Lisa Simpson y el mito de Jeremías Springfield en sentido extramoral


En algún apartado rincón del centelleante universo, vaciado en innumerables sistemas solares hubo una vez un astro, sobre el que animales inteligentes inventaron Los Simpson. Fue el minuto más arrogante y falaz de la historia del mundo…

No, no hablamos de ese fétido y moribundo remedo de programa que sale en Fox, sino de aquella sátira animada tan significativa que se volvió un referente obligatorio ‒al menos sus primeras nueve u once temporadas‒; de la que incluso se dice que no sólo hacía referencia a películas, obras literarias, y demás elementos culturales, sino que también estaba plagada de Filosofía. Así es, por más que algunos puedan pensar que la Filosofía es algo demasiado elevado como para que un producto “vulgar” como Los Simpson pueda tener algo que ver con ella, se equivoca, y los ejemplos para ello son tantos que se puede hacer un libro entero ‒y se ha hecho­‒, pero en esta ocasión sólo quiero hablarles de uno de mis episodios favoritos: Lisa la Iconoclasta.

Seguro lo recuerdan, tan sólo tiene 20 años que se estrenó, es aquel en que Lisa, mientras realiza una investigación para una tarea de la escuela, descubre que el héroe fundador del pueblo Jeremías Springfield ‒o Jebediah en inglés‒, no es sino una farsa, un sanguinario pirata con una lengua de plata que intentó matar a George Washington, pero que sólo logró que lo mordieran con los dientes de madera en, bueno, ya saben dónde…

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Nadie cree la historia de Lisa, y con obvias razones, es como si hubiera dicho que Lincoln vendía leche envenenada en las escuelas o que John F. Kennedy era nazi. ¿Recuerdan que casi linchan a Bart por haberle cortado la cabeza a su estatua? Se trataba de Jeremías Springfield, el fundador del pueblo, ¡venció a un búfalo con sus propias manos! Ningún pirata podría haber dicho aquellas sabias palabras: “Un noble espíritu agrandece al hombre más pequeño”.

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A pesar de que desentierran el cuerpo para verificar que no hay lengua de plata y que todo es una farsa, Lisa no desiste y descubre que el encargado del museo dedicado a Jeremías Springfield, Fedo Felgues, tomó y ocultó la lengua para proteger el mito al que tantos años le ha dedicado su vida. En ese momento, tanto Lisa como el anticuario irrumpen en el desfile para revelar la verdad a todos, que la fiesta que celebran es sólo una falacia, pero en el último momento, tras ver a todos los ciudadanos celebrando armónicamente, Lisa decide no contar la verdad. ¿Por qué? ¿Por qué mantener la ilusión? Porque tuvo un chispazo nietzscheano. ¿Cómo es esto?

Recordemos que para F. Nietzsche aquello que conocemos como “la verdad” no son sino ilusiones de las que ya se ha olvidado que lo son, verdades construidas por la habilidad metaforizadora del lenguaje. Es decir, ¡todo es ilusión!, y no en el sentido de que nada sea real, de que nada exista, sino que todo lo que se ha designado como verdadero es mero producto humano. Dice Nietzsche que la verdad es:

Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes. (Nietzsche, 1994, p. 25).

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Los hombres, mediante el lenguaje, son los creadores originales de aquello que se considera verdadero, de lo bueno y lo malo, del sentido de la realidad, es por eso que “cada pueblo habla su lengua propia del bien y del mal […]. Cada pueblo se ha inventado su lenguaje propio en costumbres y derechos” (Nietzsche, 2011, p. 115). Han hecho esto como un tratado de paz, un acuerdo para hacer frente a la agresividad de su naturaleza humana, deciden inventar una designación de las cosas uniformemente válida y obligatoria, esta convención genera confianza y permite la comunicación, genera certezas cruciales, así es como han creado “la verdad”.

En el discurso se va creando la realidad, esos tipos de racionalidad que creamos, creaciones conceptuales, meras perspectivas que apreciamos por sus consecuencias agradables; es decir, “el hombre […] ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos” (Nietzsche, 1994, p. 21).

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Por un lado, ese conocimiento puro que menciona Nietzsche es una referencia a la “cosa en sí”, aquello que podríamos llamar “la realidad”, “las esencias primitivas”, algo totalmente inalcanzable para nosotros, pues en efecto hay algo originariamente ahí, pero no tenemos manera de nombrarlo, de nombrar las cosas como son, sólo poseemos nuestras metáforas. Por otro lado, hay una clave importante en aquello de que ansiamos las consecuencias agradables de la verdad, pues ya que todo es ficción y hay muchas verdades, hay que validarlas en tanto no tergiversen la vida, en tanto no se proclamen como el sentido único y último de la vida, pues al final todo es un invento derivado de una lucha de fuerzas, todo son máscaras encima de más máscaras. Jamás hay que olvidar que el lenguaje es metáforas creadas creadoras de metáforas, y lo importante es la evaluación que tienen esas metáforas en nuestro modo de nombrar el mundo; no importa qué sea lo verdadero, sino las consecuencias de lo que se acepta como tal.

¿Podrá ser todo esto lo que hizo que Lisa no contará “la verdad” sobre Jeremías Springfield? Yo creo que sí. En ese pequeño lapso en que pudo contemplar a los habitantes de Springfield conviviendo armónicamente, trabajando hombro con hombro con miras a un ideal de enriquecimiento ‒agrandecimiento‒ humano, entendió que aquello que toda su vida había conocido como “la verdad” en realidad funcionaba de otro modo. ¿Y qué si el supuesto fundador y héroe del pueblo no es quien los libros de historia afirman qué es, en tanto que el mito que se forjó en torno a él promueve los mejores valores entre las personas? En una ciudad llena de ignorancia, corrupción, crapulencia y demás vicios, ¿es realmente perjudicial conservar la idea de que el fundador del pueblo es una figura virtuosa y ejemplar para todos?

¿Acaso la verdad es algo sagrado y universal?  No. Recordemos, no hay hechos eternos ni verdades absolutas, la verdad es un invento humano, sólo nos importa por sus consecuencias agradables, sólo es válida en tanto genera confianza, comunicación, comunidad, en tanto afirma la vida y le da consistencia al mundo. La verdad bien podría ser que Batman fundó el nuevo mundo, ¿y qué de malo tendría esto si se promueve entre las personas un profundo respeto por la vida, repulsión por las armas de fuego, y la máxima “justicia, no venganza”?

Por eso es que me gustan tanto Los Simpson y este episodio en particular, porque están llenos de Filosofía, porque siempre que veo a Lisa tomar el micrófono puedo ver que ese segundo en que contempla a la gente es sumamente significativo, que le da una epifanía nietzscheana, y siempre me conduce a cuando leí Sobre verdad y mentira en sentido extramoral por primera vez. Su decisión no podría ser más correcta, ¿por qué derrumbar el mito de alguien que quería un pueblo para vivir en castidad, abstinencia y jugo de grosella para desarrollar la inteligencia ‒y no un pueblo en el que la gente pudiera casarse con sus primas‒?

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Ricardo Israel Sánchez Becerra

Ricardo Israel Sánchez Becerra, nacido en la ciudad de México hace 25 años. Estudiante de Filosofía en la UNAM. Actualmente elabora una tesis acerca de la crisis de la educación desde el sistema filosófico de Hannah Arendt. Interesado principalmente en Filosofía de la educación, Taoísmo, Estoicismo, Nietzsche, y en la divulgación de la Filosofía mediante la cultura popular.

Referencias

  1. Nietzsche, F. (1994). Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Madrid: Técnos.
  2. Nietzsche, F. (2011). Así habló Zaratustra. Madrid: Alianza.

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