All in all is all we are


Corría el año de 1992, era una tarde común en casa de la abuela; yo volvía  de la escuela con la intención de encerrarme con mi primo y escuchar las cintas de mi tío. Jugábamos a que éramos músicos y nosotros interpretábamos “Killing an Arab”, él con una escoba por guitarra y yo con cojines formados estratégicamente simulando una batería y un par de palitos de madera que me birlé en el colegio para que hicieran la función de baquetas; entonces eran The Cure junto a Depeche Mode las bandas que nos invadían la sangre. Rondaba apenas los 9 años y para ese entonces sabía que la música formaría parte primordial en mi vida.

Los acordes generados por Smith y compañía, a un volumen capaz de dejarnos sordos, impidieron que notáramos que alguien llegaba a casa; fue hasta el cambio de track en la cinta cuando escuché una guitarra desgarradora llena de fuerza y melancolía que provocó mi salida de la habitación. Al principio iba corriendo, después, conforme escuchaba más de aquella canción, disminuía la velocidad de mis pasos; entonces vi a mi tío sentado en el sofá, en sus manos tenía la caja de un casette, en la portada de éste, un bebé nadando tras un billete de dólar; me senté junto a él y sin decir palabra escuché lo que años después se convertiría en la mayor influencia musical, artística y personal.

-“Se llaman Nirvana ¿Te gustan?”-

No respondí, prácticamente le arrebaté la caja del casette mientras sonaba el tercer track “Come as you are”. No entendía lo que pasaba, una sensación que jamás había sentido me invadía; era emoción y nerviosismo; cosquilleo en el estómago, comparado quizás, con lo que dicen los que saben, que debe sentirse el amor. Para ese entonces no tenía idea de lo que era el Grunge, no sabía que era toda una corriente que marcaría a toda una generación; eso lo sabría después.

Nirvana y Cobain serían entonces los detonantes para que a mi corta edad, y con los poquísimos recursos a mi alcance, me sumergiera en la búsqueda de sonidos irreales; me llevaron a conocer el Garage, el Heavy Metal y a adorar el Punk; encontrándome en el camino con más bandas con el sonido Seattle, como era conocido entonces el después llamado Grunge. Stone Temple Pilots (Que en realidad es mi banda favorita de todos los tiempos, aún por encima de Nirvana) y Pearl Jam se unirían después a las bandas que escuchaba a diario mientras mis compañeros de colegio se embobaban con Xuxa y Pablito Ruíz; yo les mentaba la madre con los audífonos de mi Sport Walkman amarillo hasta el tope.

Así continué, buscando bandas con mi tío que iba al mítico Chopo (al que mis padres, por mi edad, no me permitían ir), quien regresaba con algo nuevo cada vez, algo que me gustaba siempre, pero que no lograba hacerme sentir lo mismo que Kurt y sus tres desgarradores acordes. Una tarde-noche, volviendo a casa de las actividades comunes de una familia de clase media, encendí el televisor en MTV (que en ese entonces, sí era un canal musical); recuerdo perfectamente que sonaba la que en ese entonces era la canción más popular en “estilo Grunge” (dicen los que saben): “Black Hole Sun” de Soundgarden. Entonces apareció uno de los presentadores anunciando que el cuerpo de Kurt Cobain había sido encontrado sin vida en su casa de Seattle, en lo que presuntamente era un suicidio. Tenía 27 años, era un 8 de abril de 1994.

Nirvana y su Nevermind me abrieron los oídos, Cobain me abrió los ojos a un mundo musical que me convertiría en la persona que soy: un ser imperfecto, pero que conserva su esencia; una persona convencida de que no debes seguir a las masas, sólo darles el avión; me enseñó también a buscar por mí mismo y no dejar que otros decidan sobre mí. Eso es para mí Nirvana: un gurú, y es el verdadero significado de por qué llevo el nombre de la primera canción de Nevermind tatuada en el pecho.

Gracias Kurt; nos vemos en el infierno.

“Thank you for the tragedy. I need it for my art”

-Kurt D. Cobain.

Adrian Martz

Diseñador Gráfico y fotógrafo de conciertos.

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