Un rostro de Buñuel.


Innumerables son los documentos (escritos o visuales) que se han dedicado a Luis Buñuel Portolés; hay tanto en torno a este personaje que las formas de abordarle son casi inagotables, y es que la figura del español se dibuja ante nosotros como referente obligatorio cuando de cinematografía se trata; si bien en el camino nunca ha faltado la presencia de críticos o detractores de su obra, a la larga será casi imposible abstenerse de presenciar y apreciar su obra fílmica.

Hay temáticas que nos pueden parecer obvias cuando de Buñuel se trata, háblese del entrañable vínculo que mantuvo con el surrealismo, hasta su estancia en México o Francia, o de las dificultades que se le presentaron para llevar a cabo el rodaje de sus historias durante el régimen franquista, e incluso podemos señalar la peculiar forma de trabajar con los intérpretes de sus filmes, sólo por mencionar algunos aspectos.

Sin embargo, resultaría casi una mentira asegurar que en una sola entrega expondré toda la vida y obra de Buñuel; pues en eso que yo pudiera atreverme a considerar la totalidad de su producción e historia, seguramente se señalarían elementos que para algunos quedarían sin ser abordados, u otros en los que se vería nula relevancia. Es precisamente de esta variedad de temáticas y formas de aproximarse a ellas de las que me valdré para hablar de una versión del cineasta en cuestión.

retratodeluisbuñuelporsalvadordalí1924

Parto así, pensando en Luis Buñuel como “el personaje”, el Buñuel enigmático, religioso (a su manera, por supuesto), el Buñuel amigo de los actores que daban vida a sus personajes, anclado en amistades casi opuestas a él en la forma de crianza y tradición, pero no así en creatividad y pasión, el Luis Buñuel surrealista, el maravillado con las pasiones humanas, el viajero y el enamorado de España. Tenemos así la oportunidad de ver distintos rostros en una sola persona.

En primera instancia me permito pensar en su rostro surrealista, (que a mí parecer permeó en el resto de su obra), el del joven cineasta que entabló amistad con personajes como Salvador Dalí y Federico García Lorca; de esta etapa de su vida será inevitable nombrar Un perro Andaluz (1929) y L’âged’or (La edad de oro, 1930), ya que tras la producción de estos filmes inspirados en sueños nos sería imposible no ubicarlo como exponente indiscutible del surrealismo. Se encargó así, junto a Dalí, de invitar al espectador a sumergirse en otro tipo de cinematografía.

También evoco el rostro del Buñuel capaz de jugar con lo más profundo de la mente humana, el que no tiene reparo al retratar la perversión y oscuridad del hombre; el que busca evidenciar la doble moral. Nos encontramos así con producciones como El discreto encanto de la burguesía (Le charme discret de la bourgeoisie, 1972) o Los olvidados (1950); en donde se exponen sociedades absolutamente opuestas en lo que a lo material respecta, pero similares al momento de ejemplificar la complejidad de las relaciones humanas.

Buñuel se encargó de despojar de candidez al hasta entonces expuesto como pobre bondadoso; a través de Los Olvidados dejó de lado las producciones fílmicas de sus contemporáneos, cuya mayoría hasta ese entonces eran una especie de apología musical a la pobreza. De igual forma, en El Ángel Exterminador (1962) exhibe como personajes impacientes, violentos y asiduos a la intriga a los sujetos adinerados, quienes en otros filmes eran retratados como atentos, elegantes y calculadores. Mediante excelentes películas incomodó y dio otra representación de los protagonistas que en aquel momento ya estaban adscritos a un estereotipo.

luisbuñuel

Puedo imaginar que también el querido lector en algunas ocasiones ha pensado a Buñuel como un hombre del que se desprende un aire de frialdad, de rostro severo; a instantes esta estampa remite a la imagen de quien se sabe seguro de sus conocimientos y dueño de cualquier situación, aunque en su caso, como el director que tiene absoluta posibilidad de montar con rotunda belleza y sin mayor contratiempo las escenas más complejas.

De este modo aparece el rostro del maestro que coordina a la perfección cada movimiento del pupilo, el rostro de quien lo mismo tuvo la paciencia de poner en pantalla secuencias que tienen como escenario la ciudad y una mente atormentada (Él, 1953) o un desfile de coloridos protagonistas encariñados a un inservible medio de transporte, (La ilusión viaja en tranvía, 1953) como clásicos de la literatura (Robinson Crusoe, 1954). Tuvo la suficiente atención para encontrar a los intérpretes adecuados para cada historia.

Luis Buñuel también deja en evidencia el rostro de un conocedor de pasajes bíblicos y demás referencias religiosas; sin dejar de lado el sello surrealista, plasma escenas que emulan la famosa “Última cena” encarnada por una novicia y demás personajes signados por la corrupción espiritual (Viridiana, 1961), o hasta un demonio femenino seduciendo al ermitaño del desierto (Simón del desierto, 1965). Buñuel logró darle perfecta salida al conocimiento que había sido parte de su vida, ya sea por su formación o por elección.

Como las que ya he mencionado, hay otras tantas versiones o lecturas que se pueden dar al trabajo de Luis Buñuel y que seguramente usted ya tendrá en mente. En gran medida el texto que ahora presento busca que cada espectador encuentre un rostro de Buñuel en el cual vea algo que haya escapado al resto de las miradas. No hay filme que quede exento del análisis, no hay etapa de su vida sobre la cual no haya curiosidad; podemos aprovechar que hay un Buñuel para cada espectador.

Viridiana Ramírez Neria

Viridiana M. Ramírez Neria, habitante del D.F., pasante de licenciatura en Historia por parte de la UNAM. Con gran cariño hacía el cine, la fotografía y las letras indomables. Participaciones en coloquios y menciones honorificas en concursos fotográficos, han sido una parte de su trayectoria.

Comentarios