Los nombres de la discriminación. La exclusividad de llamarse Brayan.


“Un Brayan sin suerte. De 13 tiros acribillaron a un joven en la colonia Morelos; no pudo salir de su coche”. Así decía aquel encabezado del diario ¡Pásala! en su edición del tres de agosto (de 2016). Era un encabezado tan llamativo y burlón que no tardó mucho tiempo en difundirse por algunas redes sociales. Fue ahí donde lo vi; lamentablemente, fue hasta tarde, por lo que no pude comprarlo y leer la nota asociada. Pero con eso bastó.

Lo cierto es que esos periódicos calificados como “amarillistas”, suelen caracterizarse por sus crudas fotografías y por sus “jocosos” encabezados (también, claro está, por presentar en sus últimas hojas una colección interminable de retratos sobre exuberantes mujeres). Sin embargo, aquel título llamó mi atención por ser parte de algo que recientemente se ha popularizado.

Entre otras cosas, es inquietante la sencillez a la que nos hemos acostumbrado cuando hablamos de la violencia e inseguridad que ensombrecen a nuestro país, como si esto fuera algo irremediable, a lo que nos debemos resignar y de lo cual no tenemos más que sonreír. Como si a esos muertos nadie les llorara.

Pero la cuestión que atañe a esta breve reflexión se centra en el racismo que día a día practicamos; ese fenómeno tan arraigado en nosotros, tan visible, que paradójicamente pasa desapercibido. De lo que hablo aquí es de algo que debe considerarse como histórico y multifacético (tan histórico como el uso peyorativo de la voz “indio”, y tan multifacético como las diferentes etimologías atribuidas a la palabra “naco”), un problema que no sólo se limita en jerarquizar a los individuos con base en su anatomía, sino que incluso toma tintes clasistas y nos estereotipa según nuestra apariencia física y condición socioeconómica.

Si mi conocimiento no me falla, lo que a los jóvenes nos causa “gracia” de los Brayan, los Kevin y las Brítani (entre otros nombres más) es, precisamente, su físico y estrato socioeconómico. ¿Quiénes son los Brayan, los Kevin y las Brítani? Personas con esos nombres (claro); gente, que como la gran mayoría de nosotros, en general pertenecen a la clase media y baja, de ello deriva que viven en zonas consideradas como “marginales”;  son de tez “morena”; escuchan ritmos populares como el reggaetón; e incluso, si se quiere, se afirma que son personas “sin educación” y viven de la delincuencia. Hay quienes dicen que su propio nombre es de “mal gusto”.

¿Por qué es gracioso y peculiar el que gente con esas características tengan esos nombres? Hay personas en nuestro propio país que son “weritos” y se llaman Kevin; otros más estudian en las más prestigiosas instituciones educativas (para muestra, una de las hijas del presidente Enrique Peña Nieto: Nicole, ¿por qué en ella no es gracioso el nombre?, ¿por qué en ella si está bien empleado?). Aunque claro, una cosa es estudiar en el mejor instituto del mundo y otra es poseer una “buena educación” (para muestra, la otra hija de EPN, Paulina, quien saltó a la fama por declarar: “Mi mayor pecado es ser mexicana”); ¿por qué no nos parecen graciosos los Juanes y las Marias “weritas”?; ¿por qué una Brítani que baila reggaetón en el “Centro de convenciones…” es irónica y no una Brítani que lo disfruta en el antro más exclusivo de la ciudad?; ¿por qué si alguno de estos Kevin usa ropa sin marca se viste “pirata”, pero si un diseñador de “Alta costura” decide apropiarse de los diseños “indígenas” está haciendo “arte reivindicativo”?; ¿qué hay de paradójico en el Brayan que nos roba en el microbús con pistola en mano y qué no hay de paradójico en los Chong, los Carstens y los Videgaray que desde lo más alto nos marginalizan? Para robar, para ser “morenitos”, para ser “mal hablados”, para ser de “mal gusto” ¿es necesario tener nombres bien mexicanos?, ¿tan mexicanos que deben reflejar que nuestra sociedad y cultura es así?

La cuestión es aquí, a mi parecer, un problema de discriminación basado en prejuicios racistas y clasistas. Lo verdaderamente paradójico es que aún en el siglo XXI, en ese siglo que se jacta de vivir en la globalización, y en un país como México, que desde hace años vive en una norteamericanización de su cultura (Monsiváis, 1981, p. 8 ), sigamos pensando que por ser “prietos”, “feos” y “pobres” debemos llamarnos Epigenio, Juan o José,  y que sólo los “weritos”, esos de los estratos económicos más altos, tienen derecho a poseer nombres de corte anglosajón; pero no sólo ello, los “weros” no tienen ese problema, lo mismo da que se llamen Sofía o Sophia, Tom o Tomás, en ellos siempre sonará bien. Es verdaderamente curioso que siendo la nuestra una sociedad que se enorgullece de tener las más famosas marcas comerciales de origen extranjero dentro de su territorio, no podamos adoptar también sus nombres si no poseemos ciertas cualidades específicas.

Al respecto, recientemente Federico Navarrete (2016) ha señalado que

México es un país racista. Los mexicanos practicamos sistemáticamente esta forma de discriminación contra nuestros compatriotas que tienen un color de piel más oscuro, contra los indígenas y los afromexicanos, contra los inmigrantes, contra los extranjeros y contra todos aquellos que nos parecen diferentes e inferiores. (p.11.)

Afirmación que nos invita a plantearnos sobre las condiciones en las que nos desarrollamos día a día y sobre aquellos hábitos que reproducimos sin reflexionar del todo. No importa desde qué esquina, en nuestro país el racismo lo practica lo mismo el alto que el bajo, el hombre o la mujer, el “wero” o el “prieto”. Es necesario cuestionar conductas como las aquí abordadas, sobre todo en un momento como el nuestro, donde a diestra y siniestra reprochamos y sentenciamos las estúpidas declaraciones de Donald Trump, sin darnos cuenta que aquel problema también está aquí, en casa, y somos parte de él.

Espero, estimado lector, que no se mal entienda este burdo y breve escrito; mi intención no es la de lanzar regaño alguno ‒yo también he contribuido a construir algunas de las múltiples caras de este problema‒, sino reflexionar (y actuar) sobre un ámbito tan cotidiano de nuestra vida que pareciera ser inofensivo e inalterable.

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Gerardo Emmanuel García Rojas

Egresado de la Licenciatura en Historia de la FES Acatlán.

Referencias

  1. Monsiváis, Carlos, “Notas sobre el Estado, la cultura nacional y las culturas populares en México” en Cuadernillos políticos, N° 30, 1981, pp. 33-52.
  2. Navarrete, Federico, México Racista. Una denuncia, México, Grijalbo, 2016, 189 pp.

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