De genios malignos y otras esquizofrenias.


Hace no mucho, un compañero del trabajo se acercó a mí, a sabiendas de mi gusto por la filosofía, y me preguntó: Oye, ¿has pensado que tal vez el mundo no es como creemos? ¿Qué tal que es como en los videojuegos? ‒yo pregunté en qué sentido‒, Sí, así como esos videojuegos cuyo escenario se va generando poco a poco acorde vas avanzando, que no existen hasta que llegas a tal o cual punto. ¿Qué tal si detrás de esos cerros que alcanzamos a ver no hubiera nada? Nada de nada. ¿Qué tal si conforme fuéramos avanzando, alguna inteligencia orgánica, mecánica o de cualquier tipo, fuera generando ese mundo, o incluso sólo nos hiciera creer que ahí está? ¿CÓMO PODEMOS DEMOSTRARLO?

Aunque en un primer momento pude llegar a pensar en la física cuántica y esa teoría acerca de que la materia se genera a partir de que es percibida, mi ignorancia al respecto me orilló hacia una respuesta que, cualquiera con un conocimiento básico de filosofía, puede haber ya adivinado: Descartes. “¿Cómo podemos demostrarlo?”, me preguntó, y yo pensé ¡Caramba! ¡Qué pregunta tan difícil! Yo solamente soy un hombre, y ni si quiera un hombre brillante como René Descartes, el padre de la filosofía moderna y la geometría analítica, quien con todo ello tampoco pudo demostrar que el mundo que percibía, junto con todos sus supuestos seres y objetos, fuera real.

flat,1000x1000,075,f.u1¿De dónde sacó tal disparate aquel físico, matemático y filósofo francés del siglo XVII? Como buen filósofo que no quiere creer en algo sin saber por qué lo hace ‒y que goza haciendo preguntas incómodas‒, cayó en cuenta de que si tenemos la intención de alcanzar un conocimiento que sea claro y distinto, tenemos que empezar por deshacernos de todas aquellas cosas falsas que desde pequeños hemos aceptado como verdaderas y en las que, por hábito y costumbre, hemos forjado nuestro saber general; se trata de un ejercicio, conocido como “duda metódica”, en el que hay que tumbarlo todo y empezar desde cero, para llegar a algo cierto hay que empezar por considerar todo como falso, dudar de todo. ¿A qué se refiere con esto?

Para empezar: los sentidos, “todo lo que hasta ahora he admitido como lo más verdadero lo he recibido de o por medio de los sentidos”.1 Hay que empezar por dudar del conocimiento proveniente de los sentidos, pero ¿por qué? Parecen una fuente verdaderamente confiable, me es muy difícil pensar que algo de lo que se presenta ante mis sentidos pueda no ser real. Pero de hecho son engañosos, a menudo me hacen creer cosas que no son ciertas, como que los objetos son de cierto tamaño cuando los veo de lejos, pero de cerca resultan ser más grandes; las múltiples ilusiones ópticas; sonidos que atribuyo a ciertas causas, pero terminan proviniendo de fuentes completamente diferentes; etc.

Los sentidos me hacen creer ‒según Descartes‒ que en este momento estoy en mi cabaña, sentado junto al fuego, en bata, escribiendo todo esto… O en una versión actual: aquí, ahora, en el baño de la casa de mis padres,  en mi Smartphone, con los pantalones abajo y las piernas acalambradas, escribiendo un artículo sobre Descartes. No hay razón para dudar de ello, a menos que fuera un loco o que estuviera ahogado en ácido lisérgico. Sin embargo, soy hombre y sueño, y el sueño me persuade de estar aquí del mismo modo que acabo de relatar, mediante los sentidos. Es decir, en sueño también percibo imágenes, sonidos, sensaciones, me estremezco, brinco, puedo llegar hasta a reír y llorar, todo de un modo tan real que me es imposible distinguir si estoy dormido o despierto; “me parece tan evidente que la vigilia no puede distinguirse nunca del sueño con indicios ciertos, que me quedo estupefacto y este mismo estupor casi me confirma en la opinión de que estoy soñando”.2 A esto se conoce como “el argumento del sueño”.

¿Alguna vez han tenido falsos despertares? Esta extraña situación en que aparentemente despiertan un día por la mañana, se levantan, comienzan a vestirse y bañarse, y se dirigen a la escuela… Pero repentinamente ¡PUM! ¡Se dan cuenta de que siguen en su cama, durmiendo, y que nada de esto fue real! Era imposible saberlo, ese breve tiempo onírico no fue en ningún modo diferente a la vigilia, ¿cómo distinguir el sueño de la realidad? ¿Cómo saber que no estamos soñando? ¿Cómo verificar que no vivimos una situación tipo Vanilla Sky o Inception en donde estamos dormidos ‒en un estado de sueño lúcido‒ e incapacitados para despertar? No hay manera, lo más que nos queda es descartar a los sentidos como una fuente confiable de conocimiento.

‒Esperen a que deje de girar para verificar si no estamos en un sueño‒

‒Esperen a que deje de girar para verificar si no estamos en un sueño‒

Ahora bien, Descartes lleva la duda aún más lejos, con una prueba aún más dura que el argumento del sueño: el Genio Maligno. Imaginemos que existe un “Genio Maligno”, una entidad poderosa y astuta, que ha puesto trampas a mi credulidad, es decir, es capaz de hacerme creer lo que le plazca, como que 2 + 2 = 6.

‒El genio maligno también podría hacer que 2 + 2 fuera igual… ¡A PEZ! ‒

‒El genio maligno también podría hacer que 2 + 2 fuera igual… ¡A PEZ! ‒

Por este motivo ahora debo dudar de todo lo externo: el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, sonidos, ¡incluso de mi propio cuerpo y sus sentidos! ¿Cómo es esto? ¿Cómo puedo dudar de mi propio cuerpo? Ya que dicha entidad tiene la facultad de hacerme creer lo que él quiera, bien podría estarme haciendo creer que soy un hombre joven, de 1.72 m de altura, de 87 kg, piel morena y cabello negro, cuando en realidad no soy más que un cerebro en una cubeta, al que se le inducen todas estas creencias mediante impulsos eléctricos. Jamás detectaríamos dicho engaño y tampoco hay modo de probar que no está sucediendo justo ahora, por descabellado que parezca, no hay modo.

‒La idea del Genio Maligno es similar a Truman Show (1998), siendo éste el equivalente al director que hace creer a Truman que tiene una vida real, cuando en realidad toda su vida no ha sido sino un espectáculo, un “reality show” donde todo fue actuado‒

‒La idea del Genio Maligno es similar a Truman Show (1998), siendo éste el equivalente al director que hace creer a Truman que tiene una vida real, cuando en realidad toda su vida no ha sido sino un espectáculo, un “reality show” donde todo fue actuado‒

Este experimento mental que es la duda metódica nos ha conducido a lo siguiente: Todo es falso, hasta mi ser. ¿Qué puede ser verdadero? Tal vez sólo eso, que todo es falso. Ahora la nada, la inmensidad absorbente y agobiante de la oscuridad, no hay nada, ni si quiera nosotros. ¿En serio? En este panorama desolador, surge, como en un claroscuro barroco, una luz, pequeña, pero al mismo tiempo brillante y cálida: yo existo. ¿Cómo? Aunque el demonio exista y me engañe, para poder hacerlo tiene que estar manipulando algo: mis pensamientos. Así pues, yo soy, existo, en tanto pienso; por más que sea engañado por el genio “nunca conseguirá que yo no sea nada mientras piense que soy algo”.3 Cogito ergo sum, en tanto tenga pensamientos existo ‒ahora sabes lo que significa y de donde proviene.‒

No hay conocimiento más firme y evidente que este, finalmente algo de lo que no puedo dudar: Yo soy mientras pienso, dejar de pensar es dejar de ser. ¡YO EXISTO! Aunque en este punto no sepa bien quién soy yo ‒mis límites y distinciones‒, al menos ya sé qué soy: “hablando con precisión, soy sólo una cosa pensante, esto es, una mente, o alma, o entendimiento, o razón”.4 Soy una cosa verdadera y existente ‒aunque duerma o sea engañado‒, cosa que piensa, mas no el cuerpo, pues todo lo que refiere a él puede no ser más que un sueño o imaginario.

‒¿Recuerdan cuando Dewey le hizo creer a Reese que este último no existía? ¿Y que Reese casi conjuga el Cogito Cartesiano para demostrar su propia existencia?‒

‒¿Recuerdan cuando Dewey le hizo creer a Reese que este último no existía? ¿Y que Reese casi conjuga el Cogito Cartesiano para demostrar su propia existencia?‒

“¿Qué soy, pues? Una cosa que piensa. ¿Qué es esto? Una cosa que duda, que entiende, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, que imagina también y que siente”. 5 Todo esto es importante, valioso en tanto me pertenece, en tanto proviene de mí: soy yo quien duda, quien quiere, entiende, imagina, pues aunque lo imaginado pueda ser falso, imaginar es real y parte de mi pensamiento.

Esta es una certidumbre con un peso enorme, la certidumbre de mi propia existencia. Si acaso estoy soñando, si el mundo no es real y hay un Genio Maligno haciéndome creer todo lo que creo, si acaso el mundo funciona como en los videojuegos y se va generando poco a poco, si soy un cerebro en una cubeta, si acaso Matrix no es sólo una película sino el relato exacto de nuestra condición… lo mínimo que yo tengo ante todo es la certeza de mi propia existencia, lo único a lo que puedo sujetarme en el enorme mar de cosas y personas dudosas, es mi propio yo, lo único con lo que cuento, mi punto de partida y punto último.

Casi podría apostar que esto es algo que todos ‒o al menos la mayoría‒ se han preguntado en algún momento de su vida. Se trata de una inquietud filosófica básica, y en base a ello te pregunto, querido lector, ¿Cómo podrías tú, frente a Descartes, demostrar que el mundo en el que vives es real? ¿Cómo puedes saber que tus creencias no están siendo manipuladas por algún Genio Maligno? ¿Cómo demostrarías que no estás soñando en este preciso momento?

Despierta…

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Ricardo Israel Sánchez Becerra

Ricardo Israel Sánchez Becerra, nacido en la ciudad de México hace 25 años. Estudiante de Filosofía en la UNAM. Actualmente elabora una tesis acerca de la crisis de la educación desde el sistema filosófico de Hannah Arendt. Interesado principalmente en Filosofía de la educación, Taoísmo, Estoicismo, Nietzsche, y en la divulgación de la Filosofía mediante la cultura popular.

Referencias

  1. Descartes, René, “Meditaciones en las que se demuestra la existencia de Dios y la distinción entre el alma y el cuerpo” en Meditaciones metafísicas y otros textos. Trad. y notas E. López y M. Graña. Madrid, Gredos, 1997. P. 16.
  2. Ibíd., p. 17.
  3. Ibíd., p. 22.
  4. Ibíd., p. 24.
  5. Ibíd., p. 25.

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