La vida de un naufrago llamado Robinson Crusoe.


¿Quién no sintió empatía cuando Chuck Nolan perdió en el mar al sr. Wilson tras cuatro años de una entrañable y particular amistad? En nuestros días, el relato más popular que recordamos sobre naufragios, y vidas solitarias condenadas a pasar sus días en remotas islas, lo ocupa el filme Náufrago, dirigido por Robert Zemeckis en el año 2000. Sin embargo, a principios del siglo XVIII ya se advertían historias que relataban las aventuras y desventuras de hombres cuya fortuna los había llevado a vivir en islas desconocidas, deshabitas por el hombre occidental.

1719 fue el año en que salió a la luz La vida e increíbles aventuras de Robinson Crusoe, marinero de York; quien tras ser el único superviviente de un barco mercante, náufrago veintiocho años completamente solo en una isla deshabitada cerca a la desembocadura del río Orinoco de América, y posteriormente liberado insólitamente por piratas; escrito por él mismo Robinson Crusoe para los amigos‒ escrita por el inglés Daniel Defoe, quien junto a Samuel Richardson, es considerado como fundador de la novela inglesa. En esencia la historia versa sobre las aventuras de un inglés, oriundo de York, de nombre Robinson Crusoe, quien, asqueado de la vida tranquila y taciturna acostumbrada por los yorkinos clasemedieros, decidió abandonar cuando joven a sus padres para emprender su más grande ambición: el mar.

Sería este gran anhelo el que lo llevaría a formar una onerosa fortuna como marinero, que vería asentados sus frutos en una plantación en Brasil, pero sobre todo, a vivir 28 años en una isla desconocida sin más compañía que algunos animales domesticados y, en últimas fechas, un caníbal converso al cristianismo nombrado por el inglés como “Viernes”.

Su estilo, que asemeja el de un diario que posteriormente se convirtió en una memoria, hace de ésta una novela tan digerible que el título de la obra parecerá excesivo. Sus mesuradas descripciones nos permiten comprender lo necesario para cada uno de los escenarios, y en ocasiones, nos invitan a reflexionar sobre qué haríamos nosotros bajo la situación del marinero Crusoe, como cuando nos relata el ingenio que en ocasiones tuvo para salir avante frente a las carencias materiales que la isla le proporcionaba.

He de confesar avergonzadamente que la lectura de Robinson Crusoe llegó un poco tarde para mí; a diferencia de la mayoría de quienes lo han leído, no tuve la dicha de hojearlo cuando niño, permitiéndome con ello simpatizar profundamente con las aventuras relatadas y soñar con la lectura que sólo un infante puede hacer. Tristemente la decidia que me llevaba a postergar aquel viejo libro acomodado en los libreros de mi madre llegó a su fin hace algunas semanas, ahora sólo me queda arrepentirme por no cesarla oportunamente, estoy seguro que de niño aquellas aventuras me hubiesen maravillado aún más que ahora.

No obstante, dentro de este infortunio algo bueno habría que sacar, y es que nada mejor que una lectura adulta para comprender de mejor manera todo lo relatado en aquella novela. Es sencillamente fascinante ver en Robinson Crusoe un testimonio por demás ameno sobre el pensamiento colonialista imperante en el mundo occidental del siglo XVIII. Con anterioridad, ya había sido advertido por algunas líneas de James Joyce sobre la presencia de aquel elemento en la obra de Defoe, sin embargo mi lectura de ella estaba tan lejana que aquella instrucción paso tan desapercibida que sólo la recordé hasta leer la novela.

Y es que es tan natural la hegemonía del hombre inglés por sobre todos los demás, que al lector contemporáneo podría asómbrale fácilmente; su desprecio y desdén por los habitantes de piel negra es tan marcado, que su existencia no cobra sentido hasta ser cristianizados, tal cual sucede con Viernes.

Yo [Robinson Crusoe] desplegaba  más celo en las cuestiones religiosas que en ningún otro periodo de mi vida. En tan placidas disquisiciones pasé los últimos tres años de mi destierro. Ocupaba el tiempo en mis conversaciones con Viernes, que era ya mi amigo en lugar de criado, y que se había convertido en un buen cristiano. Nos deleitábamos juntos con la palabra de Dios, leyendo la Biblia.

En esencia, Robinson Crusoe relata la vida de un yorkino que supo hacer de una isla desconocida ‒al ojo occidental‒ su más dulce morada; su devoción por ella fue tal, que incluso tras años de haberla abandonado, sentía una melancolía que lo impulsaba a regresar. El personaje de Daniel Defoe es la muestra de que el hombre europeo logra hacer de su control aún los territorios más adversos y llevar su “verdad” aún frente a los seres más conflictivos.

Sin duda alguna, semejante obra no debería postergarse; sírvase el lector de esta breve reseña para ahondar en sus líneas y descubrir nuevas aristas que mi precaria lectura no pudo encontrar. La vida del yorkino Crusoe es una historia llena de melancolía y atrapantes aventuras, insignia de una época; no sólo se trata de un náufrago, se trata de cómo un hombre logró hacer de una desolada isla, la más grata morada y descubrir con ello los modos y formas de otra época.

Gerardo Emmanuel García Rojas

Egresado de la Licenciatura en Historia de la FES Acatlán.

Comentarios