Corta historia de Inglaterra para entender los tiempos modernos: la relación medieval entre Inglaterra y Europa.


La herencia política que le dejó la Edad Media a la Europa contemporánea es indiscutible. Fue durante este periodo cuando el viejo continente adquirió la realidad política y social que lo diferenciaba de la antigüedad clásica, consolidándolo como una entidad organizada a principios del Renacimiento. Fue también el momento en que la mayoría de los Estados que hoy se erigen sobre Europa, nacieron y se consolidaron, entendiéndose como entidades autónomas que se diferenciaban las unas de las otras en función de su propia historia individual. Eso mismo ocurrió con Inglaterra, pues no fue sino hasta el periodo medieval cuando realmente comenzó a formarse hasta constituirse como un país con su propia cultura, lengua e historia; algo paradójico, pues pese encontrarse en la región europea, parecía que se aislaba más y más.

Repasemos pues, un poco de la historia política de Inglaterra durante la Edad Media, y observemos cómo entre más se acercaba a Europa, más eran rechazados por los franceses, hasta que a finalmente fueron expulsados del continente.

De la conquista normanda al Imperio angevino

Nuestra historia comienza precisamente a mediados del Medioevo, con más exactitud hacia el 1066 d.C. Este año las tropas de Guillermo el Conquistador (antes llamado el Bastardo) derrotaron a las huestes de Haroldo II en la famosa batalla de Hastings, iniciando con ello una nueva casa gobernante que sustituía definitivamente a los viejos reyes anglosajones. Así, el también duque de Normandía se hizo con un vasto territorio de gran importancia estratégica en el Mar del Norte, aunque debido a sus posiciones continentales, no dejaba de ser vasallo ante el rey de Francia.

Durante su gobierno, Guillermo supo aprovechar lo mejor de las tradiciones sajona y normanda, lo que le permitió consolidar una monarquía estable que fue heredada por las diferentes familias reinantes de Inglaterra. De los sajones rescató la idea de un “ejército nacional” y la de la administración de los condados en torno a los sheriffs; mientras que de la normanda impuso un feudalismo que le permitió hacerse de una caballería fiel (normandos en su mayoría) y dispuesta para el servicio militar siempre que fuera requerida (Le Goff, 2009, p.107).

Sin embargo, las relaciones entre los futuros reyes de Inglaterra y de Francia se complicaron con el pasar de los años, especialmente cuando la reina Matilde de Inglaterra (nieta de Guillermo y emperatriz del Sacro Imperio) se casó con Godofredo de Anjou en 1127, dando comienzo a una nueva estirpe gobernante: los Plantagenet. Ahora, los monarcas ingleses no sólo eran soberanos de Normandía, sino también del ducado de Anjou, y para 1152, cuando la exesposa de Luis VII de Francia se casó con Enrique II Plantagenet, de igual forma adquirieron el ducado de Aquitania. El Imperio angevino se había formado de manera brillante a costa del territorio francés.

La batalla de Hastings marca el inicio de la historia de Inglaterra. Fragmento del Tapiz de Bayeux. Fuente: internet.

La batalla de Hastings marca el inicio de la historia de Inglaterra. Fragmento del Tapiz de Bayeux. Fuente: internet.

Declive del Imperio angevino

Del mismo modo en que utilizamos el término “Imperio bizantino” para referirnos al Imperio Romano de Oriente que sobrevivió a las invasiones germanas, hablar de un “Imperio angevino” es referirse a un constructo contemporáneo desarrollado por los historiadores para explicar la relación entre Inglaterra y los territorios de ultramar que se encontraban unificados bajo la tutela de los Plantagenet. Así pues, a finales del siglo XII, los reyes ingleses dominaban un amplio territorio que superaba en extensión al del rey de Francia: Aquitania, Bretaña, Normandía, parte de Irlanda y de Escocia. Como era de esperarse, llegó un punto en el que no sentían la necesidad de rendirle homenaje al rey de Francia.

Mapa de los dominios de Enrique II a finales del siglo XII. Fuente: Pinterest

Mapa de los dominios de Enrique II a finales del siglo XII. Fuente: Pinterest

Esta situación no fue de la gracia de Felipe II (conocido como Augusto), quien, durante los primeros años del siglo XIII, inició una campaña de conquista con la intención de arrebatarle sus posiciones francesas al entonces rey Juan I (llamado sin Tierra). El clímax de este enfrentamiento ocurrió el 27 de julio de 1214, en el domingo de Bouvienes, momento en que las tropas guiadas por Felipe II derrotaron a la alianza conformada por el sacro emperador Otón IV y una fuerza expedicionaria inglesa. Este hecho tuvo como resultado –además de la pérdida de la mayoría de las posiciones inglesas en Francia–, por un lado, que la monarquía francesa se consolidara definitivamente (Duby, 1988, p.7) a nivel político –aún faltó tiempo para que fuera a nivel territorial–; por otro lado, en Inglaterra, Juan se vio obligado a firmar la Magna Carta, limitando así el poder de la monarquía en favor de la nobleza inglesa (García, 2014, p.274).

A pesar de este gran descalabro, el Imperio angevino no desapareció del todo. Si bien las provincias más importantes se habían perdido (Normandía y Aquitania), los reyes ingleses conservaron algunos importantes bastiones continentales, y gracias a importantes alianzas matrimoniales con los reyes franceses y a la habilidad política de algunos de sus monarcas, cien años después de Bouvines volvieron a reclamar sus derechos en ultramar, sólo que esta vez no buscaron pequeños ducados o condados, sino que intentaron hacerse con la corona de Francia.

La Guerra de los Cien Años: la expulsión de los ingleses del continente

Todos los reyes ingleses, hasta 1333, rindieron homenaje a los monarcas de Francia, después de todo, ¿qué otra opción tenían? Incluso Eduardo I, quien pudo conquistar a los galeses y someter a los escoceses, se postró ante Felipe IV en señal de sumisión; aunque no sin obtener un jugoso premio: en 1308 logró casar a su hijo, Eduardo II, con la hija de Felipe, Isabel de Francia, aumentando considerablemente su influencia sobre la corte francesa.

Sin embargo, Eduardo II pasaría a la historia como un rey incompetente. Durante su gobierno no sólo se perdió el control de Escocia, también los barones ingleses se sublevaron ante la incompetencia del rey para gobernar. Las cosas empeoraron cuando su esposa –ayudada por Roger Mortimer– comenzó una guerra civil que culminó con la muerte de Hugh Despenser, la mano derecha del rey (algunos dicen que su amante), y con la abdicación del monarca en favor de su hijo Eduardo III en 1327, quien en ese entonces apenas contaba con 15 años de edad.

Por tres años se vio impedido para gobernar, pues Isabel y Mortimer habían monopolizado el trono, pero en 1330, Eduardo confabuló una intriga en contra de los usurpadores, la cual se resolvió con el ahorcamiento de Mortimer (a pesar de las súplicas de Isabel) y el enclaustramiento de la reina. Por fin Eduardo podía ejercer el poder, y una vez que sometió a los escoceses, el rey estaba decidido a hacer valer su derecho sobre el trono de Francia.

Resulta que en 1328 murió el último de los hijos varones de Felipe IV, por lo que Francia se había quedado sin un heredero claro. La disputa se redujo a dos contendientes: Felipe de Valois, miembro de una rama menor de los Capeto, y Eduardo III, nieto de Felipe IV. Como era de esperarse, los electores prefirieron a Felipe sobre Eduardo –a pesar de que este último tenía más derechos–. Siendo demasiado joven y siguiendo el consejo de su madre, Eduardo III no tuvo más opción que rendir homenaje a Felipe VI. Pero en 1337 las cosas habían cambiado, y el monarca de Inglaterra estaba preparado para demostrar que hablaba muy en serio sobre su reclamo.

Así comenzó uno de los periodos más importantes de la historia de Europa. La Guerra de los Cien Años no sólo se redujo a un conflicto anglo-francés, sino que alcanzó proporciones transeuropeas al extenderse a España, Italia, Alemania y Flandes. En última instancia, esta guerra sirvió para que Inglaterra y Francia definieran su realidad política: los franceses alcanzaron la unidad territorial que les faltaba para centralizar el gobierno definitivamente en Paris; mientras los ingleses, al ser expulsados del continente, se vieron a sí mismos como un pueblo diferente al continental, pues incluso pasaron a ser vistos como “los conquistadores” o “invasores” en las interpretaciones posteriores sobre el conflicto (Allmand, 2010 p.94).

Repercusiones contemporáneas

Después de la batalla de Castillon en 1453, los ingleses perdieron todos sus bastiones continentales, con la excepción de Calais –que no caería hasta pasados otros cien años–. Literalmente fueron expulsados de Europa. Si hoy nos hacemos la pregunta ¿qué tan europeos han sido históricamente los ingleses?, después de analizar gran parte de su historia, encontraríamos una separación muy marcada entre Gran Bretaña y el continente, la cual se remonta hasta los mismos orígenes de las naciones europeas. Así pues, es interesante observar los resultados del Brexit: el “Si” a la salida apenas ganó por un margen de 3%, lo que indicaría un cambio de perspectiva en relación a su aislacionismo. Además, la mayoría de los votantes que promulgaron el “Si” eran hombres y mujeres de edad madura, entre 30 y 50 años; personas que veían en el pasado una forma de explicar su futuro: si alguna vez Inglaterra había formado parte de Europa, esta relación culminó cuando fueron expulsados del continente después de la Guerra de los Cien Años. Por eso yo no me sorprendo de los resultados de la votación; lo que sorprende es que sean las nuevas generaciones las que votaron por quedarse en la Unión. ¿Será que la idea de una Unión Europea realmente pudo ser viable gracias a las nuevas generaciones? Es cuestión de esperar lo que nos depara el futuro.

12345Le Goff, Jacques, La baja edad media, +trad. Lourdes Ortiz, México, 26ª reimp., Siglo XXI, 2009, 336 p., ils., mapas.6

José Francisco Vera Pizaña

José Francisco Vera Pizaña (México, Distrito Federal). Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (FFyL) con la tesis “Nexos en la historiografía: la construcción de la batalla de Crécy en la historiografía inglesa y estadounidense (1885-2013)”. Especialista en historia militar e historia de la Edad Media. Miembro activo del Seminario de Estudios Históricos Sobre la Edad Media (UNAM) y del Seminario Estudiantil de Historia Militar y Naval (UAM-I). Consultor historiador de Caronte Lab. Profesor en el Centro Universitario de Integración Humanística (CUIH).

Referencias

  1. Allmand, Christopher, “Armas nuevas, tácticas nuevas”, en Geoffrey Parker (ed), Historia de la Guerra, Madrid, Akal, 2010, pp. 91-106, mapas.
  2. Duby, Georges, El domingo de Bouvines, trad. Arturo Firpo, Madrid, Alianza Editorial, 1988, 187 p.
  3. Flori, Jean, Ricardo Corazón de León, el rey cruzado, trad. Mari Carmen Llerena, Barcelona, Edhasa, 2003, 586 p., ils., mapas.
  4. García de Cortázar, José Ángel, Manual de Historia Medieval, Madrid, Alianza Editorial (versión electrónica), 2014 580 p., mapas.

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