El gobierno de las bestias.


¿Por qué en ciertas situaciones parece necesario para los gobernantes irrumpir en la legalidad y hacer uso de la fuerza, todo esto bajo la supuesta búsqueda del porvenir del Estado? ¿Acaso no es paradójico o contradictorio? Es de lo que vamos a hablar a continuación, algo que podríamos llamar: la dialéctica que existe entre lo animal y lo humano en la política.

Para tratar un tema como éste habría que hablar de una larga tradición política que incluye a Platón, Aristóteles, Hobbes, Derridá, Hannah Arendt, Giorgio Agamben, entre otros. Pero en esta ocasión hablaremos únicamente de un autor cuyo papel en la historia de la Filosofía Política es por demás conocido: Nicolás Maquiavelo, el genio renacentista autor de El Príncipe. Tal obra, presentada como un “manual” ‒dirigido a Lorenzo de Médici, estadista y gobernante de la República de Florencia‒, una propuesta de estrategia y discurso político para la consolidación del Estado, contiene un capítulo dedicado a aquello sobre lo que queremos reflexionar el día de hoy.

Es en el capítulo XVIII, titulado “De qué modo han de guardar los príncipes la palabra dada”, donde Maquiavelo da cuenta de esto que es bastante curioso, problemático y paradójico: la necesidad que tiene el gobernante de moverse entre lo humano y lo animal en favor del Estado. Según Maquiavelo, al buscar la prosperidad del Estado hay que apoyarse en las leyes, pero llega un punto en el cual esto deja de ser suficiente y hay que recurrir a la fuerza, es decir, cuando no basta combatir como hombre hay que volverse bestia; siendo esto así, “es necesario, por tanto, ser zorra para conocer las trampas y león para amedrentar a los lobos” (Maquiavelo, 1989, p. 91).

effPor esta razón no se guarda la palabra dada, e incluso se falta a la propia palabra, es decir, se ignoran las promesas y se burla el ingenio de los hombres, pero está completamente justificado en tanto que los mismos hombres, por su naturaleza malvada, también lo hacen. Sin embargo, la intención principal de todo esto no es sino el bienestar y la prosperidad del Estado; el gobernante “a menudo se ve obligado, para conservar su Estado, a actuar contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad y contra la religión” (Maquiavelo, 1989, p. 92).

Al gobernante no le queda más que moverse entre el bien y el mal, entre la legalidad y la bestialidad, engañando a los hombres justificadamente. Ser malo aparentando bondad, al cabo que aquél lo suficientemente capaz como para ver la verdad jamás podrá hacer nada en contra de la opinión popular, la opinión de la mayoría, y mucho menos contra el poder del Estado, pues “jamás faltaron a un príncipe razones legítimas con las que disfrazar la violación de sus promesas” (Maquiavelo, 1989, p. 91).

En este respecto, la situación no es diferente en medida alguna a aquella fábula de Jean de la Fontaine: El lobo y el cordero.

Apagaba su sed un corderillo en la corriente de una onda cristalina. Llegó en esto un lobo hambriento en busca de aventura.

‒ ¿Quién te hizo tan osado? ‒dijo furioso este animal‒ que te atreves a estorbarme? ¡Por tu atrevimiento vas a ser castigado!

‒ Señor ‒respondió el cordero‒, no se enfade vuestra majestad: iré muy a gusto a apagar mi sed en la corriente veinte pasos más abajo, y así no podré estorbarle cuando beba.

‒ Pues sí me estorbas ‒repuso el cruel animal‒; y sé además que el año pasado hablabas mal de mí.

‒ ¿Cómo es posible, si aún no había nacido? ‒contestó el cordero‒. ¡Todavía mamo la teta de mi madre!

‒ Pues si no eres tú, entonces es tu hermano.

‒ No tengo ninguno.

‒ Entonces es alguno de los de tu calaña y da lo mismo, porque todos vosotros, vuestros pastores y vuestros perros, no me perdonáis. ¡Me lo han dicho y tengo que vengarme!

Y añadiendo el dicho al hecho, llevóse el lobo al corderillo a lo profundo del bosque, devorándole allí sin más explicaciones. (De la Fontaine, 1985, pp. 17-18)

fñgldfg

Simplemente la razón del más fuerte será siempre la única válida, por ello es que el lobo decide comerse al cordero sin el debido proceso, sin mayor razón que la de su fuerza. De la misma manera que el gobernante, en sus engaños y movimientos entre lo bueno y lo malo, entre lo animal y lo humano, siempre apelará a la fuerza del Estado, al poder, en última instancia siempre se refugiará en la bestialidad.

Por ello, conclusivamente, Maquiavelo señala: “Trate, pues, un príncipe de vencer y conservar su Estado, y los medios siempre serán juzgados honrosos y ensalzados por todos, pues el vulgo se deja seducir por las apariencias y por el resultado final de las cosas, y en el mundo no hay más que vulgo” (Maquiavelo, 1989, p. 92).

Nada de esto nos es desconocido, no es nuevo para nosotros, parece ser precisamente una práctica común para los Estados de hoy día. Apenas en la semana Gerardo nos presentaba el caso de dos inmigrantes italianos que sufrieron la bestialidad del Estado Norteamericano, al ser llevados a la silla eléctrica porque sus ideas anarco-comunistas “presentaban un riesgo”, y en tal caso el Estado puede actuar como le dé la gana para contrarrestarlo. Y ni hablar del Estado mexicano, con un asno a la cabeza, perezosos como legisladores, y cerdos aplicadores de la fuerza contra toda amenaza: estudiantes que protestan (ahora o hace 50 años), periodistas que denuncian, maestros que exigen, propuestas que vayan en contra de lo permitido. Acorde con Maquiavelo, el Estado siempre podrá tornarse animal para protegerse, no importando cuan salvaje y opresor pueda llegar a ser.

En todo caso la cuestión que debería importarnos no es ya si el Estado deambula entre lo humano y lo animal, sino ¿cuándo se despojó por completo de su humanidad? ¿En qué momento terminamos con un gobierno puramente animal que ya ni siquiera justifica sus actos por la supervivencia y prosperidad del Estado y del derecho, sino en favor del bienestar y el interés personal? La razón del más fuerte será siempre la única válida, es cierto, pero como versan las protestas, el pueblo es más fuerte, la unión de la gente debería ser suficiente para defenderse de la bestialidad del Estado… Pero esto sale de nuestras manos por el momento.

dfsfsd

Mi intención sólo es mostrar una de las tantas paradojas que se viven en la política, una muy básica que atestiguamos en el día a día. Al igual que ésta, también está la paradoja de la soberanía moderna: que el soberano se encuentra, al mismo tiempo, fuera y dentro del ordenamiento jurídico, el cual sólo es posible mediante la declaración del estado de excepción; o la paradoja de la biopolítica foucaultiana, el hecho de que una política cuyo objeto y objetivo es la vida, al tener dentro de su estructura básica al racismo, tiende hacia el genocidio y deviene necropolítica. De éstas dos me gustaría ocuparme a detalle en una ocasión posterior y por ahora terminar lanzando la siguiente pregunta: en un Estado completamente bestializado, ¿hasta cuándo decidirán los corderos comerse al lobo?

 

12

Ricardo Israel Sánchez Becerra

Ricardo Israel Sánchez Becerra, nacido en la ciudad de México hace 25 años. Estudiante de Filosofía en la UNAM. Actualmente elabora una tesis acerca de la crisis de la educación desde el sistema filosófico de Hannah Arendt. Interesado principalmente en Filosofía de la educación, Taoísmo, Estoicismo, Nietzsche, y en la divulgación de la Filosofía mediante la cultura popular.

Referencias

  1. De La Fontaine, Jean, “El lobo y el cordero” en Fábulas. Editores Mexicanos Unidos, México, 1985.
  2. Maquiavelo, Nicolás, El Príncipe. Traducción de Miguel Ángel Granada. Alianza, México, 1989.

Comentarios