Spinoza: el hombre “ebrio de Dios”.


Hace poco, Emmanuel Legorreta nos maravilló con un texto acerca de El último gran genio universal: Leibniz, en el cual nos relataba un poco sobre la vida y el pensamiento de este ilustrísimo personaje. No es casualidad que dicho escrito haya tenido tanto éxito entre nuestros lectores, y es que los filósofos son curiosos personajes que nos atraen no sólo por su pensamiento, sino también por sus vidas: ya sean aquellos despistados que caen en zanjas por andar pensando en los asuntos celestes, o aquellos con muertes muy extrañas ‒arrojados en volcanes, enterrados en estiércol‒; ya sea que hayan sido consumidos por la locura, o que hayan peleado en guerras, o tenido que exiliarse de las mismas; ya sea el moderno filósofo que es casi casi una estrella de rock, admirado y solicitado para dar opiniones sobre cualquier tema, o ése que no encaja y es visto peyorativamente como un ocioso que no aporta nada para el mundo y cuyo puesto debería ser eliminado.

Por todo esto y mucho más, en esta ocasión queremos hablarles un poco de uno de los filósofos más brillantes de la Historia de las Ideas, y cuya vida precisamente es digna de ser recordada: Baruch Spinoza.

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Judío hispano-portugués, nace en el seno de una próspera comunidad judía en Ámsterdam en el año de 1632. Se trata de una pequeña república de mercaderes a la que los judíos asisten por asilo seguro, en la que el padre de Spinoza, Miguel, se desenvuelve como un comerciante de especias, pero que llega a formar parte de los Parnassim, el consejo rector. La formación del pequeño Baruch es la propia de un fiel, asiste a las lecciones del ortodoxo Saúl Leví Morteira; sin embargo, el judaísmo que lo rodea está lleno de componentes ibéricos, pues las familias emigradas de Portugal y Castilla siguen arraigadas a la cultura de la que proceden. Por este motivo las lenguas familiares de Spinoza son el portugués y el castellano, después aprende latín (en el que escribe casi toda su obra), y holandés, que jamás logrará dominar. Entre las lecturas del joven Baruch, además de filosofía medieval, se encuentra Cervantes, Góngora y Quevedo.

Desde muy joven se ocupó de las letras y la teología, pero a medida que su pensamiento avanzaba comenzó a inclinarse de manera autodidacta hacia la filosofía, encontrando su refugio y objeto de estudio en Descartes. De este modo, con tan sólo 20 años de edad, ya había construido un sistema prácticamente perfecto que le costó la expulsión de la comunidad judía. ¿Cómo fue esto? En su filosofía, “nos invita a que volvamos a ver la explicación de las cosas en la Naturaleza creadora de que hablaban los filósofos presocráticos. Y por si esto fuera poco, le añade la osadía de identificar esa Naturaleza con la Divinidad misma: Deus sive Natura (=Dios, o lo que es lo mismo, la Naturaleza).” (Albiac, 2009, p. 12). Spinoza estaba presentando un sistema filosófico panteísta, la identificación de Dios con el todo, inmanente y naturalista, indiferente a los asuntos humanos, contrario al teísmo de su época, esa idea de Dios como una inteligencia o persona libre, separada del universo al que trasciende.

Esto representó tanto para judíos, como cristianos y cartesianos, no otra cosa que una horrenda herejía, un mensaje maldito de alguien que intentaba ocultar su ateísmo. Ante esto dice Pierre Bayle, uno de sus biógrafos más antiguos, que “los judíos le ofrecieron tolerarlo, con tal de que quisiera adaptar su conducta exterior a su ceremonial, y que incluso le prometieron una pensión anual, pero que él fue incapaz de asumir tal hipocresía”, (Bayle, 1995, p. 82); en otras palabras, le ofrecieron dinero a cambio de que se retractara, algo que era impensable para un ávido buscador de la verdad como Spinoza.

 Emanuel de Witte, Interior de la sinagoga portuguesa de Ámsterdam. Óleo sobre lienzo, 110 x 99 cm., 1680.  Rijksmuseum (Ámsterdam, Holanda).


Emanuel de Witte, Interior de la sinagoga portuguesa de Ámsterdam.
Óleo sobre lienzo, 110 x 99 cm., 1680. 
Rijksmuseum (Ámsterdam, Holanda).

La actitud de sus correligionarios se volvió hostil hacia él, llegando incluso a ser atacado a la salida del teatro por un judío que lo hirió con un puñal; esto lo lleva a dejar su comunidad en Ámsterdam, lo cual termina en una condena en su contra bajo los cargos de blasfemo, despreciador de la palabra de Dios, y además renegado. Es cuando los rabinos de su sinagoga, en 1656, le aplican una clase de expulsión llamada schammata, que ha llegado hasta nuestros días como el famoso Anatema, la exclusión sin esperanza de ser recibido jamás en la comunidad de la iglesia o del pueblo judío; la gran excomunión por la que se “excluía a los malhechores de toda ayuda y asistencia humana y de los medios y gracias de Dios” (Colerus, 1995, p. 103). Este es un fragmento del Anatema:

Con el juicio de los ángeles y la sentencia de los santos, anatemizamos, execramos, maldecimos y expulsamos a Baruch de Spinoza […], pronunciando contra él el anatema con que Josué anatemizó a Jericó, la maldición de Elías contra los hijos y todas las maldiciones escritas en el libro de la Ley. Sea maldito de día y maldito de noche; maldito al acostarse y al levantarse, al salir y al entrar. ¡Que el Señor jamás lo perdone o reconozca! Que la cólera y el disgusto del Señor ardan contra este hombre de aquí en adelante y descarguen sobre él todas las maldiciones escritas en el libro de la Ley y borren su nombre bajo el cielo […]. Por lo tanto se advierte a todos que nadie debe dirigirse a él de palabra o comunicarse por escrito, que nadie llegue a prestarle ningún servicio, morar bajo el mismo techo que él, acercársele a menos de cuatro codos de distancia o leer ningún documento dictado por él o escrito por su mano. (Cfr., Johnson, 2008).

Los perseguidos se habían vuelto perseguidores, los eternamente humillados, apaleados y ofendidos habían mostrado tal pericia al maldecir, tanta furia verbal en contra del enemigo interno, que todo esto haría que el ahora llamado Benedictus o Benito ‒pues Baruch era su nombre judío‒, de tan sólo 24 años, abrigara un intenso desprecio debajo de su estoica fachada. Tras esto, se refugia con sus amigos holandeses, Juan del Prado y otros españoles emigrados, tanto ex cristianos como ex judíos, residiendo primero en Rijinsburg, luego en Voorburg y finalmente en La Haya, su última morada.

Anton L. Koster, La casa de Benedicto Spinoza en Rijinsburg, rodeada por un campo de tulipanes. Óleo sobre lienzo, 75.1 x 100.4 cm.

Anton L. Koster, La casa de Benedicto Spinoza en Rijinsburg, rodeada por un campo de tulipanes.
Óleo sobre lienzo, 75.1 x 100.4 cm.

A partir de este momento se gana la vida tallando cristales que son usados para telescopios y microscopios, los cuales eran recogidos y vendidos por sus amigos. Era lo suficientemente bueno en ello como para solventar la vida austera que había decidido llevar, pues se dice que pagaba 80 florines holandeses a su casero ‒Hendrick von Spyck, quien incluso hace un retrato de Baruch‒, y que en todo el año gastaba por mucho 400 florines. Sus amigos le ofrecen pensiones para que viva mejor, pero este las rechaza; de la herencia que le correspondía por el lado paterno, decide tomar únicamente una cama; no le importaba como vestía, pues, decía, “mala cosa es que el saco sea mejor que la carne que va dentro” (Colerus, 1995, p. 112); incluso rechaza la cátedra de filosofía en la Universidad de Heidelberg que le es ofrecida por la Corte Palatina.

Éste puesto, según le habían ofrecido, le proporcionaba toda la libertad necesaria para su filosofar, pero el astuto de Spinoza, no queriendo pasar dos veces por lo mismo, se negó respondiendo: “no quiero dar la impresión de querer perturbar la religión públicamente establecida” (Colerus, 1995, p. 117). Así es como parece que era este gran hombre, quien a pesar de la maldición que había sido lanzada sobre de él, gozaba de una gran fama por su impecable inteligencia y recibía numerosas cartas de muchísima gente que le admiraba (el propio Leibniz incluido). De trato fácil, sencillo, honrado, afable, cumplidor y muy ordenado en sus costumbres; incluso Kortholt, quien lo tacha de ateo malvado, dice que “muchas veces tomó la iniciativa de exhortar a otros a que fueran a la iglesia […]. Jamás salió de la boca de Spinoza un juramento o una palabra irreverente contra Dios” (Kortholt, 1995, p. 93).

Pasa sus días sentado tranquilamente en su habitación, a veces escribiendo sin cesar ‒se dice que en una ocasión pasó tres meses sin salir de la casa‒, y aunque le importunaban las visitas, en ocasiones decidía ir a charlar de las cosas más comunes con los demás huéspedes, preguntando qué habían aprendido en el sermón dominical, fumando apaciblemente su pipa; a veces gustaba del simple espectáculo de las arañas comiendo a las moscas que caían en sus telarañas.

Tan sólo seis años vive como huésped de Hendrick von Spyck en La Haya, pues en febrero de 1677, a los 44 años muere de tuberculosis, probablemente propiciado por del daño pulmonar que le había causado el inhalar el polvo de los cristales tantos años. En noviembre de ese mismo año es publicada la Ética, esa gran obra sin par en la Historia de la Filosofía, donde se condensa todo su sistema, toda su filosofía ‒metafísica, antropología y moral‒; un año después, 1678, ya estaba condenada por el gobierno holandés.

Tuvo que pasar más de un siglo para que el pensamiento de Spinoza fuera rescatado por la vena más profunda de la Ilustración alemana y el neopaganismo romántico de Goethe, continuado por el romanticismo filosófico y el idealismo absoluto germanos ‒momento estelar del pensamiento contemporáneo‒. Hoy día contamos con una larga escuela de investigación y exégesis de la obra de Spinoza, cuyo genio influyó en muchas de las grandes mentes: Bertrand Russell, Wittgenstein, Einstein, Freud, Jorge Santayana, Miguel de Unamuno, Deleuze y Althusser.

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En Reflexiones Alternas queremos invitarlos a que se acerquen a la obra de este hombre, uno de nuestros filósofos favoritos, del cual hemos tratado de presentar una biografía sencilla y de carácter laudatorio, porque creemos firme y obviamente que no era ningún ateo malvado, sino un verdadero filósofo: dispuesto a ser controvertido, a proponer ideas que nadie quería escuchar y a defender su punto de vista con argumentos. Su identidad integra esa imperturbabilidad estoica junto a un profundo resentimiento, lo cual no es gratuito, pues se trata de un Sócrates de la modernidad, un hombre que está dispuesto a defender la verdad por encima de todo, aunque esto implique ser excomulgado y aborrecido, despreciando siempre los honores, deseando ayudar a otros a entender su lugar en el mundo, su libertad, sus pasiones… Pues, como cualquier filósofo, en el fondo tenía un profundo aprecio e interés por los hombres.

[noteDomínguez, A. (1995). Biografías de Spinoza. Madrid: Alianza.[/note]12

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Referencias

  1. Johnson, P. (2008). La historia de los judíos. Barcelona: Ediciones B.
  2. Spinoza, B. (2009). Ética demostrada según el orden geométrico. Madrid: Técnos.

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