La piedra preciosa, la pluma rica.

La llegada de un bebé siempre es motivo de alegría, una nueva vida comienza y la felicidad de los padres al recibir a su pequeño es sin duda una de las imágenes más enternecedoras que podemos tener jamás; el bebé es, pues, resultado de la comunión de dos seres que formaron una nueva vida.

Para los antiguos nahuas esta situación no era muy distinta, también para ellos una  nueva vida iniciaba incluso muchísimo antes de que se llevara a cabo la concepción. Según ellos creían, existía un lugar más allá de las nubes, encima de las estrellas e incluso más alto de donde salía el Sol, donde habitaban entidades divinas capaces de crear y dar forma a todo ser viviente del mundo que se encontraba abajo de ellos. “En la parte más alta del Eje Cósmico se erguía el Árbol Florido, de tronco doble, y desde el ápice de su fronda, en los cielos más altos, el Padre y la Madre decidía el nacimiento de las criaturas”.[note]Alfredo López Austin, Las razones del mito. La cosmovisión mesoamericana, México, Era, 2015, p. 96.[/note]

Fig. 01
Fig. 01

 

Estos Padres, ocultos entre nubes y vientos, se dedicaban a formar y hacer germinar toda la vida que habría de habitar la tierra, como arcilla moldeaban la esencia de las personas, los animales, las montañas, los ríos, etc.[note]Para los pueblos mesoamericanos, los seres vivos no se limitaban únicamente a criaturas con necesidades fisiológicas, sino también tenían la concepción de que los montes, los cerros, los ríos, las piedras, los astros e incluso los objetos de uso cotidiano como la coa o el metate tenían dentro de sí entidades que les daban la capacidad de estar con vida.[/note] Según su designio, enviaban la esencia del bebé a la mujer que quedaría encinta y éste nacería en el día que fuese destinado para él.

Al bebé se le equiparaba metafóricamente con cosas preciosas, plumas y piedras hermosas, siendo el pequeño un ser verdaderamente preciado. Asimismo, al asociársele con los cabellos y las uñas de sus padres (partes del cuerpo que no dejan nunca de crecer), son su extensión y su viva imagen:

porque ha hecho misericordia nuestro piadoso dios, que está en todo lugar y por quien vivimos, en enviar a este mundo una piedra preciosa y una pluma rica, que es vuestra imagen y vuestra sangre y vuestros cabellos, y vuestras uñas, y pedazo cortado de vos mismo.[note]Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, México, Porrúa, 2013 (col. “Sepan cuantos…”, 300), p. 374.[/note]

Fig. 02:
Fig. 02:

A lo largo de todo el periodo de gestación existía la incertidumbre de si el bebé sobreviviría o no, pues atados a los designios de los dioses, no estaba en manos de los hombres discutir acerca de las decisiones divinas. Si el embarazo ocurría sin percance alguno, cuando estaba en tarea de labor, a la parturienta se le daba de beber la raíz de una yerba llamada cihuapactli, para ayudar a las contracciones, y si no era suficiente con esto, se le daba entonces “cola de tlacuache molida con agua”.[note]Eduardo Matos Moctezuma, “Embarazo, parto y niñez en el México prehispánico” en Arqueología mexicana, Vol. X, Núm. 60, marzo-abril, 2003, p. 18.[/note]  Cuando el pequeño nacía era recibido entre una serie de discursos y ritos que vinculaban al bebé con los dioses supremos y demás entidades creadoras; la partera entonces sostenía al recién nacido para lavarlo con agua bendecida:

¡Oh señor nuestro, verdaderamente ha nacido vuestra imagen y vuestro retrato, habéis brotado, habéis florecido! ¡Sea bendito nuestro señor por ello! Nació y vino a vivir en este mundo, descendió y fue enviado del lugar de los supremos dioses que residen sobre los nueve cielos.[note]Sahagún, Op. Cit, p. 374.[/note]

La creencia en que los dioses actuaban según un designio influía también en el día del nacimiento del bebé, pues según ésta existían “cargas” positivas, negativas o indiferentes que marcarían su destino en vida: así el pequeño podría ser un excelente guerrero o un borracho, dependiendo de la fecha de nacimiento. No obstante, los tonalpouhque, o los sacerdotes encargados de leer los signos de los días, podían “bautizar” al pequeño en una fecha más proclive. Así los bebés obtenían su nombre público y calendárico de acuerdo a la fecha de nacimiento, su sexo y estatus social.[note]Jacques Soustelle, La vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la conquista, México, FCE, 1970, p. 170-171.[/note]

Fig. 03
Fig. 03

Alfredo López Austin asegura que la imposición del nombre y el lavamiento del pequeño es un “renacimiento purificado” a cargo del agua, es un “nacimiento social, lo que le da el verdadero carácter al ser humano”, es decir, lo integrará a la sociedad.[note]Alfredo López Austin, Tamoanchan y Tlalocan, México, FCE, 2011, p. 211.[/note]

Mas, en algunas ocasiones, la partera tendría que realizar un legrado si el pequeño no sobrevivía al embarazo: “cuando el niño muere dentro de su madre, que la partera con una navaja de piedra que se llama iztli, corta el cuerpo muerto dentro de la madre y a pedazos le saca; con esto libran a la madre de la muerte”.[note]Sahagún, p. 361.[/note] También nos cuenta el Códice Vaticano A, que en Tamoanchan, donde residen los dioses Ometecuhtli y Omecihuatl (el Padre y la Madre), existe el árbol llamado Chichihuacuauhco,[note]Miguel León-Portilla, La Filosofía Náhuatl estudiada en sus fuentes, México, UNAM, 1983, p. 209.[/note] de donde las animas de los pequeños que mueren antes de tener uso de razón y que no han probado el maíz se alimentarán, pues este árbol tiene la característica de poseer senos femeninos como frutos que destilarán leche eternamente, hasta que la esencia del bebé sea enviada de nuevo a la tierra.

Fig. 04
Fig. 04

Por otra parte, si la mujer también moría en parto era considerada como una guerrera y se convertía en una cihuateteo, que acompañaría al astro rey durante el viaje del medio día hasta el crepúsculo.[note]Sahagún, p. 363-365.[/note]

Cuando el bebé era recibido en vida, era porque así lo habían decidido los dioses. Ha llegado una nueva vida, es el regalo del cielo que se ha depositado en el seno materno, emergiendo como la joya hermosa, las plumas preciosas…

Hijo mío, el señor dios Ometecuhtli y Omecihuatl, señores del doceno cielo te criaron para enviarte a este mundo triste y calamitoso; toma, pues, el agua, que te ha de dar vida […] vosotros, celestiales dioses, soplad a esta criatura y dadle la virtud que tenéis, para que sea de buena vida.[note]Fray Juan de Torquemada, Monarquía Indiana, México, UNAM, 1975, vol. IV, p. 204-205.[/note]

Entendemos así la visión de los pueblos nahuas, la vida se caracterizaba por ser un ciclo, una vuelta que jamás terminaba y que se repetía constantemente. La vida del hombre, al iniciar, estaba marcada por el designio divino; su muerte no significaba un fin, sino una vuelta de tuerca donde su esencia, lo que López Austin llama la semilla-corazón,[note]Alfredo López Austin y Leonardo López Luján, Monte Sagrado-Templo Mayor: el cerro y la pirámide en la tradición religiosa mesoamericana, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, UNAM, 2011, p. 61.[/note] regresará al seno de la tierra, y la porción divina que lo constituía retornará al lugar mítico del inicio, donde esperará la decisión del Padre y la Madre para resurgir y germinar, de nuevo, como una nueva y pequeña vida.

Fig. 01:“El dios en el cuerpo”, Alfredo López Austin. Esquema del ciclo de la vida. Las ánimas de los seres vivos son enviados desde la copa del Árbol florido, al morir, regresan a la tierra para volver hacia el lugar de origen.

Fig. 02:Códice Florentino, libro XI, f. 171v. Cuando una mujer entraba en labor de parto bebían una mezcla de agua de chía y carne de cola de tlacuache.

Fig. 03: Códice Florentino, lib. IV, f. 34v. Lámina donde el tonalpuhque explica a la madre la fecha del nacimiento del bebé: 10 conejo.

Fig. 04: Códice Vaticano A, fol. 3v. El Chichihuacuauhco, árbol que destila de forma perenne leche que alimenta las ánimas de los pequeños que mueren antes de tener uso de razón.

[note]Arqueología mexicana, Editorial Raíces-INAH, Vol. X, Núm. 60, marzo-abril, 2003.[/note][note]LEÓN-Portilla, Miguel y Silva Galeana, Librado, Huehuehtlahtolli, testimonios de la antigua palabra, México, FCE, 2011.[/note][note]LEÓN-Portilla, Miguel, La Filosofía Náhuatl estudiada en sus fuentes, México, UNAM, 1966.[/note][note]LÓPEZ Austin, Alfredo y López Luján, Leonardo, Monte Sagrado-Templo Mayor: el cerro y la pirámide en la tradición religiosa mesoamericana, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, UNAM, 2011.[/note][note]LÓPEZ Austin, Alfredo, Las razones del mito. La cosmovisión mesoamericana, México, Era, 2015.[/note][note] __________, Tamoanchan y Tlalocan, México, FCE, 2011[/note][note]SAHAGÚN, Fray Bernardino de, Historia general de las cosas de Nueva España, México, Porrúa, 2013. (Colección “Sepan Cuántos”, No. 300).[/note][note][/note][note]SOUSTELLE, Jacques, La vida cotidiana de los aztecas en vísperas de la conquista, México, FCE, 1970.[/note][note]TORQUEMADA, Fray Juan de, Monarquía Indiana, 7 vols., México, UNAM, 1975.[/note]