El día más contaminado en los últimos 15 años.

Hace algunos días hubo una serie de vientos y lluvias muy fuertes en la ciudad, el clima parecía realmente apocalíptico. Muchos árboles cayeron, algunos por causa de la fuerza de la naturaleza, otros cayeron a causa de la fuerza del hombre. Los primeros me maravillaron de una manera muy extraña a la que ya referiré, los segundos me dolieron demasiado.

La gente estaba muy asustada y molesta con el comportamiento del clima. Molesta porque ese clima le impedía seguir con su vida cotidiana y asustada por la inclemencia e intempestividad que se vivía en las calles. Yo en lo personal me sentía muy contento y muy sorprendido; me sorprendía la fuerza con la que la naturaleza golpeaba la ciudad, me parecía majestuosa y admirable la impotencia de nuestra civilización ante una fuerza que no es posible contener o eliminar, sólo nos restaba ser espectadores de este caos.

Si todo parecía tan terrible ¿por qué razón yo me sentía contento? Me sentía contento porque sabía una cosa: sabía que la naturaleza estaba buscando su equilibrio. Me atrevo a decir que estaba buscando su equilibrio expulsando de sí todo lo que inclina la balanza deL lado de todo lo toxico que hay en ella, es decir, todo aquello con lo que contaminamos nuestro medio ambiente. Ya sea la contaminación emitida por los gases de nuestros automóviles, por la basura que tiramos en espacios públicos en general, llámense calles, transportes públicos, parques, etc. Todo ello hace que nuestro cielo se vuelva gris, que sea imposible distinguir nube alguna, o ya sea posible ver la silueta clara del sol. Eso hace que nuestro aire sea difícil de respirar y sea difícil de ser asimilado por nuestros pulmones.

Creo que era su forma de desintoxicarse, porque pude ver el cielo tan claro, como hacía muchos años no sucedía, después de esa lluvia caótica y ese viento salvaje. En los días que le sucedieron al caos todo era tan claro que se podían ver los volcanes, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Sin exagerar, casi se me salen las lágrimas al verlos en el horizonte, no recuerdo antes haberlos visto tan claros, tan bellos, tan majestuosos. Era un panorama lleno de contraste en la ciudad, por un lado estaba la naturaleza como si se estuviese levantando de una fuerte enfermedad, pero regresando más fuerte; por otro lado estaba la ciudad, parecía como si la hubieran volteado de cabeza y después la hubieran vuelto a su posición natural. Las calles llenas de árboles en los suelos, de ramas, de hojas; eso era una fotografía terrible pero bella.

Aquí empieza la pesadilla. Sí, eso no era aún nada de que espantarse, nada por lo cual comenzar un drama. La gente en su paranoia comenzó a llamar a los bomberos para tirar árboles que “amenazaban” con caer en sus hogares, comenzaron a reportar a las autoridades esos “peligros”. Yo vagaba por las calles, sonriendo por lo hermoso de la naturaleza, y llorando cada vez que escuchaba el sonido de las motosierras dándole muerte a muchos de los viejos sabios (los arboles). Ahí comenzó a surgir la rabia en mí. ¿Qué me da el poder de decidir qué es lo que amenaza mi vida en este mundo? ¿Qué me da el poder de destruir la vida en este planeta, con la preservación de mi vida como argumento?

Siguiente escena de la pesadilla: ¡El día más contaminado en los últimos 15 años! ¡Sí, hace años que nuestra ciudad no estaba tan contaminada!

El cielo no duró ni 2 días en ese estado límpido y azul, nuevamente una espesa capa gris de gases contaminantes recubrieron el cielo. No sólo eso, la capa gris era tan intensa que parecía niebla, no se alcanzaban a ver siquiera los cerros más cercanos; todo estaba lleno de autos, todo estaba lleno de basura, nadie hizo caso a la primera fuerte llamada de atención de la naturaleza, todos siguieron con su vida como si nada hubiera ocurrido.

A tal punto se extendió de nuevo la contaminación que hubo alerta de contingencia ambiental en la ciudad. Las escuelas cerraron, los transportes públicos se volvieron gratuitos. El propósito era evitar las enfermedades respiratorias saliendo a la calle lo menos posible y fomentar el uso de los transportes públicos así dejando los autos en casa, para no seguir con esa creciente contaminación. Todo parecía en orden, las calles se veían menos congestionadas de tráfico. Al cabo de unos días la contaminación volvió a disminuir. Pero eso no significo que hayan entendido las señales de alerta de la naturaleza.

Cuando pasó la parte fuerte de la contingencia y los transportes públicos dejaron de ser gratuitos, otra vez los autos comenzaron a atascar de nuevo todas las vialidades, volvieron todos a su vida tan cotidiana; lo único que pude pensar fue: “Ustedes realmente no están tomando conciencia de la causa de toda esta contaminación, a ustedes solo les gustan las cosas “gratis”, no es que ahora pensaran en utilizar más el transporte público por haber tomado conciencia de la contaminación, era que lo utilizaban por ser “gratis”, digo “gratis”, aunque a final de cuentas son parte de los impuestos los que se destinan como subsidio a esos transportes públicos, así que… ¿realmente fue gratis?

¿Aún no se sienten intimidados por las consecuencias de la forma en la que producimos desechos contaminantes en nuestra vida cotidiana?

Todo esto que ha sucedido no es producto de un castigo divino, no es parte de las inclemencias normales de la naturaleza, es consecuencia de nuestros actos. La naturaleza es un enorme organismo vivo, ¡sí, no somos la única forma de vida! Pensemos el planeta de la misma forma que un ser humano, ya que ambos son organismos vivos similares. ¿Qué sucede cuando consumimos cosas toxicas para nuestro cuerpo? Exacto, enfermamos y nuestro cuerpo entra en un proceso de desintoxicación; nuestro cuerpo busca expulsar de él todo lo que le es nocivo, ¿cómo lo hace? Con diarreas, gripes y vómitos.

De la misma manera funciona el mundo, cuando éste se encuentra intoxicado busca la manera de volver a su equilibrio, a su “salud”. Al igual que un cuerpo sufre procesos de desintoxicación, el mundo lleva a cabo procesos similares en forma de lluvias torrenciales, vientos salvajes y grandes inundaciones.

El planeta funciona igual que un cuerpo en la lucha contra los parásitos que buscan vivir destruyendo su hábitat. Un cuerpo se vale de los anticuerpos y de procesos de desintoxicación para destruir o expulsar a los parásitos. De la misma forma ocurre con el mundo, porque mediante procesos naturales busca expulsar, o destruir, a los parásitos que le están haciendo mal. Ahora, ¿adivinen quienes se están volviendo unos parásitos para el mundo?

Sí seguimos reproduciendo estas costumbres tan nocivas para el medio ambiente, el mundo nos destruirá. Debemos ser conscientes de que el planeta no depende de nosotros para seguir girando, no necesita de nosotros para seguir existiendo. Nosotros somos parte de él, somos habitantes de él, sí nos convertimos en un parásito, como lo hemos estado haciendo en estos últimos años, la naturaleza nos destruirá, no porque ella sea vengativa, ¡no! sino porque somos la enfermedad de la cual necesita curarse de manera natural para seguir existiendo. Debemos de reflexionar seriamente cuál queremos que sea nuestro papel en el mundo, si queremos existir como un habitante que se ve como parte de la naturaleza y por ello la cuida y la respeta, o si preferimos seguir desarrollando nuestras acciones contaminantes y explotadoras como parásitos que sólo están cosechando su propia destrucción.

Espero que si no se habían puesto a reflexionar acerca de esta cuestión, ahora lo hagan. No solo se trata de ir cómodo en un auto propio en vez de apretado en el metro, se trata de que nuestra existencia podría depender de eso, de contaminar en mayor o en menor medida. En todo caso valdría la pena exigir que se optimice el servicio en el transporte público, de tal manera que todos podamos ir cómodos. Tal vez gastar a la larga lo que invertirías en un automóvil, en que haya más y mejor transporte público, en donde tú y yo podamos ir sentados.

No lo sé, piénsalo…