La Bruja: cambio de paradigma para el cine de terror.


La Bruja es, sin lugar a dudas, uno de los filmes más interesantes y dignos de estudio del año pasado. Es difícil de creer que Robert Eggers sea apenas un director debutante en el mundo del celuloide. Las escenas y narrativa de la película pudieran parecer de un director mucho más maduro y con más experiencia. Cada fotografía, escena e interacción resulta ser un símbolo que invita al público a llevar su imaginación más allá de lo que sus ojos son capaces de ver.

Es difícil que el espectador pueda tratar de entender el contexto calvinista que dominaba en esa época para la región europea, una ideología demasiado estricta que prácticamente condenaba al ser humano por el sencillo acto de haber nacido. Cada instante en este mundo terrenal es un momento de debilidad para el ser humano, en donde sale a relucir nuestra verdadera naturaleza depravada, deshonrando de esta forma la gracia y autoridad de Dios que está por encima de todo lo demás. Cada persona, especialmente la familia de un reverendo, tenía la obligación de tratar de agradar a Dios en cada uno de sus actos, palabras e incluso pensamientos; esto irremediablemente conlleva a una serie de luchas internas para cada personaje.

Por un lado, un instinto natural (y por lo tanto pecaminoso) cómo es el caso de Caleb, quién sufre un deseo libidinoso en un principio por su hermana y que es aprovechado como la principal debilidad para corromper todo su virtuosismo por parte del ente maligno que se esconde en las sombras de la historia. Para el reverendo William, el orgullo es su fragilidad, buscando mantener su ideología a costa de la comodidad de su familia. Thomasin, claramente el personaje más complejo del argumento, goza de una rebosante belleza estética que hace recordar la ternura de un ángel, al tiempo que sufre de una crisis existencial/emocional alimentada y conducida presumiblemente por la criatura maligna Black Philippe. Cada segundo de la corrupción de Thomasin es una representación de los esfuerzos del mal por destrozar las señales de virtud dentro del carácter humano, aún dentro de uno tan ortodoxo. Pareciera que el sacrificio que buscará hacer Thomasin para actuar con base a los valores de la época y el amor a su familia, es proporcional a la maldad del demonio que la vigila. La voluntad del amor de los personajes alimenta la fortaleza sádica de la esencia maligna que se cierne sobre ellos.

La última escena del filme está profundamente cargada de misticismo, dónde se puede ver un excelente trabajo de Eggers para representar las leyendas del período. Un tenebroso y siniestro danzar de las brujas que representa una genuina pesadilla, practicando ritos y lanzando conjuros mientras levitan como presumiendo la libertad y habilidades que se les fue otorgadas por pertenecer al círculo de la cabra, dando la bienvenida a la nueva integrante, quién finalmente se decidió a desvelar lo que considera que era su verdadera naturaleza. Este final debería ser considerado como uno de los más terroríficos del cine de terror actual.

Uno de los puntos más importantes a recalcar es que existe una cierta similitud en el manejo de las tomas de Eggers con la técnica utilizada por Shyalaman (Signs, 2002), quien en sus inicios fue catalogado como el nuevo maestro del suspenso, el nuevo Hitchcock. La secuencia de llegar al clímax de la toma y luego provocar una abrupta interrupción, en lugar de una escenografía duramente producida y editada como se suele hacer en el cine actual, es sin lugar a dudas una forma de provocar un genuino terror entre el espectador, especialmente entre aquellos que tienen mucha imaginación. Es una realidad que la tecnología, por más avanzada que se encuentre, jamás podrá competir con los efectos de una mente sugestionada por el suspenso y tensión provocados por un buen argumento fílmico.

Por último, la música de Mark Korven, inundada de un poderoso y siniestro violín con sonidos rítmicos del folklor de la época, agrega un tono de realismo muy oscuro para cada una de las escenas. Las cuerdas disonantes, con unos ocasionales explotes y algunos sonidos extraños, se adaptan perfectamente al mensaje de la película, tratando de dejar al espectador con un sentimiento de soledad y vacío.

Victor Fernández

Victor Fernández nacido el 19 de enero de 1992 en Saltillo, Coahuila. Egresado de la facultad de Sistemas de la Universidad Autónoma de Coahuila en la carrera de Ingeniería en Tecnologías de la información y comunicaciones. Actual profesionista en el área de software para telecomunicaciones. Amante intenso del Cine especialmente del film noir y obras de Woody Allen, voraz lector con un denotado gusto por obras existencialistas. Adepto del Jazz y el Rock.

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