Ni actor, ni puta: Estoicismo para dejar de gozar los linchamientos.


El siguiente artículo contiene imágenes fuertes. No es intención del autor ni del equipo de Reflexiones Alternas ofender a nadie. Se recomienda la discreción del lector.

Martes, 20 de octubre, 2015, 02:26:

Una muchedumbre de vecinos enardecidos del municipio de Ajalpan quemó vivos a dos personas frente a la Presidencia municipal después de lincharlos. Los sujetos, supuestos encuestadores, fueron acusados de ser violadores y robachicos. La Policía municipal procedió a detenerlos y llevarlos a los separos, de donde fueron sacados por los habitantes, para ser golpeados brutalmente y luego incinerados, sin que los cuerpos de seguridad pudieran rescatarlos.1

Es lo que dice la publicación del Diario Cambio de Puebla, acerca de los dos encuestadores quemados vivos por haber sido confundidos con secuestradores y violadores. Dos simples trabajadores de campo, empleados de una empresa de investigación de mercado, misma en la que yo alguna vez laboré por alrededor de dos meses. No llegué a conocerlos, pero no por eso fue menos impactante la noticia. No era el primer incidente que le ocurría a un desafortunado empleado de esta empresa, algún tiempo atrás un trabajador había sido “levantado” en Ciudad Juárez. Jamás lo volvieron a ver, quedando siempre la incertidumbre de si se encontraba con vida, o de qué forma lo habrán matado, ¿qué habrá sucedido con él?

Ahora, tiempo después, ya no es sólo el crimen organizado del que hay que cuidarse, sino también de la muchedumbre organizada y lista para “hacer justicia” por propia mano. Esto es algo que no es desconocido para usted querido lector, mucho menos si vive en México, donde el aumento de los grupos de autodefensa, los pasajeros armados que asesinan a quienes intentan asaltarlos en el transporte público, y las muchedumbres enardecidas y fuera de control, engrosan las páginas de los diarios y la audiencia de los noticieros día con día. ¿Cómo puede uno reaccionar ante esto? ¿Qué postura hay que tomar?

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Permítame decirle que, en la medida en que me es posible, yo navego por este caótico mundo con bandera estoica. ¿A qué me refiero? Pese a no ser una persona religiosa, no por eso he dejado de ser una persona espiritual, y en cada ocasión que siento que me pierdo, que las bases por las cuales es adecuado moverse comienzan a dilucidarse ‒que me empiezo a deschavetar, vaya‒, siempre acudo a ciertas filosofías para la vida, a las éticas de la serenidad, principalmente a las máximas de la Stóa poikilé, para recobrar la estabilidad y decidir no matarlos a todos. Y es que el Estoicismo es un verdadero sistema ético para una mejor existencia, para ser feliz, para aceptar las cosas que le sobrevienen a uno sin perturbaciones.

Es conocida por muchos la historia de James B. Stockdale, piloto norteamericano que fue derribado en Vietnam del Norte durante la guerra de Vietnam; Stockdale fue torturado y confinado al aislamiento durante 4 largos años, pero pudo sobrevivir gracias las lecciones de Epícteto que había recibido en la universidad. El estoicismo le brindó la fuerza para mantenerse imperturbable ante el dolor y la soledad que solían quebrantar la voluntad y ganas de vivir de cualquier hombre; sabía que no era desdichado por sufrir tal adversidad, sino afortunado porque no cualquiera la sobrellevaría y llegaría al final sin aflicción alguna. Si esta filosofía pudo ayudar a un hombre en una situación tan precaria, considero que puede ser por demás beneficiosa para los hombres que viven otro tipo de torturas y precariedades: las de la vida sistemática en la urbe.

Así pues, siempre recuerdo las grandes enseñanzas estoicas, como que no son necesarias las vacaciones en la playa, o cualquier otra clase de retiro, porque “en ninguna parte un hombre se retira con mayor tranquilidad y más calma que en su propia alma; sobre todo aquel que posee en su interior tales bienes, que si se inclina hacia ellos, de inmediato consigue una tranquilidad total” (Marco Aurelio, Meditaciones, IV, 3). ¿Cuáles son estos bienes que debe alojar el alma? Los juicios correctos, las máximas que devuelven la tranquilidad y estabilidad, como que hay que contentarse con lo asignado y con que la propia acción sea justa; que no hay que preocuparse por el pasado y el futuro, sino enteramente por el eterno presente en que vivimos; aceptar la impermanencia de las cosas y de las personas como parte del ciclo natural de la vida; examinar siempre las cosas humanas como efímeras y carentes de valor en un escenario cuya inmensidad no alcanzamos a comprender; y, por supuesto, la distinción maestra, esta es que, hay cosas que dependen de nosotros, y cosas que no dependen de nosotros.

Lo único que depende de nosotros, y de lo que debemos hacernos cargo encarecidamente, son nuestras propias acciones, “la integridad, la gravedad, la resistencia al esfuerzo, el desprecio a los placeres, la resignación ante el destino, la necesidad de pocas cosas, la benevolencia, la libertad, la sencillez, la austeridad, la magnanimidad” (Ibíd., V, 5). Lo bueno y lo malo es lo único que depende de uno; la maldad de los otros no depende de mí, pero si depende de mí el no ser malo.

Pero entonces, ‒y con esto retomo el tema de los linchamientos‒ me encuentro en la red con cosas como ésta:

El siguiente video contiene imágenes fuertes y mucha violencia explícita. Se recomienda discreción.

 

A través de la página “Denuncia Ecatepec” se compartió un video de la agresión por parte de vecinos de Héroes 1 a un presunto delincuente quien, junto con otros cómplices, había intentado robar el coche a una vecina de la colonia. Fuente: Código México

“Hay que quemarlo ya, valiendo verga”

“Dale unos pinches toques en el fundillo para que sienta”

“Ahí vienen los federales, ahorita que lleguen ya no le peguen”

“Vamos a amarrarlo al poste”

“Ahí para que lo vean en la autopista”

¡¿QUÉ?! Éstas imágenes me horrorizan ‒al igual que espero le pase a usted también‒, me conflictúan en extremo y me hacen preguntarme: ¿cómo puede ser posible algo así? ¿Por qué el hombre arremete con tanta violencia contra uno como él? ¿Por qué goza con el sufrimiento ajeno? Como si a éstos individuos nadie les llorara, como si ya no valieran lo mismo por las malas decisiones que han tomado. Y no me malentienda, querido lector, ésta no es una apología de la delincuencia, ni una declaración de inconformidad ante los que deciden defenderse, sino una fuerte crítica a las personas que son tan inmorales, tan malvadas ‒en ciertos casos me atrevo a decir que mucho más‒ como los delincuentes a los que deciden, de buenas a primeras, quemar y torturar.

¿Cómo afrontarlo desde el Estoicismo? Si bien esta escuela de pensamiento se caracteriza por el soportar lo que le sobrevenga a uno ‒aunque lo correcto en realidad es el acoplarse‒, y Marco Aurelio lo expresa como “ser igual que el promontorio contra el que sin interrupción se estrellan las olas. Este se mantiene firme, y en tomo a él se adormece la espuma del oleaje” (Ibíd., IV, 49); también se habla en un momento de no ser “ni actor trágico ni prostituta” (Ibid., V, 28). ¿Qué quiere decir esto? Que a pesar de que las acciones de los otros no dependen de mí, porque lo único que depende mí en tal caso es cómo reacciono ante tales actos perniciosos ‒y que “la mejor manera de defenderte es no asimilarte a ellos” (Ibíd., VI, 6)‒, tampoco es válida la completa inacción, la imperturbabilidad no es ausencia y carencia acción. No se trata, pues, de la clásica mojigata cristiana de “poner la otra mejilla”.

¿Pero cuál es la acción que el Estoicismo propone? La persuasión, incitar con tu disposición lógica la disposición lógica de los malhechores irracionales, tratándolos siempre con liberalidad y magnanimidad ‒magnanimidad es algo que, la gente que decide linchar a sus asaltantes, profundamente desconoce, no sólo porque nunca hayan escuchado el término, sino porque nunca los han tratado así‒. Pero es, hasta cierto sentido, una visión romántica, o cuya vigencia es enteramente nula, porque no puedes intentar persuadir/instruir a este tipo de hombres. No estamos hablando del Pedro Infante de En un rincón cerca del cielo, ese delincuente “noble” que roba por la necesidad de comprar medicamento y así salvar la vida de su hijo, cosa que Antonio Aguilar entiende y por lo que decide no actuar legalmente en su contra. No.

Esto es lo que enciende la llama de la irracionalidad en las almas de la muchedumbre, el que están ante tipos que tampoco dudarían en arrebatarles la vida, en torturarlos física o psicológicamente a placer, ya sea que traigan o no “cosas de valor” ‒las cosas materiales no valen nada, lo único valioso es la acción propia, la ecuanimidad ante todo, la serenidad, la ausencia de vanagloria, el afán en la comprensión de las cosas (Cfr., Ibíd., VI, 30) ‒. Se trata de este tipo de personas:

El siguiente video contiene imágenes fuertes y mucha violencia explícita. Se recomienda discreción.

Dice otra de las máximas estoicas: “cada vez que alguien cometa una falta contra ti, medita al punto qué concepto del mal o del bien tenía al cometer dicha falta. Porque, una vez que hayas examinado eso, tendrás compasión de él y ni te sorprenderás, ni te irritarás con él” (Ibíd., VII, 26). Examinemos, entonces, los conceptos de bien y de mal de ambas partes, del asaltante y de la turba. Por un lado, dudo mucho que el asaltante se detenga a pensar en lo bueno y lo malo, es más, en todo caso, la mayoría del tiempo tiene plena consciencia de que lo que hace está mal y lo lleva a cabo de todas formas sin reparo alguno. Si bien esto está lo suficientemente mal por ir en contra de la máxima estoica de detenerse y ocuparse de lo único que depende de uno: las acciones propias ‒” dígase o hágase lo que se quiera, mi deber es ser bueno” (Ibíd., VII, 15) ‒; cuando examinamos la contraparte de este binomio delictivo, el asunto es aún peor.

Peor en el sentido de que, los captores y torturadores, creen estar haciendo lo correcto, principalmente por la ineficacia del sistema tanto judicial como penal ‒por lo terriblemente laborioso que es procesar a un delincuente, por lo fácil que se puede deslindar de los cargos por los que se le acusa mientras nadie lo identifique, por la poca disposición de algunos policías para acceder a ciertas zonas y ejercer la fuerza‒. Por todo ello, juzgan como bueno tomar la labor en sus manos y escarmentar sanguinariamente al delincuente para que no vuelva a incurrir en las mismas prácticas ‒esto en el mejor de los casos‒, o deciden simplemente matarlo apelando a la voz popular de “muerto el perro, se acabó la rabia”.

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Como ya lo dije, en muchas ocasiones son mucho más malvados y perversos que los hombres a los que han decidido castigar o ejecutar, no son superiores moralmente sólo porque no cometan los mismos actos delictivos, pues en realidad sólo no los cometen no por el conocimiento del bien, sino por mero temor a que les hagan lo que ellos hacen en la primera oportunidad que se les presenta. Disfrutan y se desahogan haciendo lo que equivocadamente asumen como lo correcto. Olvidan que “es ridículo no intentar evitar la propia maldad, lo cual es posible, y, en cambio, intentar evitar la de los demás, lo cual es imposible” (Ibíd., VII, 71); repito, como hypomnēmata, ejercicio de memoria para que las palabras queden plasmadas en ese refugio interior que es el alma: La maldad de los otros no depende de mí, pero sí depende de mí el no ser malo.

Es tan sencillo ‒sencillamente complejo‒ como ése dilema que existe en la cultura popular, específicamente en el mundo de los cómics, sobre la regla de Batman de “No matar y no usar armas de fuego”. El problema está en que, al no asesinar a ninguno de los villanos que atrapa y vuelve a atrapar constantemente, el número de vidas arrebatadas por éstos sigue aumentando. Si hubiera matado al Joker, ¿no habría salvado la vida de muchos inocentes, incluyendo la de su joven aprendiz en turno Jason Todd? Aunque Batman siempre me ha parecido más kantiano que estoico, estoy seguro de que esa regla es una combinación de imperativo categórico con la sabiduría estoica que dice: “Cuida de no experimentar con los hombres inhumanos algo parecido a lo que éstos experimentan respecto a los hombres” (Ibíd., VII, 69).

Tal vez nos encontramos viviendo una época en la que el estoicismo no es la respuesta, no es la herramienta. Tal vez no es tiempo de amoldarse/acoplarse, de desapegarse y ocuparse indiferentemente sólo de lo que a uno compete. Habrá entre ustedes quien desdeñe toda esta filosofía, posiblemente enriqueciendo sus vituperios y afirmaciones de que la filosofía es inútil, y que lo que hace falta es actuar, tomar las antorchas e ir a solucionar las cosas uno mismo. Pero les digo, ése no es el camino, ésa no es la forma, la violencia sólo generará más violencia, no se puede combatir fuego con fuego. El único fuego válido ‒y jamás me cansaré de insistir‒ es el fuego en el que se convierte uno cuando se está de acuerdo con la naturaleza, cuando se adapta a los acontecimientos y posibilidades que se presentan, sin predilección, consumiéndolo todo, familiarizándose con todo, siempre resplandeciente.

 

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Ricardo Israel Sánchez Becerra

Ricardo Israel Sánchez Becerra, nacido en la ciudad de México hace 25 años. Estudiante de Filosofía en la UNAM. Actualmente elabora una tesis acerca de la crisis de la educación desde el sistema filosófico de Hannah Arendt. Interesado principalmente en Filosofía de la educación, Taoísmo, Estoicismo, Nietzsche, y en la divulgación de la Filosofía mediante la cultura popular.

Referencias

  1. http://www.diariocambio.com.mx/2015/regiones/tehuacan/item/26810-barbarie-en-ajalpan-queman-vivos-a-dos-sujetos
  2. Marco Aurelio. Meditaciones, tr. R. Bach Pellicer, RBA-Gredos, Barcelona, 2008.

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