El hombre detrás de la chica del dragón tatuado.


Stieg Larsson o el soñador insomne.

Segunda parte.

II

«En mitad de la noche, cuando todos los demás dormían, Stieg se quedaba escribiendo en su despacho. Fue así, en plena noche, como nació Stieg Larsson, el escritor de novela negra. […] Quizá suene algo extraño, pero yo creo que en más de una ocasión Stieg pensó que, trabajando lo suficiente, sería capaz de cambiar el mundo.» Kurdo Baksi.1

De adolescente ya soñaba con ser periodista y escritor. Antes de cumplir los cincuenta años no dormía lo necesario por terminar de escribir tres novelas negras que relataban la vida de una hacker antisocial y superdotada que saca del hoyo a un periodista cuyos principios no les caerían nada mal a Federico Arreola y David Páramo. Hijo de obreros del norte de Suecia; nieto de un declarado antinazi durante la Segunda Guerra Mundial; y educado en el trotskismo, Karl Stig-Erland Larsson tuvo una infancia llena de películas y constelaciones.

Para Kurdo Baksi, el desarraigo, el desasosiego y la curiosidad son las características más importantes que debe tener un periodista y Stieg las tenía debido a que durante su infancia constantemente debió cambiar de domicilio.

A los doce años recibió como regalo su primera máquina de escribir y un telescopio. A los 17 trató de viajar a Argelia trabajando como lavaplatos y repartidor de periódicos, pero le robaron todo su dinero. Lo volvió a intentar y lo consiguió; más tarde, a los veintiún años, entró a Eritrea y Etiopía. Durante estos viajes se enfermó de malaria y tras una larga estancia volvió a Suecia, vía Moscú.

En estos años fue también soldado de infantería y encargado en una fábrica de papel. Le gustaba la fotografía, sólo «para dejar constancia de las injusticias del mundo». Se cambia el nombre, añadiéndole una “e”. Decide que quiere estudiar periodismo en Estocolmo. Aplica el examen y es rechazado. Esto lo desanima pero lo toma como un reto: de ahora en adelante les demostrará a esos académicos que él puede ser un verdadero periodista. Ya en esos años su pasión por las letras era evidente en su labor como editor de un par de revistas literarias, aunque no logrará su sueño sino hasta el momento en que entró a trabajar en la agencia de noticias TT; con la cual tuvo una relación de odio-amor. Odiaba el trato que tenía con sus jefes, pero amaba el trabajo, además éste era su único sustento, y había que conseguir recursos para Expo, su propia revista antirracista, que siempre fue austera.

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A los treinta y seis ya podía considerarse un escritor, aunque en el género de la no-ficción. Colaboró para un considerable número de libros que abordaban el tema de la extrema derecha. Pero el único libro de este género que no escribió en co-autoría fue Sobrevivir al deadline: manual para periodistas amenazados, cuyo nombre bien nos puede dar una idea del tema tratado. Justamente escribió aquel manual porque vivía constantemente bajo amenaza por parte de grupos neonazis, debido al empeño que tenía en tratar de evidenciarlos. Desgraciadamente, el libro tuvo un tiraje muy pequeño y no se tradujo a otros idiomas. Actualmente, sólo se puede conseguir un breve compilado de algunos artículos de Expo, pero al igual que el libro de Baksi, es muy difícil de encontrar.

Al igual que Blomkvist no tenía auto propio, pues la primera recomendación que le hace la policía a una persona amenazada en Suecia es que use el transporte público, pues es muy fácil conseguir sus datos personales a través del registro de licencias para conducir.

Era carismático y tímido a la vez, con convicciones políticas muy marcadas pero no buscaba ser el centro de atención. Además era muy hermético: «Stieg siempre ocultaba algo, a pesar de ser siempre muy generoso con todos los que lo rodeaban. […] Tenía muchos secretos, y quizá el ejemplo más extremo sean las tres novelas que escribió por las noches», nos cuenta Baksi. Es evidente que Stieg era de esas personas que «trabajan con frecuencia a jornada completa para ganarse la vida y después, en su tiempo libre, se dedican apasionadamente a lo que les motiva.»

Sus amigos bromeaban con que su jornada laboral era de nueve a cinco, empezaba en la mañana y terminaba poco antes de que clareara el día. Lo cierto es que esta rutina de trabajo, que mantenía gracias al tabaco y al café (como Salander), mermó considerablemente en su salud, llevándolo al infarto que le arrebató la vida poco antes de que se publicara el primer tomo de su trilogía. Se perdió así de ver cómo su obra maestra era llevada al séptimo arte, aquella pasión que lo albergó desde la infancia.

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A su jornada laboral hay que agregar su trabajo como luchador social. Desde joven participó en actos de protesta, como aquel en apoyo al Frente Nacional de Liberación  de Vietnam en el que conoció a su compañera. Además de participar en conferencias acerca de los temas en los que era un experto, contribuía en especie y con mano de obra en los centros de acogida para mujeres víctimas del maltrato.

Por ello no es gratuito que casi todos los personajes de sus novelas provienen de grupos “minoritarios”: un musulmán que dirige una empresa de seguridad, un judío que es inspector de la policía, un kurdo y un latinoamericano que son periodistas, una lesbiana es la pareja de Salander y ésta a su vez, hija de una madre que sufría maltrato. Y aquí es importante resaltar el papel que cobran justamente las mujeres en las novelas de Larsson: Son ponderadas y valientes, no princesas de cuento: Directoras de revistas, policías perspicaces, y evidentemente, la propia Salander. Stieg escribió su propia utopía en Millenium, que, dicho sea de paso, se asemeja bastante al sueño de los neozapatistas: “Un mundo donde quepan muchos mundos”, y cabría añadir: “y muchos seres de otros mundos”. Su lema era: «Respeta a todas las personas, independientemente de su color de piel, su sexo, su lengua, su religión, su pertenencia étnica o su condición sexual», y nótese que dice “respeta” y no “tolera”, pues la tolerancia, moneda de cambio de esta “era del vacío”, lleva implícita la idea paralizante de que el bien podría ser un imbécil con el cual no vale la pena discutir.

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El informe de lectura (dictamen que hace una editorial para determinar si un texto merece ser publicado o no) de la trilogía de Larsson «describió la primera parte como una novela de misterio que retomaba el tema de la habitación cerrada, la segunda como una novela policíaca y la tercera como un thriller político». Desde mi punto de vista, y sin saber demasiado sobre el género, puedo afirmar que la primera trata justamente de la misoginia, la segunda relata los prejuicios que la sociedad aún tiene sobre lo otro y la tercera aborda el deseo intrínseco que todos ‒o casi todos‒ tenemos por la justicia y la libertad.

Y precisamente, siento que Lisbeth Salander se asemeja un tanto al ya trillado “V”: es Edmundo Dantes, Guy Fawks, el propio Larsson, un joven anarquista o la propia revista, dado que en un principio ambas habitaron en la misma calle; Joy Rahman (un inmigrante proveniente de Bangladesh acusado de asesinato y que Stieg consideraba inocente), un refugiado sirio, un kurdo, un judío, un latinoamericano o cualquier víctima de la segregación social… Es precisamente el arquetipo de la justicia, muchas veces por propia mano, pero sobre todo de la libertad; y es precisamente aquí donde radica su encanto: En una “sociedad líquida” como la nuestra, aparentemente incluyente, donde las etiquetas aún nos definen y nos separan, Lisbeth Salander las encarna, las simboliza, las confronta y las hace añicos.

Por último, es necesario decir que la última entrega de la saga carece ese “no sé qué” que tienen las anteriores. Desde el título sabes que algo no irá bien. ¿A quién carajo se le ocurrió que la perogrullada esa de Lo que no te mata te hace más fuerte es un título digno para la continuación de semejante historia? El libro de Lagercrantz es un auténtico bodrio que únicamente apela a una buena saga, como si la Guerra de las Galaxias tuviera un séptimo episodio… Quizá como fanfic, esta última novela es buena, pero reitero, sólo como fanfic y nada más.

Hay autores que te impactan con su estilo, otros cuyos compromisos políticos los convierten en intelectuales (en el sentido más gramsciano de la palabra); hay algunos que tienen una forma peculiar para contar historias; y otros más cuya vida es una auténtica epopeya. Pero hay algunos, como Stieg Larsson, que tienen todo esto y por ello merecen ser leídos y su vida amerita ser contada.

Quizá creyó que ya había trabajado lo suficiente y, aunque no pudo conseguir la tan anhelada paz mundial, ni terminar los diez tomos que tenía contemplados de la saga, al menos consiguió hacer justicia en el mundo de Lisbeth Salander: su alter ego, su creatura, la reconciliación con su culpa. Y así, obtuvo su merecido descanso.Lisbeth Salander 3

Notas:

Todas las citas textuales entre comillas («…»), así como los datos acerca de la vida de Stieg Larsson provienen de la biografía de Kurdo Baksi.

José G. S. García

[@Xose_G_S_Garcia]. Aprendiz de escritor y prófugo de la academia de historia en la FES Acatlán-UNAM, ha sido y es profesor freelance.

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