La ciencia en la Silver Age de los cómics.


Sin lugar a dudas, los cómics de superhéroes son uno de los temas más citados en nuestra actualidad, basta con ver la exorbitante cantidad de alusivos productos lanzados al mercado para notar su creciente popularidad. Una de las causas de dicho fenómeno responde a los más recientes filmes elaborados por industrias como Warner o Disney, quienes ingeniosamente han comenzado a explotar una veta que ha dejado importantes ganancias monetarias.

Sin embargo, más allá de este rentable mercado, los cómics, y sus superhéroes, son productos culturales con una relevante e histórica importancia; después de todo, seguidor o no, ¿quién no conoce a Superman, Batman o Spiderman?, incluso en el ámbito local, ¿cuántos de nuestros viejos no escucharon por la radio, y posteriormente leyeron, las aventuras del hombre de “la serenidad y paciencia”, Kaliman? Como muchos elementos trascendentales de nuestra cultura, el también llamado “noveno arte” ha sido merecedor de una clasificación temporal que facilite la complicada gama de variedades por las que ha atravesado a lo largo de su devenir.

La principal taxonomía elaborada es aquella que los divide según diferentes eras dentro de la industria estadounidense, teniendo por resultado una edad de “oro” (1930-1950), de “plata” (1950-1970) y de “bronce”(1970-1980), principalmente. Al respecto, 1954 es el año en que el psiquiatra Fredric Wertham publicaría su obra Seduction of the innocent, estudio en el que culparía a los cómics de ser una de las principales fuentes de perversión de la juventud de los Estados Unidos; suceso considerado por muchos como el arranque de la Silver Age.

Todo comenzó después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la industria del comic book giró hacía tramas englobadas por el horror y el terror, provocando una creciente preocupación por parte de los sectores conservadores de la sociedad estadounidense. Fue al calor de esas críticas cuando Wertham publicó aquel estudio que calificaba a los cómics como una “influencia corruptora, donde se exalta y se anuncian los cuchillos y las pistolas como artefactos que se pueden trasformar en armas mortales”, además de juzgar a los superhéroes como degenerados que incitaban a la homosexualidad (para lo cual ejemplificó con Batman y Robin).

En respuesta a los ataques, los principales sellos editoriales crearon el Comic Code Authority, con el fin de reglamentar el contenido presentado; con ello, las imágenes sexualmente explícitas o violentas no podrían ser avaladas, lo mismo que las tramas de terror y horror, además de las faltas de respeto a las autoridades gubernamentales.

Contrario a lo que muchos podríamos pensar, los comics creados a partir de aquel entonces no cayeron en desgracia plena; paradójicamente, la edad de plata es el periodo donde nacieron algunas de las características más relevantes de los superhéroes que hoy son el centro de nuestra atención. Bueno o malo, la Silver Age marcó un punto sin retorno en las historias de superhéroes.

Una de sus principales características fue la unión de diferentes historias, que a la postre permitió la creación de crossovers entre uno o varios personajes de distintas narraciones. Por su parte, las tramas tuvieron un acercamiento con temas relacionados a problemas de la vida cotidiana, haciendo de los superhéroes personajes más humanizados que intercalaban entre su vida personal y su papel heroico.

Sin embargo, una de las cualidades más evidentes de esta edad de plata fue la creciente relación que tuvo la ciencia respecto al origen de los nuevos personajes, pues una gran y notoria mayoría de ellos tuvieron una relación con la ciencia, que los llevó a obtener muchas de sus habilidades.

El hecho parece tener lógica si entendemos la creciente importancia que la ciencia ocupaba en la sociedad occidental de aquel tiempo. No es por nada que el siglo XX ha sido considerado como el epicentro de una revolución científica y tecnológica que tuvo sus orígenes en el desarrollo de la electricidad industrial a finales del siglo XIX, y que desembocó en una actividad comercial sin precedentes en la primera mitad del XX, misma que puede ser comprobada tan sólo con mirar el campo de los electrodomésticos; fue aquí donde la tecnología tuvo el carácter mercantil que hoy le caracteriza.

En 2003, mientras realizaba una entrevista para la PBS en el programa Superheroes: A never ending Battle, el ícono editorial de esta Silver Age, Stan Lee, señaló ser la “persona menos científica que jamás conoceremos”. Pareciera  paradójico que el creador del joven arácnido Peter Parker (qué obtuvo sus poder por la mordida de una araña radioactiva) o del increíble Hulk (y su alter ego el científico Bruce Banner), no tuvo, ni tenga, la menor idea de lo que plasmó en las hojas de la reformada Marvel Comics. Sin embargo, ello refleja la gran importancia que la ciencia ocupó en aquel entonces; no era necesario ser científico para saber de las capacidades de la ciencia; la cultura de la era espacial, de la era armamentística y de la bomba nuclear, ya había dado muestra de los grandes logros (y desastres, claro está) que ésta podía alcanzar.

Y es que la ciencia, desde hace mucho, es la creadora por excelencia de verdades; incluso hoy, basta con leer: “Un estudio científico realizado por la Universidad de…”, para que lo dicho sea tomado con seriedad y asombro. Por ello, ¿qué más creíble que un superhéroe que obtuvo sus habilidades por un conocimiento que está a nuestro alcance y no por algún efecto mágico? La ciencia inmersa en estas historias nos hacía ver las oportunidades que podía generar, era creadora de grandes héroes, aunque también de implacables villanos, volviendo a estos personajes sujetos más cercanos a nuestra realidad.

Así, podemos ver títulos como The Fantastic Four #1 (noviembre, 1961), que presentaba la historia de Ben Grimm, Susan y Jhonny Storm, liderados por el genio científico Reed Richards, quienes obtuvieron sus poderes tras la exposición a rayos cósmicos durante una misión científica al espacio exterior, donde probaban un cohete prototipo; aspecto que toma relevancia si comprendemos que en ese mismo año, en plena carrera espacial, Yuri Gagarin se convirtió en el primer hombre en ser enviado al espacio.

 

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De manera similar, el popular Tony Stark, que registra su primera aparición en Tales of Suspense #39 (marzo, 1963), refleja el conflicto armamentístico al que el mundo había entrado desde la Segunda Guerra Mundial, cuando la innovación tecnológica arrojó, entre muchas innovaciones más, el desarrollo del radar y la utilización de las alas aeronáuticas en forma de flecha; además de que la clara postura anticomunista que manifestó en un primer momento este personaje, también hacía alusión a la competencia tecnológica librada entre  Estados Unidos y la extinta Unión Soviética.

Ni que decir de X-men # 1 (septiembre 1963), que al igual que Spiderman en Amazing  Fantasy #15 (agosto, 1962), o Hulk en The Incredible Hulk #1 (mayo, 1962), involuntariamente hacían referencia a las propuestas genéticas de Mendel elaboradas en el siglo XIX y a los avances de James D. Watson y Francis Crick, que en 1953 propusieron la estructura de doble hélice con la que conocemos el ADN; sólo que los “mutantes” iban más allá, pues se involucraron con las propuestas evolucionistas de Darwin y Lamarck, que por entonces aún seguían librando una atrincherada lucha frente al creacionismo en las aulas escolares de Estados Unidos.

Por su parte, DC comics tampoco se quedó atrás en esta renovación, y trajo consigo a Barry Allen en Showcase #4 (septiembre-octubre 1956), un policía con grandes intereses científicos que lo llevaron a tener un estrepitoso accidente en su laboratorio, dando origen al velocista más famoso de los cómics. Y qué decir del renovado Atom, Ray Palmer, quien en Showcase #34 (octubre, 1961) es presentado como un prodigioso estudiante de física que tras investigar un material obtenido proveniente de una enana blanca caída a la tierra, logró convertirse en aquel singular personaje; aspecto basado en gran medida a partir de los estudios de Niels Bohr en el campo de las partículas atómicas y del creciente interés en la astrofísica emanado de la teoría del Big Bang, propuesta por George Gamow en 1948.

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Es claro que no todos los personajes de esta edad de plata encuentran sus inicios en la ciencia, tal es el caso de Thor en Journey Into Mystery # 83 (agosto, 1962), o Hawkman en The Flash # 137 (julio, 1963), como también lo es que la breve lista presentada se queda muy corta. Sin embargo, es innegable la importancia que tuvo la ciencia en estos cómics que atravesaron por una de las etapas más productivas en cuanto a desarrollo tecnológico y científico trata. La amplia comercialización de este conocimiento también puede verse reflejada en las narraciones de superhéroes, pues su importancia fue tal, que incluso, puede ser entendida como otra súper habilidad, una que hacía más cercanos a estos particulares personajes.

 

Gerardo Emmanuel García Rojas

Egresado de la Licenciatura en Historia de la FES Acatlán.

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