, rechazó el beso por la sencilla razón de que no quería apresurar las cosas. Erika se fue llorando.

 

Rodrigo Velazquez

Diplomado en Creación Literaria (INBA), Certificado en Educación Artística (CENART), Constancia en La Crónica Como Antídoto (CCU), Ingeniería en Electrónica (TESE), Fotógrafo. Profesor de Física y matemáticas en la Escuela Nacional de Artes Gráficas. Publicaciones en las revistas: La pluma del Ganso (México), Ariadna-RC (Madrid España), ERRR (Mexico) Esferas (New York University), Letras TRL (Salamanca España), Narrativas Cronopio (Colombia), Monolito.

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