Sobre los que dictan la justicia. El caso de Sacco y Vanzetti.


No me había dado cuenta del amplio número de series televisivas, de origen estadounidense, cuyo eje central es el crimen, la ley y la justicia; muchas de ellas se han convertido ya en clásicos de nuestra pantalla chica. Que arroje la primera piedra quien no recuerde aquella frase que dice: “En el sistema de justicia criminal, las ofensas de origen sexual se consideran especialmente perversas”, seguida de aquel particular sonido. Y es que su creación parece pertenecer a una estable tradición cuyos inicios pueden ser fácilmente rastreados –por lo menos– en la penúltima década del siglo XX. Su mensaje, más allá de las penurias y conflictos por los que atraviesan los encargados del orden, es demostrar, que pese a todo, la Ley y la Justicia (si, con mayúsculas) son entes incorruptibles e imparciales que siempre triunfarán en el país de las barras y las estrellas.

El 5 de mayo de 1920 ha demostrado que, por encima de esta onerosa cantidad de historias ficticias, la realidad es otra y se encuentra muy distante de aquellas. Todo comenzó días antes, el 15 de abril, cuando un pagador de la compañía Slater & Morril Shoe Company, y su guardia, fueron asesinados en Massachusetts mientras les robaban 16 mil dólares pertenecientes a la nomina de los trabajadores de aquella empresa. Fue el 5 de mayo cuando dos inmigrantes italianos fueron arrestados y acusados de aquellos crímenes, sus nombres: Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti. Dos nombres que protagonizarían uno de los episodios más polémicos de la historia jurídica de aquel país.

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Sacco era un diestro zapatero que junto al vendedor ambulante de pescado, Vanzetti, fueron arrestados en un tranvía en la ciudad de Brockton. Si bien sus actividades laborales parecían distintas, lo que a ellos los unía era la misma conciencia ideológica; ambos eran anarquistas radicales (si es que eso no es redundante), militantes que predicaban la insurrección, el robo y la utilización de bombas, seguidores del célebre anarcocomunista Luigi Galleani. Para ellos (de forma muy general), sus acciones se encontraban justificadas por la búsqueda epopéyica de la Libertad, aquella que sólo podría ser alcanzada mientras no existiera “opresores”, y por ende, “oprimidos”; la violencia ejercida por ellos era útil en tanto se enfrentaba a la violencia de quienes se interpusieran en la consolidación de su objetivo. En una carta dirigida a la feminista Alice Stone Blackell, Vanzetti señalaba:

Mientras más vivo, más sufro, más aprendo, más me inclino a perdonar, a ser generoso, y que la violencia como tal no resuelve el problema de la vida. Y mientras más amo aprendo que “el derecho de todos a la violencia no va junto con la libertad, sino que comienza cuando termina la libertad”. El esclavo tiene el derecho y el deber de sublevarse contra su amo. Mi objeto supremo, el del Anarquista es: “la total eliminación de la violencia de las relaciones.

Fue así como aquel 5 de mayo fueron arrestados en posesión de un par de armas con municiones, además de literatura anarquista. Siete años duró el proceso judicial que debatía la sentencia de muerte para Sacco y Vanzetti; siete años plagados de numerosas manifestaciones –locales, nacionales e internacionales–, conferencias y pronunciamientos por parte de figuras notables como Edmund Wilson y John Dos Passos, o los británicos H. G. Wells y Bertrand Russel, entre otros; siete años que culminaron el 23 de agosto de 1927, cuando Sacco y Vanzetti fueron ejecutados en la silla eléctrica.

Durante ese periodo numerosas pruebas fueron presentadas en favor y en contra de los italianos; sin embargo la mayoría de ellas demostraban que estos no habían perpetrado el robo y asesinato de aquellos hombres. Las armas no coincidían, al igual que las municiones; se decía que el arma que Vanzetti portaba le fue robada al guardia durante el asesinato, aunque se comprobó que este último no llevaba ninguna al momento del crimen; los testigos no lograban ubicarlos dentro de la escena, contrario a ello, había quienes decían haberlos visto en otros espacios; incluso se argumentaba que un pequeño gorro encontrado en la escena del asesinato pertenecía a Sacco, no obstante los testigos del juicio señalaban que era muy pequeño para ser de él. Entonces, ¿por qué fueron encontrados culpables?

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La respuesta, aunque en esencia sencilla, engloba parte del pensamiento estadounidense de la época. Era la década de los veinte, una década marcada por los estragos económicos y sociales que la Primera Guerra Mundial había dejado; los países involucrados en ella comenzaban a padecer las consecuencias de haber procurado la industria militar mientras dejaban en el olvido a los sectores encargados de suministrar alimentos; frente a ello, países neutrales como Estados Unidos se posicionaron como nuevos centros hegemónicos de la economía mundial, incluso algunas naciones de América Latina, como Argentina o Uruguay, se vieron beneficiados por la demanda europea de carne.

Italia sufría las consecuencias de una “victoria mutilada”, que más que beneficios, trajo consigo crisis económicas y sociales que ya atisbaban la llegada del fascismo. La migración fue entonces una salida para los millares de italianos que no encontraban sustento en su país de origen; frente a ello, el continente americano aparecía como la principal opción y Estados Unidos una de las tantas ofertas posibles dentro de él.

La llegada de hombres nuevos a tierras nuevas significaba también la llegada e implementación de ideas nuevas, mismas que no siempre fueron bien recibidas. Tiempo atrás, en 1917, Rusia había sido escenario de una revolución cuyas consecuencias superaban las fronteras de lo nacional e incluso del propio plano político; el triunfo bolchevique hacía efectiva la idea de un sistema político, social y económico distinto al implementado en Estados Unidos o en la Europa occidental. El socialismo no era más una idea, era ya una realidad, misma que había sido desdeñada y atacada desde antes de su existencia por los grandes hombres del capitalismo. Anarquismo y comunismo eran dos “plagas” que habían desatado “el miedo rojo”.

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Fue una consecuencia lógica que en Estados Unidos, exponente por antonomasia del capitalismo, hombres como Sacco y Vanzetti fueran perseguidos e incriminados. Su proceso judicial, más que por el robo y asesinato, estaba enfocado en el carácter anarquista y extranjero de estos dos hombres, que además se habían rehusado a prestar sus servicios en el reclutamiento militar. Su caso, a pesar de ser el más famoso, no fue el único: personajes como Emma Goldman o Alexander Berkman fueron férreamente perseguidos; incluso figura el caso de Andrea Salsedo, un italiano residente de Nueva York que fue hecho prisionero por agentes del FBI en las oficias del piso 14 del Park Row Building y que el 3 de mayo de 1920 fue encontrado muerto en el pavimento sobre el que se encontraba aquel edificio; las versiones oficiales señalan que fue un suicido, aunque hay quienes argumentaron que fue un homicidio.

Parte de ello se ve colaborado con las acciones impulsadas por el Fiscal General Mitchell Palmer, quien desde 1919 había atacado numerosas organizaciones laborales con una amplia base de inmigrantes. Incluso el presidente Woodrow Wilson, durante un discurso pronunciado el 7 de diciembre de 1915, describía a los inmigrantes como hombres que han “vertido su veneno de la deslealtad en las propias arterias de nuestra vida nacional”. En el caso específico de Sacco y Vanzetti, una muestra del interrogatorio policiaco da cuenta del enfoque que su juicio había adquirido:

Policía: ¿Eres ciudadano?

Sacco: No.

Policía: ¿Eres comunista?

Sacco: No.

Policía ¿Anarquista?

Sacco: No.

Policía ¿Crees en el gobierno de nosotros?

Sacco: Sí. Algunas cuestiones me gustan de modo diferente.

No se trataba de ser culpables del robo y asesinato de dos hombres, se trataba de ser comunistas o anarquistas; ya Vanzetti lo describía al comentar la figura del juez a cargo de su caso, Webster Thayer: “Es un fanático, y por consiguiente, cruel. En el momento de nuestro arresto y en los juicios, sus semejantes veían todo rojo a su alrededor, y él veía todo más rojo que sus semejantes”. Cincuenta años después de su asesinato, en 1977, el gobernador de Massachusetts, Michael Dukakis, señaló que el proceso penal que atravesaron los italianos careció de justicia y por ende “cualquier desgracia debería ser para siempre borrada de sus nombres”.

El caso de Sacco y Vanzetti se trató de un juicio en contra de las ideas que contraponían los preceptos de una nación y de sus dirigentes. Culpables o no del robo y asesinato, la justicia careció de aquella imparcialidad y honradez que por años se ha jactado de poseer. Casos como este los hay en todos los rincones del mundo, ni qué decir de México. Que sea esta una lectura para reflexionar sobre la esencia misma de la “Justicia” y del papel que poseen los encargados de dictar lo “bueno” y lo “malo” en nuestra sociedad.

Gerardo Emmanuel García Rojas

Egresado de la Licenciatura en Historia de la FES Acatlán.

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